13 de enero: Día Internacional de la Lucha contra la Depresión y una mirada integral al sufrimiento mental

El 13 de enero ha sido designado como Día Internacional de la Lucha contra la Depresión por iniciativa de la Organización Mundial de la Salud y distintas entidades de salud mental a nivel mundial. Esta conmemoración responde a la necesidad global de aumentar la conciencia sobre la depresión como trastorno mental prevalente y discapacitante, romper el estigma histórico que acompaña a las enfermedades mentales, y promover la búsqueda de ayuda profesional y acceso a tratamientos efectivos.
La depresión como problema de múltiples capas
La depresión no puede ser comprendida como una falla aislada —ni química, ni psicológica, ni social—, sino como un fenómeno psicopatológico multidimensional que emerge de la interacción entre procesos biológicos, estructuras psíquicas y contextos vitales.
El Trastorno Depresivo Mayor constituye hoy uno de los principales problemas de salud mental a escala global. Las estimaciones indican que más de 320 millones de personas lo padecen y que entre el 8% y el 16% de la población atravesará al menos un episodio depresivo a lo largo de su vida. La Organización Mundial de la Salud ha proyectado que hacia 2030 será la principal causa de discapacidad en el mundo. Sin embargo, estos números no expresan el núcleo del problema: la depresión no es solo una cifra epidemiológica, sino una forma de sufrimiento que afecta la identidad, el deseo, el tiempo subjetivo y el lazo con los otros.
Definirla exige distinguirla de la tristeza cotidiana. En criterios clínicos, se trata de un cuadro en el que, durante al menos dos semanas, aparecen síntomas como ánimo deprimido o pérdida de placer, junto a alteraciones del sueño, apetito, energía, concentración, autoestima e incluso ideación suicida, con deterioro funcional significativo. La duración, la intensidad y el impacto sobre la vida cotidiana son los pilares que separan la depresión patológica de las oscilaciones normales del ánimo.
Pero detrás de esta definición técnica se abre un problema más profundo: ¿qué es lo que realmente se deprime en la depresión? ¿Un neurotransmisor, una forma de pensar, una relación perdida, un sentido vital quebrado? La depresión no es una cosa, sino un cruce: un punto donde el cuerpo, la historia psíquica y el mundo social se encuentran en desequilibrio.
La dimensión neurobiológica
Durante décadas dominó la idea de que la depresión era, ante todo, un trastorno de las monoaminas: serotonina, dopamina y noradrenalina. La llamada hipótesis monoaminérgica sostenía que un déficit de estos neurotransmisores explicaba los síntomas depresivos. El éxito inicial de los antidepresivos que aumentan su disponibilidad dio sustento empírico a esta visión. Sin embargo, esta explicación pronto se quedó corta. Los fármacos elevan los niveles de neurotransmisores en horas, pero la mejoría clínica tarda semanas.
A partir de estas limitaciones surgió la hipótesis neurotrófica. Según este enfoque, la depresión implica una disminución de factores que sostienen la salud neuronal, en especial el BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), proteína clave para la plasticidad cerebral. El estrés crónico, al activar de manera persistente el eje hipotálamo–hipófisis–suprarrenal, eleva el cortisol y reduce la expresión de BDNF, favoreciendo la atrofia neuronal, especialmente en el hipocampo, región vinculada a memoria y regulación emocional. La depresión aparece entonces no solo como un desbalance químico, sino como una alteración de la capacidad del cerebro para adaptarse y renovarse.
Más recientemente, se ha propuesto una tercera vía: la perspectiva neuroinmunológica. En un subgrupo de personas deprimidas se observan niveles elevados de marcadores inflamatorios. La activación crónica de la microglía cerebral puede interferir con la transmisión sináptica, reducir BDNF y generar un estado de neuroinflamación que sostiene los síntomas.
Estos modelos no se excluyen entre sí. Más bien muestran que la depresión puede seguir diferentes caminos biológicos: algunos dominados por la neurotransmisión, otros por el estrés crónico, otros por la inflamación. El cerebro no es un escenario neutro, sino un organismo vivo que traduce la historia del sujeto en procesos celulares y químicos.
La dimensión psicológica
Si lo biológico describe el “cómo” del cuerpo, la psicología intenta comprender el “cómo” del sentido. Desde esta perspectiva, la depresión no es solo una disfunción, sino una manera particular de habitar la experiencia.
El modelo cognitivo de Aaron Beck sostiene que el núcleo psicológico de la depresión está en la tríada cognitiva: una visión negativa de sí mismo, del mundo y del futuro. El sujeto deprimido tiende a pensarse como inútil, a percibir el entorno como hostil y el porvenir como cerrado. Estos esquemas se mantienen mediante distorsiones cognitivas: pensar en blanco o negro, generalizar fracasos, minimizar lo positivo, personalizar lo negativo. No se trata solo de “pensar mal”, sino de mirar la realidad a través de un lente oscurecido que confirma una y otra vez la misma condena interna.
