El grupo de narradoras Las Que Cuentan desarrolla en Salto una propuesta dirigida a escuelas, colegios y jardines, centrada en la lectura en voz alta, la poesía y la imaginación.
En diálogo con Diario El Pueblo, la escritora y responsable del proyecto, María Luisa de Francesco, profundiza en el origen del proyecto, su funcionamiento y la respuesta que ha tenido por parte de la comunidad educativa.
¿En qué contexto nace el grupo Las que cuentan y qué necesidades buscaba atender en su inicio?
La narración oral ha sido declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad. Pensamos por un instante qué sería de todas y todos nosotros sin una historia leída o contada. La palabra que se lee o se narra es el puente y el camino hacia la lectura, por eso, ofrecemos este servicio social que es una especie de militancia para no perder más lectoras y lectoras.
El grupo empezó el año pasado, en un formato bastante itinerante. Íbamos visitando distintas escuelas, trabajando directamente en los centros educativos. Pero hacia el final del año aparecieron algunas dificultades concretas: no teníamos un espacio propio, hacía mucho calor, y muchas veces las escuelas no contaban con un patio con sombra o con un salón que tuviera las condiciones necesarias para reunir a todos los niños de manera cómoda.
¿Cómo se da el pasaje de esa experiencia itinerante a un espacio más estable de trabajo?
Frente a esa situación, pedimos permiso en la Asociación José Pedro Varela y allí nos ofrecieron un lugar. Además, surgió la propuesta de que este año pudiéramos desarrollar las actividades en ese espacio de forma más organizada. Para nosotras fue muy importante poder contar con un punto fijo.
¿Qué implicó ese cambio en términos prácticos para el funcionamiento del grupo?
Implica mucho. Hasta ese momento, cada una se trasladaba como podía: algunas en ómnibus, otras en moto, yo en camioneta. Eso genera un gasto, un desgaste, y también cierta dificultad para sostener la actividad en el tiempo. Al tener un lugar fijo, todo se ordena mejor, más aún considerando que es un trabajo totalmente honorario y orientado a escuelas públicas.
¿Cómo se define el perfil del grupo y qué tipo de formación tienen quienes participan?
Somos lectoras o contadoras de cuentos. No es un grupo profesional en el sentido estricto. La única que se perfeccionó formalmente fui yo y por eso también asumo la responsabilidad de coordinar el grupo. Trabajamos desde el gusto por la literatura y desde la experiencia de la narración.
La propuesta tuvo una rápida respuesta por parte de las escuelas. ¿Qué lectura hacen de esa demanda?
La respuesta fue muy clara: hasta vacaciones de julio ya no tenemos más lugar. No puedo tomar ninguna escuela más porque está todo completo, tanto en la mañana como en la tarde. Eso indica que a los maestros les interesa salir con los niños y acercarse a un espacio donde hay cuentos. Hay una búsqueda activa de ese tipo de experiencias.
Además de ese interés docente, ¿qué otros elementos explican la convocatoria que lograron?
También hay una intención de volver al origen de la palabra: el cuento, la poesía. Y por otro lado, el año pasado trabajamos con más de 2.500 niños en total, entonces seguramente se corrió la voz en Salto de que la propuesta funciona, que a los chicos les gusta, que los divierte.
En general comenzamos con una presentación que está muy vinculada a la poesía, con textos seleccionados especialmente. Después, cada una de las integrantes elige un tema en función de las edades de los niños con los que va a trabajar.
¿Qué tipo de recursos aparecen en el desarrollo de la actividad más allá de la narración?
Hacia el final solemos incorporar juegos de palabras. Es una forma de seguir trabajando con el lenguaje, pero desde lo lúdico. En el caso de los niños más grandes, aparece también otra dimensión.
¿Cómo se trabaja con los grupos de mayor edad y qué temas se abordan con ellos?
Ahí es donde entro más directamente desde mi lugar como escritora. Me interesa hablar con ellos sobre el mundo editorial, sobre cómo es el trabajo de los escritores y las escritoras, sobre la literatura infantil en sí, los tipos de libros. Y a partir de eso surgen preguntas.
¿Qué valor tiene ese intercambio con los niños dentro de la propuesta?
Es la parte que más me gusta. Ese momento en que los chicos preguntan, se interesan, quieren saber más. Generalmente se da con grupos de tercero, cuarto, quinto o sexto año, y también cuando vienen estudiantes de liceo. Ahí se genera un ida y vuelta muy rico.
¿Querés agregar algo que no te haya preguntado?
Sí, solo para finalizar me gustaría hablar de la intención de estos encuentros, hacer énfasis en que nosotras no cumplimos un rol pedagógico —como se hacía y aún se hace con la literatura infantil ( LIJ)—, sino que buscamos que se desarrolle la imaginación, tan llena hoy de imágenes y sonidos, que se establezca un vínculo desde la palabra y el afecto, que se haga un espacio donde la voz humana reine sin demasiadas influencias externas.
Esto quiere decir: volvamos a escuchar historias por el puro placer de oírlas. Vale esta aclaración: no hacemos trabajo pedagógico.
Los juegos y las lecturas pretenden despertar la imaginación y el entretenimiento, creo que es uno de los mejores caminos de estimular futuros y futuras lectoras. En estos tiempos la lectura de libros es casi un acto revolucionario.
Las actividades de Las que cuentan se desarrollan en la Asociación José Pedro Varela, en el marco del ciclo “Viernes con cuentos”, con funciones en doble turno. La agenda, se encuentra completa hasta las vacaciones de julio, reflejo de una propuesta que, desde la sencillez de la palabra dicha, vuelve a poner en el centro la escucha, la imaginación y el vínculo con la literatura.





