Denuncias sin fundamento generan costos económicos y desgaste emocional. Especialistas advierten sobre el uso abusivo del sistema judicial y reclaman mayores filtros legales.
Mi historia como abogado no es solo el relato de un trayecto profesional; es la mezcla compleja de memoria, familia, heridas y un llamado profundo que me fue construyendo sin que yo lo supiera del todo. Desde chico, mi vida estuvo marcada por un eco silencioso que venía de mi pasado, de una figura que definió el sentido de muchas cosas: mi tío Juan José Sosa Pereira, coronel del Ejército, fallecido prematuramente cuando yo tenía apenas siete años.
Juan no fue un tío más. Fue un hombre que con su ejemplo de disciplina, honor y compromiso dejó una huella imposible de ignorar. Crecer con la frase “Sos igual a Juan” resonando una y otra vez en mi entorno fue a veces un peso insoportable. ¿Cómo no compararme con alguien a quien muchos veían como un gigante? Sin embargo, con el tiempo, aprendí que no estaba destinado a suplantarlo, sino a continuar ese legado de una manera propia. Donde él firmaba órdenes, yo empecé a firmar escritos, movido por un mismo impulso de deber, palabra y lealtad.
La familia, con sus pérdidas y dolores, es el escenario inicial de esta historia. La muerte de Juan dejó una herida que aún hoy se siente. A mi abuela Francisca, que perdió a su hijo, la vi apagarse poco a poco, hasta que la enfermedad le borró la memoria, haciéndola llamarme “Juancito”, un milagro triste que ponía en evidencia el poder del amor para sostenernos aun en el olvido. Y ese vínculo, profundo y misterioso, me enseñó que el recuerdo y la continuidad pueden ser formas de eternidad.
En mi mano derecha llevo un rubí: un anillo que pasó de mano en mano en nuestra familia, desde mi abuelo, a Juan, a mi madre, y finalmente a mí. Ese pequeño objeto no es solo una joya, sino un testamento vivo de nuestras historias, guerras internas, ausencias y resistencias.
Escoger ser abogado fue una vocación que fue madurando en silencio. El estudio, la palabra, la lucha por la justicia se convirtieron en el cauce natural para expresar valores que traigo en la sangre. En este camino aprendí que el derecho no solo se ejerce con conocimiento, sino con humanidad, paciencia y valentía. Que la abogacía es, como decía Eduardo Couture, “una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia”, y que esa justicia no siempre coincide con la letra fría de la ley, sino con la búsqueda constante de lo justo y verdadero.
Hoy, cuando la gente me dice “Sos igual a Juan”, ya no me siento aplastado por la comparación. Más bien, siento pertenecer a una continuidad que va más allá de las palabras y las épocas. Juan y yo somos dos nombres, dos caminos y dos luchas que, aunque diferentes, marchan juntos hacia el mismo horizonte.
Ser abogado para mí es eso: sostener un legado, dar voz a esas historias que merecen ser escuchadas y defender cada causa con la convicción de que detrás de cada expediente hay una vida, un afecto, una verdad que vale la pena. Así, el Coronel y el Doctor conviven en mí, y esa combinación es la brújula que me guía cada día.
Hasta la próxima semana.