Un ejemplo cotidiano lo muestra: dos personas pierden su empleo. Una lo vive como un golpe doloroso pero transitorio; la otra como la prueba definitiva de su inutilidad. El hecho es el mismo, pero el significado cambia según la estructura cognitiva que lo interpreta.
La perspectiva psicodinámica, inaugurada por Freud en su texto “Duelo y melancolía”, aporta otra lectura. Para Freud, la melancolía —precursora conceptual de la depresión— surge cuando una pérdida no puede elaborarse. En lugar de retirar el afecto del objeto perdido, el yo se identifica con él. Entonces, la rabia dirigida al objeto se vuelve contra uno mismo. De ahí la autocrítica feroz del deprimido, su tendencia a humillarse, a acusarse, a sentirse indigno de vivir. Esta idea ilumina algo esencial: en la depresión no solo se pierde algo, sino que esa pérdida se vuelve contra el propio sujeto. La tristeza se transforma en odio dirigido al yo. Por eso muchos pacientes no solo sufren, sino que se juzgan por sufrir.
Aunque estas teorías sean diferentes, coinciden en algo: la depresión no es solo un estado emocional, sino una forma de relación consigo mismo y con el mundo. Es una experiencia donde el tiempo se detiene, el deseo se apaga y el futuro se vuelve una palabra vacía.
La dimensión social y el modelo integrador
Ninguna biología ni ninguna psicología existe en el vacío. La depresión siempre ocurre en un mundo. El modelo biopsicosocial, propuesto por Engel, intenta justamente integrar estos niveles: biológico, psicológico y social.
Desde esta mirada, la depresión surge de la convergencia de múltiples factores: predisposición genética, historia de estrés, estilos cognitivos, traumas, calidad de los vínculos, condiciones económicas, acceso a recursos. No es una suma mecánica, sino una interacción dinámica. Un sujeto con vulnerabilidad biológica puede no deprimirse si cuenta con apoyo social sólido y sentido vital; otro, con biología menos frágil, puede caer en depresión si vive aislamiento, violencia o desesperanza.
Esto explica por qué dos personas con el mismo diagnóstico pueden ser radicalmente distintas. Un caso puede responder bien a medicación; otro, a psicoterapia; otro, necesitar intervenciones sociales básicas como trabajo o protección frente a la violencia.
En clínica, este enfoque exige una evaluación amplia. No basta con contar síntomas, hay que escuchar la historia, el contexto, las pérdidas, los recursos, los modos de pensar. También orienta el tratamiento. La evidencia muestra que, en depresiones moderadas o graves, la combinación de fármacos y psicoterapia suele ser más eficaz que cualquiera por separado. La medicación puede abrir una ventana biológica y la terapia, trabajar el sentido de lo que se vive.
Conclusión
La depresión es una experiencia humana compleja que no puede entenderse desde una sola mirada. Para comprenderla de verdad, es necesario unir lo que ocurre en el cuerpo, lo que sucede en la mente y lo que pasa en la vida cotidiana. Ninguna explicación por sí sola alcanza, cada enfoque aporta una parte de la verdad.
No se trata únicamente de un problema químico del cerebro, ni solo de pensamientos negativos, ni exclusivamente de situaciones difíciles. La depresión nace del encuentro entre muchos factores: biológicos, emocionales, psicológicos y sociales. Por eso, cada persona la vive de manera distinta. Esta visión amplia tiene un efecto directo en cómo se ayuda a quien sufre: escuchar su historia, comprender su contexto y elegir tratamientos que se ajusten a su realidad, no hay recetas iguales para todos.
La depresión también nos recuerda que los problemas humanos no pueden explicarse con respuestas simples. Intentar reducirla a una sola causa es perder de vista su profundidad.
El 13 de enero es una invitación a hablar sin miedo, a romper el silencio y el estigma, y a mirar la depresión no como una debilidad, sino como un sufrimiento que merece comprensión y cuidado. Más allá de los diagnósticos y las teorías, hay personas que necesitan ser escuchadas, acompañadas y tratadas con dignidad.
Preguntas
1. ¿La depresión siempre requiere medicación?
No. En casos leves puede tratarse solo con psicoterapia y cambios en el estilo de vida. En casos moderados o graves, suele recomendarse combinar ambos abordajes.
2. ¿La depresión es hereditaria?
Existe predisposición genética, pero no determinismo. La biología interactúa con la historia y el entorno.
3. ¿Puede una persona salir sola de una depresión?
Algunas sí, pero no debería ser la regla. Pedir ayuda no es debilidad.
4. ¿La depresión es lo mismo que estar triste mucho tiempo?
No. Implica cambios profundos en el funcionamiento emocional, cognitivo y corporal.
5. ¿Se puede prevenir la depresión?
No siempre, pero reducir el estrés crónico, fortalecer vínculos y acceder a apoyo psicológico disminuye el riesgo.
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