Un análisis cultural y clínico explora cómo la historia, la secularización y las exigencias sociales moldean la experiencia de la depresión en Uruguay.

La melancolía secularizada: otra forma de mirar la depresión en Uruguay
La depresión es hoy uno de los problemas de salud mental más frecuentes en el mundo. Suele explicarse desde un enfoque médico: un trastorno del estado de ánimo que se identifica por síntomas como tristeza persistente, pérdida de interés, alteraciones del sueño o del apetito. Este modelo ha permitido diagnósticos más precisos y tratamientos eficaces. Sin embargo, cuando se aplica de manera aislada, deja algo fuera de escena: la cultura.
En Uruguay, esta omisión se vuelve especialmente evidente. El país cuenta con altos niveles de desarrollo humano y una tradición histórica de políticas sociales sólidas. Aun así, mantiene tasas elevadas de suicidio y una prevalencia significativa de trastornos depresivos. Entonces surge la pregunta: ¿por qué en una sociedad relativamente estable y con amplias garantías sociales el sufrimiento psíquico tiene tanto peso?
Una posible respuesta consiste en ampliar el foco en la dimensión social de la depresión. La depresión no es solo un desequilibrio químico ni un conjunto de síntomas universales. También es una experiencia que toma forma dentro de una historia y una cultura determinadas.
Más allá del diagnóstico
La psiquiatría moderna, consolidada desde Emil Kraepelin hasta los manuales actuales de la American Psychiatric Association, organizó la depresión como una categoría clínica definida por criterios específicos. Esto fue un avance importante. Pero esa misma claridad puede volver rígida la mirada si se olvida que el sufrimiento siempre está atravesado por significados sociales.
El psicoanálisis, con Sigmund Freud, introdujo una distinción que sigue siendo útil: en el duelo se pierde algo del mundo; en la melancolía, lo que se pierde es parte del propio yo. Aparecen la culpa intensa, la autocrítica y una sensación de indignidad difícil de explicar solo en términos biológicos.
Más adelante, el psiquiatra y antropólogo Arthur Kleinman señaló que no es lo mismo la “enfermedad” entendida médicamente que la “experiencia de enfermedad” tal como la vive una persona dentro de su cultura. La depresión puede expresarse de maneras distintas según el contexto: en algunos lugares predomina el dolor físico, en otros la desesperanza o la culpa.
Desde la fenomenología, autores como Thomas Fuchs han descrito la depresión como una alteración profunda en la relación con el mundo. El cuerpo se siente pesado, el tiempo parece detenido y el futuro pierde atractivo. No es solo tristeza: es una transformación en la forma de estar en la vida.
Una historia que deja huella
Para entender el caso uruguayo, es necesario mirar su historia. Uruguay fue pionero en América Latina en la consolidación de un Estado laico. La religión perdió tempranamente su centralidad en el espacio público. Esto tuvo efectos positivos en términos de libertad y pluralismo, pero también redujo la presencia de relatos trascendentes que ayudaran a dar sentido al sufrimiento.
Al mismo tiempo, el historiador José Pedro Barrán describió el pasaje hacia una “sensibilidad civilizada”: mayor autocontrol, regulación de las emociones y privatización del dolor. Expresar abiertamente la angustia dejó de ser habitual. El sufrimiento se volvió discreto.
Por su parte, Carlos Real de Azúa analizó cómo el Estado fuerte y protector generó una cultura de estabilidad y moderación. Se consolidó la idea de una sociedad integrada, con amplias clases medias y oportunidades relativamente accesibles. Esa imagen colectiva, aunque basada en logros reales, también creó expectativas altas respecto al desempeño individual.
Cuando alguien no logra sostener ese ideal —en lo laboral, lo económico o lo vincular— la caída suele vivirse como fracaso personal. Si “todos pueden”, el que no puede se siente insuficiente. En ese punto, la culpa se intensifica.
La melancolía secularizada
La idea de “melancolía secularizada” intenta describir este fenómeno. En una sociedad con escasos relatos trascendentes y con una fuerte tradición de autocontrol emocional, la depresión tiende a expresarse en silencio.
En la práctica clínica, muchas veces no aparece como llanto constante o dramatización evidente, sino como apatía, cansancio persistente, dificultad para disfrutar y una sensación de vacío difícil de poner en palabras. El cuerpo habla cuando la emoción no encuentra espacio social para expresarse.
La culpa, en este contexto, ya no se organiza en torno al pecado religioso, sino en torno al rendimiento y la autosuficiencia. El ideal contemporáneo es ser autónomo, productivo, estable. Cuando esos estándares no se alcanzan, el malestar se vuelve interno y silencioso.
Esto no significa negar la importancia de los tratamientos médicos. Los antidepresivos y las intervenciones basadas en evidencia son herramientas valiosas. Pero si se reduce todo a una cuestión neuroquímica, se pierde de vista el entramado cultural que da forma a la experiencia.
Qué cambia en la práctica
Pensar la depresión desde esta perspectiva implica ampliar el trabajo terapéutico. No se trata solo de aliviar síntomas, sino de comprender cómo cada persona interpreta su sufrimiento dentro de su historia y su entorno.
El psicólogo debe ayudar a distinguir entre un fracaso personal y las presiones culturales que influyen en la autoevaluación. También debe abrir un espacio donde el dolor pueda decirse sin vergüenza ni juicio. En una cultura que históricamente ha privilegiado la sobriedad emocional, habilitar la expresión ya es una intervención significativa.
Además, es fundamental diferenciar entre tristeza y depresión clínica. No todo malestar requiere medicación inmediata. Hay experiencias de pérdida o desilusión que forman parte de la vida y necesitan tiempo, elaboración y acompañamiento.
Una mirada más amplia
Uruguay no es homogéneo. Existen diferencias marcadas entre Montevideo y el interior, entre generaciones y entre grupos sociales. Las nuevas corrientes migratorias también están transformando la manera de vivir y expresar las emociones. Por eso, cualquier modelo debe considerarse provisional y abierto a revisión.
Sin embargo, reconocer que la depresión tiene una dimensión cultural permite salir de explicaciones simplistas. El sufrimiento psíquico no surge en el vacío. Se inscribe en una historia colectiva que moldea expectativas, silencios y formas de culpa.
Entender la depresión en Uruguay exige escuchar no solo al individuo, sino también a la sociedad que lo rodea. La “melancolía secularizada” no es una etiqueta definitiva, sino una invitación a mirar más allá del síntoma. A veces, comprender el contexto es el primer paso para aliviar el dolor.
Lee otras columnas de Alejandro Irache…




