El artista repasa su vínculo con la pintura, la experiencia de conocer los jardines de Monet, el trabajo sostenido en La Tapera y la importancia de acercar el arte a los niños desde la sensibilidad y el juego.
Con 18 años de trabajo ininterrumpido en sus talleres, Oscar Terrones ha construido un espacio de encuentro alrededor del arte, la sensibilidad y la educación. En esta edición de Al Dorso, el artista salteño repasa su formación, recuerda su visita a los jardines de Claude Monet en Giverny, reflexiona sobre el impacto de las grandes obras del Museo del Louvre y explica por qué considera que los niños deben acercarse al arte desde el juego, la curiosidad y la libertad.
Hay personas que llegan al arte por un camino recto, como si desde la infancia hubieran reconocido con claridad el sitio hacia el cual debían dirigirse. En otros casos, el trayecto es más complejo: aparecen desvíos, oficios, mudanzas, proyectos inconclusos y decisiones que solamente adquieren sentido cuando se observan a la distancia.
La historia de Oscar Terrones pertenece a ese segundo grupo.
Antes de consolidar su recorrido como artista y docente, pensó en la arquitectura, se formó en áreas vinculadas con la construcción y trabajó lejos de Salto. Fue durante aquella etapa, atravesada por la distancia y la nostalgia, cuando el arte comenzó a ocupar un lugar cada vez más profundo. La pintura dejó de ser solamente una inclinación personal para transformarse en un refugio, una forma de expresión y, con el tiempo, también en una manera de acompañar a otros.
Hoy, al mirar hacia atrás, Terrones encuentra una continuidad. Sus talleres de arte llevan 18 años de actividad ininterrumpida. Por ellos pasaron niños, jóvenes y adultos; personas que comenzaron sin experiencia y otras que ya tenían un recorrido previo; alumnos que buscaban aprender una técnica y otros que, quizás sin formularlo de ese modo, necesitaban encontrar un espacio donde detenerse, observar y conectarse con una dimensión diferente de la vida cotidiana.
En su trayectoria aparecen también los viajes, las obras que lo conmovieron, el mar como territorio simbólico, el impresionismo, la abstracción y una pregunta que atraviesa toda la conversación: ¿qué lugar conserva el arte en una época dominada por las pantallas, la inmediatez y la creciente automatización de la experiencia?
En esta entrega de Al Dorso, Oscar Terrones habla de sus influencias, de su trabajo en el espacio La Tapera, de los desafíos de la docencia artística y de los proyectos que prepara para los próximos meses.
1. En 2015 realizaste una exposición inspirada en el impresionismo francés y, especialmente, en Claude Monet. Años después pudiste conocer Giverny. ¿Qué significó esa experiencia?

—La muestra realizada en 2015, inspirada en el impresionismo francés y particularmente en la obra de Claude Monet, tuvo para mí un significado muy especial. En aquel momento trabajamos una corriente pictórica que siempre despierta una conexión profunda con las personas. Creo que el impresionismo genera una cercanía particular por la manera en que aborda la luz, la atmósfera, los reflejos y la percepción del paisaje.
Años después tuve la oportunidad de viajar a Francia y conocer los jardines de Giverny, donde Monet desarrolló gran parte de su universo pictórico. Fue una experiencia muy importante porque me permitió recorrer físicamente los espacios que había observado durante tanto tiempo a través de sus cuadros, de los libros y de la historia del arte.
Visitar Giverny fue, de alguna manera, entrar en una pintura.
Caminar por esos jardines, contemplar los cambios de luz sobre el agua, observar los reflejos y descubrir los paisajes de Normandía me permitió conectar directamente con la sensibilidad impresionista que había explorado años antes en mi trabajo. Aquello que antes era admiración por una corriente artística se convirtió en una vivencia concreta, profunda y memorable.
