Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

¿Por qué le tenemos tanto miedo al silencio?

El miedo al silencio refleja la dificultad de convivir con nuestros pensamientos. Recuperar la quietud ayuda a reducir el estrés y mejorar la atención.

Vivimos rodeados de sonidos. La alarma del teléfono inaugura el día; después llegan los mensajes, la radio, la televisión, los videos y las notificaciones. Incluso durante el descanso buscamos compañía: música para caminar, un pódcast para viajar o el celular para evitar unos minutos sin estímulos. El silencio, que durante siglos fue una condición habitual de la vida, comienza a sentirse extraño y, para algunas personas, amenazante.

Un estudio dirigido por el psicólogo Timothy Wilson mostró hasta qué punto puede resultar difícil permanecer a solas con los propios pensamientos. Los participantes debían pasar un breve periodo sin distracciones y podían aplicarse una descarga eléctrica que antes habían considerado desagradable. Una proporción significativa decidió hacerlo. El resultado no prueba que seamos incapaces de pensar: indica que, cuando la quietud nos encuentra poco entrenados, cualquier estímulo puede parecer preferible a la incertidumbre interior.

La huida del pensamiento libre

El ruido permanente puede cumplir una función defensiva. No es únicamente entretenimiento: también puede operar como una forma de regulación emocional. Encender la televisión, revisar mensajes o reproducir un video desplaza la atención y reduce momentáneamente el contacto con pensamientos incómodos. El problema comienza cuando esta estrategia se vuelve automática: ya no elegimos escuchar algo, sino que sentimos que no podemos estar sin hacerlo.

Cuando el cerebro deja de concentrarse en una tarea externa, aumenta la actividad de la llamada Red Neuronal por Defecto. Esta red participa en la memoria autobiográfica, la imaginación del futuro y la construcción del relato personal. Gracias a ella conectamos experiencias y damos continuidad a nuestra identidad. Sin embargo, bajo ansiedad, tristeza o estrés, esos procesos pueden transformarse en rumiación: pensamientos repetitivos sobre errores, amenazas o pérdidas que no conducen a una solución.

El silencio no produce el mismo efecto en todos. Para quien atraviesa un duelo, una crisis afectiva o un periodo de ansiedad, la disminución de estímulos puede intensificar contenidos dolorosos. También influye la historia personal. Quien aprendió que detenerse era peligroso, improductivo o insoportable puede experimentar la quietud como una pérdida de control. En esos casos, el ruido funciona como una barrera protectora imperfecta, pero conocida.

Ruido constante, estrés permanente

Cuando el ruido es intenso, imprevisible o persistente, el sistema nervioso puede interpretarlo como una señal de alerta. Aumentan la vigilancia y el esfuerzo necesario para concentrarse. A largo plazo, la contaminación acústica se ha relacionado con alteraciones del sueño, irritabilidad, fatiga, dificultades atencionales y mayor riesgo cardiovascular. No todo sonido es perjudicial, pero necesitamos intervalos en los que el organismo deje de responder a demandas continuas.

También existe un ruido que no se mide en decibeles. Es el ruido informativo: mensajes que reclaman respuesta, noticias que se actualizan cada minuto e imágenes que compiten por nuestra atención. El resultado es una conciencia ocupada, pero no necesariamente concentrada. Pasamos de un estímulo a otro sin alcanzar profundidad. La mente permanece activa, aunque muchas veces no logra elaborar lo vivido.

La cultura de estar siempre ocupados

Nuestra dificultad para tolerar el silencio también pertenece a una cultura que asocia el valor personal con productividad, velocidad y disponibilidad permanente. Estar ocupado se presenta como prueba de importancia. Descansar, no responder o permanecer en silencio puede despertar culpa, como si detenerse fuera desperdiciar el tiempo.

