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jueves, enero 8, 2026
Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

Por qué la caída de un líder no rompe la lealtad política

La experiencia política muestra un fenómeno recurrente y, a primera vista, paradójico: la continuidad de la adhesión a líderes sometidos a procesos judiciales, condenas o a una abrumadora acumulación de pruebas en su contra. Desde una perspectiva estrictamente racional, la evidencia debería operar como un principio de desidentificación. Sin embargo, en numerosos contextos —particularmente en sociedades atravesadas por crisis prolongadas— ocurre lo contrario: la caída del líder no disuelve el vínculo, sino que lo reconfigura. Este artículo propone una lectura psicológica y psico-social de esa persistencia, profundizando en los mecanismos teóricos que explican por qué la prueba empírica no logra desarticular la lealtad, y por qué, en ciertos casos, incluso la intensifica.

Psicología de las masas e identificación

En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Sigmund Freud establece un punto decisivo para comprender la adhesión colectiva: la masa se constituye cuando los individuos colocan un mismo objeto en el lugar de su Ideal del Yo. En esa operación, los sujetos se identifican entre sí a través del líder, y el vínculo horizontal entre miembros queda mediado por la identificación vertical con la figura idealizada.

Este desplazamiento tiene consecuencias clínicas y políticas. La crítica dirigida al líder es vivida como un ataque al Yo, no como una discrepancia externa. La evaluación racional de hechos se ve subordinada a la preservación de la integridad narcisista. Desde esta perspectiva, la evidencia judicial o fáctica no actúa como información neutral, sino como estímulo traumático: desorganiza la economía psíquica del sujeto al poner en cuestión el objeto que sostiene su autoimagen.

La psicología social ha descrito procesos similares bajo el concepto de identidad social. Tajfel y Turner mostraron que los individuos derivan parte significativa de su autoestima de la pertenencia grupal. Cuando el grupo se organiza alrededor de un líder carismático, la amenaza al líder se traduce en amenaza al estatus identitario del seguidor. La defensa se activa, entonces, como mecanismo de autopreservación.

Saber sin asumir

Uno de los conceptos para comprender la persistencia de la lealtad frente a la evidencia es el de renegación. A diferencia de la represión, que expulsa el contenido de la conciencia, la renegación implica un rompimiento: el sujeto sabe, pero actúa como si no supiera. Octave Mannoni lo sintetizó en la fórmula: “Ya lo sé, pero aun así…”.

Aplicado al campo político, este mecanismo permite sostener simultáneamente dos registros contradictorios: el reconocimiento de que existen pruebas, fallos judiciales o investigaciones, y la afirmación de la inocencia del líder. La evidencia no es negada en su existencia, sino neutralizada en su valor simbólico. Se la reubica como “montaje”, “persecución” o “operación”, preservando así la coherencia interna del vínculo identificatorio.

Esta escisión del Yo cumple una función defensiva crucial. Aceptar plenamente la culpabilidad del líder implicaría no solo revisar una preferencia política, sino admitir la propia participación —activa o pasiva— en un proyecto que ahora aparece como fallido o moralmente comprometido. La renegación evita el dolor del duelo y la vergüenza asociada a la desidentificación.

La negación compartida como lazo social

René Kaës amplía esta comprensión al introducir la noción de pacto denegativo: todo vínculo social se funda tanto en lo que se comparte como en lo que se acuerda no ver ni decir. En los movimientos políticos fuertemente cohesionados, la negación de ciertos hechos funciona como cemento grupal. Romper el pacto equivale a traicionar al grupo y exponerse a la expulsión simbólica.

Desde este ángulo, la defensa del líder acusado no es un acto individual aislado, sino una práctica colectiva que garantiza pertenencia. La evidencia judicial se convierte en un significante peligroso, no por su contenido, sino por su potencial desorganizante. Negarla o reinterpretarla es una forma de mantener el lazo y evitar el desamparo psíquico que seguiría a la ruptura.

La psicología social ha observado fenómenos análogos en grupos cerrados, sectarios o altamente ideologizados, donde la disidencia interna es sancionada y la realidad externa es filtrada por narrativas compartidas. El pacto denegativo no elimina la angustia, pero la distribuye y la hace soportable dentro del grupo.