También fue una forma de reafirmar algo en lo que creo mucho: el valor de la observación sensible de la naturaleza como fuente de creación. Cuando uno comienza a estudiar pintura o a trabajar con mayor atención, la mirada cambia. Ya no observa solamente un árbol, una puesta de sol o un paisaje. Comienza a percibir tonos, transparencias, intensidades, contrastes y atmósferas.
El arte transforma la mirada. Muchas veces pasamos frente a un paisaje sin detenernos realmente a observarlo. Pero cuando uno empieza a pintar, descubre que la naturaleza tiene una cantidad enorme de matices. La luz cambia constantemente, los colores nunca son exactamente los mismos y cada momento tiene una identidad propia.
2. Habitualmente se te presenta como pintor o dibujante, vos preferís la palabra artista. ¿Qué diferencia hay entre un pintor y un artista?
—Creo que existe un preconcepto social que lleva a confundir ambas cosas. Para mí hay una diferencia importante, aunque naturalmente están conectadas.
El pintor capta lo que ve. Observa la realidad, registra una escena y transmite aquello que percibe desde su sensibilidad visual. El artista, en cambio, crea. Materializa ideas. Hace visible lo invisible.
Esa es una diferencia que me interesa destacar porque el arte no consiste solamente en reproducir algo de manera correcta. La técnica es importante, por supuesto. Hay que estudiar, practicar, equivocarse, volver a intentar y conocer los materiales. Pero la creación artística también exige una dimensión interior.
Una obra puede surgir de una imagen, de un recuerdo, de una emoción, de una experiencia o de una inquietud que no siempre se puede expresar con palabras. A veces el artista intenta dar forma a algo que todavía no comprende completamente, pero que necesita exteriorizar.
Cada persona tiene su propio mundo interno. Cada artista carga con sus propias experiencias, con sus tormentas, con sus búsquedas y con su manera particular de mirar la realidad. Cuando todo eso logra aparecer en una obra, el resultado deja de ser solamente una reproducción visual y se transforma en una expresión personal.
Por eso digo que el artista materializa las ideas y hace visible lo invisible. Hay elementos que no se pueden explicar de manera racional, pero sí se pueden transmitir a través de una imagen, una atmósfera, una composición o una textura.
3. ¿El dibujo estuvo presente desde tu infancia?
—Sí. Desde muy pequeño dibujaba y hasta el día de hoy sigo haciéndolo. El dibujo siempre estuvo presente. Es una parte muy importante de mi vida y, en muchos momentos, también es una forma de volver a las raíces.
Cuando uno atraviesa una etapa en la que no tiene ganas de pintar o necesita salir de una rutina creativa, puede recurrir a otras herramientas. En mi caso, muchas veces vuelvo al dibujo, a la escritura o a la literatura. Cada lenguaje abre una puerta diferente y permite que aparezcan nuevas posibilidades.
También recuerdo una cartuchera metálica que me habían regalado mis padres cuando era niño. Tenía un pequeño piano incorporado. Yo guardaba allí mis lápices de colores y, de alguna manera, aquel pianito era para mí como un portal musical hacia los colores.
Es una imagen que todavía conservo porque refleja una conexión muy temprana entre distintas formas de sensibilidad. Nunca estudié música formalmente durante mi infancia, pero siempre sentí que había algo pendiente en ese terreno.
Durante la pandemia, en un momento de aislamiento y de cambios muy profundos para todos, comencé a realizar algunos cursos y tomé clases durante varios meses. Después continué explorando por mi cuenta. No me considero músico, pero sí siento que existe una conexión con la música y que esa conexión forma parte de mi manera de percibir el arte.
A veces uno va descubriendo con el tiempo que aquellas cosas que parecían pequeñas o circunstanciales tenían una importancia mayor. Un objeto de la infancia, una imagen, una sensación o una experiencia pueden permanecer guardados durante años y reaparecer más adelante convertidos en una fuente de inspiración.
