Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

No estoy mal, pero tampoco estoy bien: el malestar silencioso

Crece el malestar silencioso: personas que funcionan pero no disfrutan. Un fenómeno ligado a la presión social, la autoexigencia y la pérdida de sentido.

En los últimos años, una frase se repite con frecuencia en distintos ámbitos: “no estoy mal, pero tampoco estoy bien”. No se trata de una expresión pasajera ni de una queja menor.

A diferencia de los cuadros clínicos tradicionales, este estado no encaja con facilidad en diagnósticos como la depresión o la ansiedad. Quienes lo experimentan continúan con su vida cotidiana, cumplen responsabilidades y sostienen rutinas, pero lo hacen sin disfrute, sin entusiasmo y con una sensación persistente de desconexión.

Más allá del diagnóstico: una zona intermedia

Durante décadas, la psicología intentó trazar límites claros entre salud y enfermedad. Sin embargo, este tipo de vivencias se ubica en un territorio intermedio, muchas veces definido como subclínico.

Algunas corrientes han vinculado este estado con la “languidez”, un concepto que describe la falta de motivación y vitalidad sin la presencia de síntomas severos. No hay necesariamente tristeza profunda, pero sí una ausencia marcada: de energía, de interés y de implicación emocional.

Sin embargo, reducir el malestar silencioso únicamente a este marco sería insuficiente. La experiencia exige una mirada más amplia, que incorpore dimensiones psicológicas, sociales y culturales. En este sentido, el problema no radica solo en el individuo, sino también en el contexto que lo configura.

El sujeto en la sociedad del rendimiento

Es relevante situar este malestar en el marco de las transformaciones contemporáneas. En sociedades caracterizadas por la exigencia constante de productividad, optimización y autoexigencia, el individuo se convierte en gestor de sí mismo.

Este modelo no opera ya desde la prohibición, sino desde la autoimposición. La persona no es reprimida desde fuera, sino que internaliza el mandato de rendir, mejorar y sostener un nivel constante de eficacia. En este escenario, el agotamiento no aparece como una excepción, sino como una consecuencia estructural.

El malestar silencioso puede leerse, entonces, como una forma de fatiga sostenida. No necesariamente un colapso, sino un desgaste progresivo. Una suerte de desconexión emocional que permite seguir funcionando, pero a costa de una pérdida gradual de sentido.

Desde esta perspectiva, la frase “no estoy mal, pero tampoco estoy bien” adquiere un nuevo significado: no indica indecisión, sino un estado estable dentro de un sistema que exige y ofrece poco espacio para el ocio y la auto realización personal.

Entre el vacío y la adaptación

Desde el psicoanálisis, se ha planteado que el malestar forma parte de la vida en sociedad. La renuncia a ciertas satisfacciones es condición para la convivencia, pero también genera una cuota de insatisfacción.

Por su parte, los enfoques existenciales han descrito estados similares bajo la noción de vacío. No se trata de una patología, sino de una pérdida de orientación vital. La persona no necesariamente sufre de forma intensa, pero tampoco encuentra motivos claros para implicarse en su propia vida.

En esta línea, el malestar silencioso puede entenderse como una forma de “desconexión regulada”. El sujeto se adapta a las demandas del entorno, pero lo hace reduciendo su implicación emocional. No se rompe, pero tampoco se involucra plenamente.

Este mecanismo tiene una función protectora. Permite sostener la actividad cotidiana sin colapsar ante la sobrecarga. Sin embargo, también implica un costo: la pérdida de contacto con la propia experiencia.

Riesgos de la patologización

Frente a este tipo de malestar, no siempre es útil poner una etiqueta rápida. A veces, lo más importante es entender cómo lo vive cada persona.

¿Qué le pasa? ¿Cómo lo siente? ¿Qué lugar ocupa en su vida?

Este enfoque busca escuchar antes que clasificar. Comprender antes que corregir.

Pero no todo malestar es una enfermedad. A veces es una señal. Algo que indica que hay aspectos de la vida que necesitan ser revisados.

Este proceso no es neutral. Al etiquetar el malestar como trastorno, se invisibilizan sus causas contextuales y se desplaza la responsabilidad hacia el individuo. El sufrimiento deja de ser una señal para convertirse en un error.

¿Qué se puede hacer?

Desde un enfoque más humano, el objetivo no es “arreglar” rápidamente este estado, sino entenderlo.

  • Validar lo que se siente: reconocer que es una experiencia común y comprensible.
  • Bajar la exigencia: no todo tiene que resolverse de inmediato.
  • Recuperar pequeños espacios de sentido: actividades, vínculos o momentos que conecten con algo propio.
  • Darse tiempo para pensar: no todo se soluciona haciendo más; a veces hace falta detenerse.

En el trabajo terapéutico, esto implica acompañar sin apurar, sin forzar respuestas, ayudando a que la persona vuelva a conectarse con su propia experiencia.

Una forma contemporánea de estar en el mundo

El malestar silencioso no es un error del sistema ni una patología en espera de desarrollarse. Es, en muchos casos, una forma coherente de estar en el mundo actual.

Comprenderlo implica abandonar la lógica binaria de salud y enfermedad, y aceptar que existen estados intermedios que requieren nuevas herramientas conceptuales. También implica reconocer que el sufrimiento no siempre es un problema a eliminar, sino una señal que puede orientar procesos de cambio.

En este sentido, hay que reconocer que el rol del psicólogo no se limita a intervenir sobre síntomas, sino a acompañar procesos de comprensión. No se trata de reparar una supuesta falla, sino de abrir un espacio donde la experiencia pueda ser pensada, nombrada y resignificada.

El “no estar mal, pero tampoco bien” deja entonces de ser una frase ambigua. Se convierte en un punto de partida para conocerse a uno mismo.

Preguntas y respuestas.

1. ¿El malestar silencioso es una forma de depresión?

No necesariamente. Puede compartir algunos rasgos, pero no cumple con los criterios clínicos de una depresión. Es un estado más difuso, caracterizado por la falta de vitalidad.

2. ¿Por qué cada vez más personas se sienten así?

Está vinculado a factores sociales como la autoexigencia, la productividad constante y la falta de espacios para la elaboración emocional.

3. ¿Se debe tratar con medicación?

No siempre. Depende del caso. En muchos casos, el abordaje psicoterapéutico centrado en el sentido es más adecuado.

4. ¿Es peligroso este tipo de malestar?

No en sí mismo, pero puede evolucionar si no se comprende. Es importante prestarle atención y no minimizarlo.

5. ¿Cómo se puede salir de este estado?

No se trata de “salir” rápidamente, sino de comprenderlo. Recuperar el sentido, la conexión emocional y el significado en la vida cotidiana es clave.

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