Del líder potente al líder mártir

Cuando el líder es sometido a procesos judiciales o pierde poder institucional, se produce una mutación simbólica. La figura del líder potente, proveedor y ordenador del sentido, puede transformarse en líder víctima o mártir. Este pasaje es decisivo para entender por qué la evidencia no debilita la adhesión: la acusación se resignifica como prueba de sacrificio.

Desde una lectura psicoanalítica, esta transformación reactiva posiciones melancólicas. En lugar de elaborar la pérdida mediante el duelo, el sujeto incorpora el objeto perdido en su Yo. Criticar al líder se vuelve equivalente a agredirse a sí mismo. La defensa adquiere un tono afectivo intenso, a veces moralizado, donde la lealtad se confunde con dignidad personal.

En términos de economía libidinal, la caída del líder no libera la libido investida; la redirige hacia una narrativa de persecución. La justicia, los medios o las instituciones pasan a ocupar el lugar de agentes hostiles, reforzando un circuito paranoide que blinda al grupo frente a la realidad disonante.

Evidencia y lealtad en contextos comparados

Este entramado teórico permite comprender fenómenos observables en distintos países. En Argentina, pese a la existencia de fallos judiciales, peritajes y documentación administrativa que sostienen condenas en causas de corrupción, un sector de seguidores continúa reclamando la absolución y liberación de Cristina Fernández de Kirchner. La prueba es reinterpretada como expresión de una persecución política, y la adhesión se mantiene como gesto identitario más que como evaluación jurídica.

En Brasil, ocurre algo similar con Jair Bolsonaro. Investigaciones judiciales, decisiones de tribunales electorales y procesos penales vinculados a intentos de deslegitimar el sistema democrático y a hechos de violencia institucional no han impedido que una parte de su base sostenga una defensa incondicional. Nuevamente, la evidencia no opera como criterio de verdad compartida, sino como catalizador de una narrativa de victimización.

Estos casos no son idénticos en lo político ni en lo jurídico, pero convergen en un mismo punto psicológico: la prueba amenaza la identidad, y la identidad se defiende aun a costa de la coherencia factual. La lealtad se vuelve una respuesta afectiva a la angustia de desposesión simbólica.

Implicancias clínicas y sociales

A nivel individual, la caída del líder puede precipitar estados depresivos, sentimientos de humillación o agresividad desplazada. A nivel colectivo, puede obstaculizar procesos de reconstrucción institucional y polarizar aún más el espacio público.

Las respuestas centradas exclusivamente en la sanción o en la exposición de pruebas suelen reforzar la dinámica defensiva. Sin desconocer la necesidad de la justicia, una estrategia socialmente eficaz requiere dispositivos simbólicos que permitan la desidentificación sin aniquilar la autoestima del sujeto. Esto implica ofrecer marcos alternativos de pertenencia y reconocimiento que no dependan de la adhesión a un líder.

Conclusión

Las preguntas que orientaron mi análisis fue principalmente el tratar de conocer ¿Por qué hay personas que defienden a un dictador? ¿Qué mecanismos psicológicos operan? La conclusión es que la defensa persistente de líderes, incluso acusados o condenados por la justicia, no es un enigma psicológico, sino un fenómeno estructural que articula identificación, renegación y pactos de negación. La evidencia, lejos de disolver la lealtad, puede intensificarla cuando amenaza los fundamentos identitarios del sujeto y del grupo. Comprender esta lógica es indispensable para pensar salidas políticas y sociales que no se limiten a la acumulación de pruebas, sino que aborden el trabajo psíquico del duelo, la responsabilidad y la reconstrucción del lazo social. Solo desde esa complejidad será posible transitar de la masa identificada al ciudadano capaz de sostener una relación menos defensiva con la realidad ilusoria en la que vive.


Preguntas

¿Por qué las pruebas judiciales no convencen a los seguidores?
Porque el problema no es informativo, sino identitario y afectivo.

¿La lealtad política persistente es irracional?
No. Responde a una lógica psíquica de protección del yo.

¿El líder detenido siempre se convierte en mártir?
No siempre, pero es una deriva simbólica frecuente.

¿Puede la justicia romper estos vínculos?
Sola, no. Necesita acompañamiento simbólico y social.

¿Es posible reconstruir la identidad política sin líderes fuertes?
Es difícil, pero es una condición necesaria para una ciudadanía madura.

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