4. Te fuiste a Montevideo y a Buenos Aires ¿Cómo fue ese recorrido?
—Cuando era joven no visualizaba todavía el arte plástico como un proyecto profesional. Me interesaba mucho, pero lo asociaba con la arquitectura. Pensaba que ese podía ser el camino para encauzar mi vida.
Antes de intentar estudiar arquitectura hice cursos técnicos y terciarios vinculados con la construcción. Después, por circunstancias personales, no pude completar la carrera y decidí trabajar. Esa decisión me llevó a Buenos Aires, donde estuve vinculado con la construcción.
Trabajar lejos de la familia genera muchas cosas. Aparecen la nostalgia, la melancolía y la sensación de estar aislado. En aquel momento necesitaba encontrar algo que me permitiera llenar ese vacío y, al mismo tiempo, hacer que el tiempo tuviera otro sentido.
Fue entonces cuando me acerqué a la formación artística y encontré una especie de refugio. Estudié en Bellas Artes Manuel Belgrano y comencé a comprender que había un camino que me estaba esperando.
Yo creo mucho en eso. El destino espera. Uno puede salir de la fila, adelantarse, atrasarse o intentar tomar otra dirección. Pero aquello que realmente está relacionado con uno mismo termina apareciendo. El camino, tarde o temprano, comienza a marcar puntos de referencia.
Cuando una persona encuentra algo con lo que conecta verdaderamente, siente una seguridad distinta. No significa que todo se vuelva fácil. El arte exige trabajo, constancia, disciplina y mucha paciencia. Pero también genera una sensación de orientación interior.
En mi caso, el arte apareció como refugio y después se transformó en una forma de vida. La construcción y la arquitectura no quedaron completamente separadas de ese recorrido, porque también aportaron una mirada sobre las formas, los espacios, las proporciones y la estructura. Todo lo vivido deja una huella.
5. La Tapera cumple 18 años de actividad ininterrumpida. ¿Qué representa hoy ese espacio?
—Este año 2026 se cumplen 18 años de actividades ininterrumpidas. Nunca hemos parado. Cuando uno mira hacia atrás, siente que el tiempo pasó muy rápido. Parece que hubiera sido ayer cuando comenzamos, pero después observa la cantidad de personas que participaron y comprende cuánto se ha construido.
La Tapera es un espacio para adultos que funciona en Rivera 959. Allí llegan personas con experiencias muy diferentes. Algunas llevan años pintando. Otras nunca tocaron un pincel. Algunas llegan con una idea clara y otras simplemente sienten curiosidad o la necesidad de hacer algo distinto.
Para mí, el taller tiene que ser un refugio. Hay personas que necesitan conectarse con una voz interior, con una sensibilidad o con una parte de sí mismas que quizás quedó relegada por las obligaciones cotidianas.
El arte no cambia físicamente la realidad. Los problemas siguen existiendo. Las preocupaciones no desaparecen de manera automática. Pero durante el proceso creativo ocurre algo importante: la persona puede trasladarse a otro espacio mental, emocional y sensible.
Eso tiene mucho valor.
En estos años pasaron muchas personas por el taller. Algunas continúan conmigo desde hace mucho tiempo y ya somos prácticamente una familia. Otras transitaron una etapa y después siguieron su camino. También hay niños que participaron de los talleres y hoy están estudiando carreras relacionadas con las artes visuales, la arquitectura, el cine o el paisajismo.
Cuando uno observa esos recorridos siente una enorme satisfacción. No porque todos tengan que convertirse en artistas profesionales, sino porque el contacto con el arte puede dejar una marca. Puede ampliar la mirada, fortalecer la sensibilidad y acompañar a una persona en un momento importante de su vida.
Muchas veces escucho a personas que dicen: “Cuando me jubile voy a dedicarme a pintar” o “Me gustaría, pero no tengo tiempo”. Yo creo que no hay que esperar tanto. Cuando algo realmente interesa, hay que intentar encontrar un espacio.