La tecnología ha llevado esta lógica hasta los espacios más pequeños de la vida cotidiana. La espera en una fila, el trayecto en ómnibus o la pausa posterior a una conversación son ocupados inmediatamente por el teléfono. Esos momentos, antes abiertos al pensamiento espontáneo, ahora suelen ser llenados por contenido. No siempre porque lo necesitemos, sino porque hemos perdido la costumbre de no hacer nada.

Kierkegaard observó que una persona puede vivir ausente de sí misma, refugiada en el pasado, en el futuro o en la agitación. Su crítica conserva vigencia: no toda actividad expresa compromiso auténtico; a veces, la prisa es una forma socialmente aceptada de evasión. Estar llenos de tareas puede impedirnos preguntar si esas tareas representan nuestros valores o simplemente nos protegen de una conversación pendiente con nosotros mismos.

El silencio como experiencia existencial

La psicología existencial sostiene que estas experiencias no son necesariamente síntomas que deban eliminarse. Forman parte de la condición humana. El problema no consiste en sentir angustia, sino en organizar toda la vida para no sentirla. Cuando la evitación guía la conducta, la existencia se estrecha: elegimos menos por deseo y más por miedo a determinadas emociones.

Silencio, aceptación y salud mental

Aprender a estar en silencio no significa vaciar la mente ni alcanzar una calma perfecta. Tampoco implica romantizar la soledad. Para algunas personas, la quietud puede activar recuerdos traumáticos o pensamientos dolorosos; en esos casos, la aproximación debe ser gradual y, si es necesario, acompañada terapéuticamente.

En enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso, el objetivo no es suprimir los pensamientos, sino modificar la relación que mantenemos con ellos. Un pensamiento puede observarse como un acontecimiento mental, no como una orden ni como una descripción absoluta de la realidad. Al disminuir la lucha interna, aumenta la flexibilidad psicológica: la persona puede sentir incomodidad sin quedar gobernada por ella.

La meditación y otras prácticas contemplativas trabajan en esa dirección. No buscan impedir que la mente produzca ideas, sino entrenar la capacidad de notar lo que ocurre y volver al presente. La evidencia sugiere que pueden favorecer la regulación emocional, la atención y la reducción del estrés. Algunas investigaciones en animales encontraron además asociaciones entre el silencio y procesos de neurogénesis en el hipocampo. Son resultados interesantes, aunque no deben trasladarse automáticamente al cerebro humano ni presentarse como una cura universal.

Recuperar la quietud puede comenzar con acciones sencillas: conducir unos minutos sin radio, caminar sin auriculares, dejar el teléfono fuera de alcance durante una comida o permitir una pausa en una conversación. Al principio puede aparecer inquietud. Esa incomodidad no demuestra que el silencio sea perjudicial; muchas veces revela que hemos perdido entrenamiento para permanecer en él.

Reconciliarnos con el silencio

El silencio no es ausencia total de sonido. Es, sobre todo, una disminución de la demanda: un espacio en el que no todo reclama una respuesta inmediata. Allí el sistema nervioso puede desacelerar, la atención recuperar continuidad y la experiencia emocional adquirir palabras. También puede aparecer el aburrimiento, una sensación desprestigiada pero necesaria, porque abre la posibilidad de imaginar y crear sin instrucciones externas.

No necesitamos convertir el silencio en una obligación más ni utilizarlo como una nueva medida de rendimiento. Se trata de recuperar la libertad de elegir cuándo escuchar y cuándo apagar, cuándo buscar compañía y cuándo permanecer con nosotros mismos. La salud mental no depende de vivir aislados del ruido, sino de no necesitarlo compulsivamente para escapar de la propia experiencia.

Cuando el ruido exterior disminuye, no siempre encontramos respuestas, pero recuperamos la posibilidad de formular preguntas verdaderas. El silencio deja entonces de ser un vacío que debe llenarse y se transforma en un espacio de encuentro. No nos separa del mundo: nos devuelve a él con mayor atención. Y quizá permita oír lo que la prisa buscaba callar.


Lee más artículos de Alejandro Irache

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/lu2f