Siempre existen horarios posibles. Hay talleres de mañana, de tarde y de noche. Incluso las personas que trabajan durante toda la semana pueden buscar un momento. El tiempo pasa muy rápido y postergar permanentemente aquello que nos hace bien también tiene un costo.
6. En tus talleres parece tener una importancia central el factor humano. ¿Cómo se construye esa atmósfera?
—Las conexiones humanas son fundamentales. Para mí, uno de los objetivos principales es generar un clima familiar. En los talleres participan personas de distintas edades, con historias y experiencias diferentes, pero se produce un acercamiento muy natural.
Muchas veces ocurre que empiezan a conversar como si se conocieran desde siempre. Comparten arte, experiencias y también cosas cotidianas. A veces se habla de una obra, de una técnica o de una corriente artística; otras veces aparece una receta de cocina o una anécdota personal.
Eso forma parte del taller.
Intento que sea un espacio de respeto, alejado de las diferencias políticas, sociales o personales. Dentro del taller todas las personas están por el mismo motivo. No importan las etiquetas. Lo importante es el vínculo con el arte y el encuentro con los demás.
También considero que el aprendizaje es siempre recíproco. El docente enseña procedimientos, técnicas y herramientas, pero también aprende. Cuando trabajo con niños, por ejemplo, siento que uno vuelve a vivir de algún modo la infancia. Para transmitir algo a un niño hay que recuperar una parte lúdica, curiosa y sensible.
No se puede enseñar arte desde una posición distante. Hay que conectar con el otro. Hay que observar qué necesita, qué le interesa y cuál puede ser su puerta de entrada.
Con los adultos ocurre algo parecido. No todos llegan buscando lo mismo. Algunas personas necesitan una formación técnica más estructurada. Otras buscan experimentar. Otras quieren recuperar una actividad que habían abandonado durante muchos años.
El taller debe acompañar esos procesos sin imponer una única dirección.
También creo que mantener la mente activa es muy importante. Aprender, ejercitar la percepción y explorar nuevos procedimientos estimula al cerebro. La creatividad obliga a establecer nuevas conexiones. Por eso el arte puede cumplir una función muy valiosa a cualquier edad.
7. Tu obra personal también fue cambiando con el tiempo. ¿En qué etapa estás ahora?
—Durante mucho tiempo mi obra estuvo vinculada con una línea figurativa. Me interesan especialmente las marinas, los barcos, los naufragios y todo aquello que tiene relación con el mar.
El mar tiene una dimensión espiritual muy profunda. Genera calma, pero también misterio. Hay algo en la inmensidad, en las profundidades y en el movimiento del agua que estimula mucho mi imaginación.
Cuando uno está atravesado por una cantidad enorme de ideas o entra en un estado de ansiedad, el mar puede ayudar a ordenar. Pintarlo también es una forma de navegar hacia otros mundos y de salir momentáneamente de la realidad cotidiana.
Pero después de la pandemia sentí que algo tenía que cambiar.
Cuando un artista trabaja durante demasiado tiempo con una misma línea temática puede comenzar a automatizarse. En algunos casos aparece una lógica comercial: se encuentra un estilo reconocible y se continúa repitiéndolo porque el público lo identifica con ese sello.
No es fácil salir de allí. Mantener una firma personal puede ser importante, pero también puede convertirse en una limitación.
En determinado momento sentí que ya no podía continuar haciendo exactamente lo mismo. Era como si, después de pintar tantas marinas para encontrar calma, comenzara a ahogarme dentro de ese mismo universo.
El alma pide cambios.
Actualmente estoy trabajando en un proyecto más abstracto. Es una etapa muy personal y todavía prefiero reservar algunos detalles hasta que llegue el momento de presentarlo públicamente. Pero siento que es un proyecto importante y que me coloca en otro lugar creativo.
Estoy experimentando, buscando nuevas formas y tratando de mantener viva la libertad. Para mí, la creatividad necesita movimiento. Cuando uno se obliga a sostener una única línea durante demasiado tiempo, puede sentir que se agota.
Por eso también recurro al dibujo, a la escritura y a la literatura. Cada lenguaje permite salir de un automatismo. El artista tiene que ser versátil y conservar la posibilidad de cambiar.
No creo que haya que pintar para los demás. Naturalmente, toda obra puede encontrar un público. Pero cuando la creación queda dominada exclusivamente por la lógica comercial, existe el riesgo de perder la identidad personal.
8. ¿Cómo fue tu visita al Museo del Louvre?

—Cuando viajé a París tenía una expectativa muy grande. Desde chico uno estudia la historia del arte, observa reproducciones en libros y conoce determinadas obras a través de imágenes. Pero verlas físicamente genera un impacto completamente distinto.
Las pinturas siguen estando allí. Permanecen vivas. Uno puede haberlas visto muchas veces en fotografías, pero encontrarse frente a ellas produce una emoción especial.
En el Museo del Louvre, naturalmente, muchas personas van directamente hacia la Mona Lisa. Hay largas filas y una enorme expectativa. Es una obra extraordinaria y tiene una historia muy particular, incluso por el episodio de su robo, que contribuyó a aumentar su fama internacional.
Pero frente a la Mona Lisa se encuentra una obra monumental: “Las bodas de Caná”, de Paolo Veronese.
Es una pintura inmensa. La escala impresiona. No se trata solamente de un personaje o de una escena sencilla. Hay muchas figuras, una enorme riqueza compositiva y una cantidad de estados emocionales diferentes.
Cada personaje parece tener una historia propia. Hay alegría, dolor, incertidumbre, gracia, tristeza y movimiento. La obra tiene una profundidad extraordinaria. Cuando uno la observa detenidamente siente que los personajes salen de la composición.
Eso me generó una emoción muy grande.
Creo que muchas veces el turismo funciona de una forma automática. Las personas van a ver aquello que el marketing ha transformado en una obligación. Se instala la idea de que no se puede ir a París o entrar al Louvre sin sacarse una fotografía frente a determinada obra.
Por supuesto que está bien conocerla. Pero el museo ofrece muchísimo más. Hay obras increíbles que merecen tiempo y contemplación.
Ese automatismo no ocurre solamente con el turismo. También aparece en la vida cotidiana y en el consumo cultural. Muchas veces observamos aquello que nos indican que debemos observar. Consumimos lo que aparece repetidamente frente a nuestros ojos.
El arte invita a detenerse. Obliga a mirar de otra manera.
9. Paul Valéry planteó que una obra de arte debería enseñarnos siempre que no habíamos visto realmente aquello que estamos observando. Oscar Wilde escribió que todo arte es completamente inútil. ¿Qué función cumple el arte para vos?
—Creo que cada artista va a defender su propio mundo porque cada artista carga con sus tormentas internas, con su historia y con su manera de transformar la realidad.
El arte puede surgir de la rebeldía, de la necesidad de expresar algo, de una experiencia dolorosa o de una etapa de búsqueda. También puede sanar.
Hay artistas que crearon desde situaciones extremas, desde el encierro o desde estados emocionales muy complejos. Cada uno encontró una manera de liberar aquello que tenía adentro.
En mi caso, me considero una persona muy emocional y sensible. Percibo mucho las atmósferas de los ambientes y el dolor de las personas. También tengo una conexión muy fuerte con los animales y con el cuidado de las mascotas.
Creo que hoy hace falta recuperar empatía y sensibilidad.
Vivimos en una época de transformaciones muy rápidas. La inteligencia artificial, las pantallas y las redes sociales ocupan cada vez más espacio. No estoy diciendo que todo eso sea negativo. Hay herramientas muy valiosas y posibilidades enormes. Pero también existen riesgos.
Las pantallas pueden separar a las familias. Pueden reducir el tiempo de conversación, de encuentro y de observación. Muchas veces estamos conectados permanentemente con algo exterior, pero cada vez más lejos de nosotros mismos y de las personas que tenemos cerca.
El arte puede ayudar a recuperar esa conexión.
Cuando un niño pinta, dibuja o modela, está explorando una parte de sí mismo. Cuando un adulto se detiene frente a una obra o intenta crear algo, también abre un espacio diferente dentro de la rutina.
Algunas personas pueden considerar que el arte es inútil porque no produce un resultado práctico inmediato. Pero esa aparente inutilidad es, quizás, una de sus mayores riquezas.
El arte no tiene que justificar permanentemente su existencia. Puede ser contemplación, expresión, refugio, rebeldía, memoria o transformación.
También permite entrenar la mirada. Volver a observar. Volver a sentir.
10. La educación artística infantil ocupa un lugar muy importante en tu trabajo. ¿Qué buscás transmitirles a los niños y cuáles son tus próximos proyectos?
—Lo que más me gusta es trabajar con la educación artística orientada a los niños. Creo que las bases son fundamentales para el desarrollo de una personalidad y de una voz interna.
El objetivo no es que todos los niños se conviertan en artistas. Tampoco se trata de exigirles que sean los mejores. Tienen que aprender jugando, divertirse y sentirse felices.
La felicidad es muy importante. Cuando un niño está cómodo, acompañado y estimulado, puede aprender de otra manera. En cambio, cuando existe una atmósfera negativa o una presión excesiva, puede aparecer un bloqueo.
Los padres tienen un papel fundamental. El apoyo familiar puede ayudar a descubrir y fortalecer una sensibilidad. A veces el impacto de un taller no se percibe inmediatamente, pero deja una semilla.
Tengo alumnos que pasaron por los talleres cuando eran niños y que hoy están vinculados con las artes visuales, la cinematografía, la arquitectura o el paisajismo. Cada uno siguió su propio recorrido, pero hubo una base que ayudó a despertar determinadas inquietudes.
También trabajo en el Colegio Salesiano desde hace tres años. Esa experiencia representa un desafío diferente porque allí uno trabaja con grupos más grandes y con niños que no necesariamente eligieron acercarse al arte.
Cuando un niño llega voluntariamente a un taller ya sabe, en términos generales, qué va a encontrar. Pero dentro de un salón de clase puede haber alumnos que no sienten interés por dibujar o pintar.
El desafío consiste en encontrar una puerta de entrada.
Por ejemplo, algunos niños están muy conectados con los videojuegos. En una ocasión descubrí que varios de ellos estaban interesados en Minecraft. Entonces pensé en trabajar a partir de las formas geométricas, el cubismo y la construcción de paisajes vinculados con ese universo visual.
La idea era proponer una consigna artística que dialogara con algo que ya formaba parte de su mundo. Cuando uno logra encontrar ese vínculo, la respuesta cambia.
Hay que observar qué le interesa a cada niño y buscar un camino. Quizás a uno le gusta el fútbol, a otro la electrónica, a otro la programación y a otro la naturaleza. No todos somos buenos para las mismas cosas, pero todos podemos encontrar alguna forma de expresión.
Además de continuar con los talleres, estoy trabajando desde hace varios años en un libro ilustrado para niños de entre 8 y 12 años. El proyecto está relacionado con los sueños, los objetivos en la vida, el cuidado de la naturaleza, el medioambiente, las mascotas y las personas mayores.
Tiene una intención educativa y una dimensión psicológica. También cuenta con un estilo de ilustración muy personal. No es manga ni responde a una estética predeterminada. Es un lenguaje propio que fui desarrollando durante años.
El libro ya está avanzado y la idea es publicarlo con una editorial de Montevideo. Primero se realizaría una tirada inicial y después veremos cómo continúa el camino.
También estoy preparando una exposición personal y otros proyectos que comunicaré más adelante.
Siento que estoy atravesando una etapa creativa muy importante. Hay una búsqueda nueva, una necesidad de experimentar y, al mismo tiempo, una continuidad con todo lo construido durante estos años.






