Los muros que nos miran

Como salteños y como defensores siempre de las manifestaciones artísticas en general nos alegra, como lo decíamos en pasadas ediciones, que en una pared de la ciudad de Colonia del Sacramento, más precisamente en el muro de un liceo, haya sido pintado recientemente un mural de nuestra poeta Marosa di Giorgio.

El autor del mural es José Gallino, también salteño, de quien además hay que destacar otros varios murales como los que están en el muelle de alta creciente, de Edinson Cavani y del Cero Pelo, entrañable personaje popular de Salto, o el de la joven Nazarena Porto en el lado que da hacia calle Agraciada de la Plaza de Deportes, entre tantos más a lo largo y ancho no solamente de este departamento, ni de esta región siquiera, sino a lo largo y ancho del país todo.CONTRATAPA. MURAL

El muralismo nos gusta y creemos que le da a una ciudad una impronta diferente y muy positiva. Una ciudad con murales, si estos son bien cuidados, habla de gente sensible y buena. La cuadra de Florencio Sánchez entre Artigas y Rivera, en el muro que muchos aún recuerdan como el de la vieja cárcel, desde que un grupo de artistas intervino, casi con ironía hoy ofrece una visión de libertad y es una muestra más de este arte callejero que vino muy bien para cambiar por colores el rostro gris de la ciudad.

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No es, por supuesto, Gallino el único artista que se dedica por estos días a este tipo de obras ciudadanas, es quizás sí, el más visible. Hay también algunos grupos que recorren ciudades –no únicamente uruguayas- desarrollando esta disciplina, el Colectivo Licuado por ejemplo, que también ha pintado más de un mural en nuestra ciudad.

Claro que hay cosas que se deben mejorar. Y claro que hay cosas que más que mejorar ni siquiera deben aceptarse, como el hecho de que un mural de este tipo se haga encima de otra obra ya existente, como pasó lamentablemente hace un tiempo en calle Uruguay, a mitad de la cuadra entre Juan Carlos Gómez y Colón, donde increíblemente se «tapó» una obra del arquitecto César Rodríguez Musmanno.

Si la obra estaba muy deteriorada –fue una de las explicaciones que se escuchó por algún lado- entonces correspondía restaurarla, nunca eliminarla y menos de esa manera, que bien podría leerse como de prepotencia, falta de respeto –y hasta de sentido común- y cero sensibilidad.

Hay otras obras que no nos gustan, por supuesto, la valoración del arte es siempre bastante subjetiva. No decimos que sean malas, simplemente no nos gustan. Pero siempre vamos a preferir una obra de arte en vez de muros de los espacios públicos vacíos y a merced de graffiteros malentretenidos. Tener murales no solamente es un acercamiento importante al arte y la cultura, un impulso fuerte a la tan mentada «democratización de la cultura», para que esta se manifieste y, en este caso, se plasme hasta en la materialidad, y no quede en discursos. Es también una contribución a ir terminando con los graffitis de mal gusto. No desconocemos que el graffiti también puede ser un arte, pero hay que saber hacerlo, y en los lugares que corresponda.

Veíamos con agrado hace algunos días la inauguración en Montevideo de un retrato mural de la deportista Chris Namús, boxeadora, realizado justamente por José Gallino. Felizmente muchos lo entendieron y escuchamos autoridades capitalinas decir que «vuelve a ponerse sobre la mesa la importancia del arte en el contexto urbano».

Los montevideanos tienen la posibilidad de admirar un buen número de obras de Gallino. Y de otros artistas similares también. Una de las obras más visibles es la de los cuatro realizadores cinematográficos que se ubica en la fachada de la ex Cinemateca (sobre la avenida 18 de Julio) donde aparecen Hitchcock, Fellini, Buñuel y Lucrecia Martel, a quienes así se les rinde un homenaje como seguramente no ocurre en ninguna otra ciudad, al menos de estas latitudes. Pueden admirar asimismo el espléndido retrato de José Enrique Rodó en la fachada de una escuela de la calle Andes. Y otros compatriotas pueden disfrutar de la contemplación de los enormes retratos en murales que homenajean a Eduardo Fabini, en su Minas natal, y a Juana de Ibarbourou en su ciudad cuna, Melo.

No es poca cosa el arte urbano; significa mucho; dice mucho de quiénes somos, por aquello de que «los muros hablan». Dan belleza a un entorno sí, pero también permiten el acercamiento a lo mejor de la cultura. ¿Quién le dice que a alguien que pase por allí, en algún momento de las 24 horas de cualquier día del año, no se le despierte el interés por saber más sobre Marosa, Rodó, Juana, y quiera conocer más sobre ellos y ponerse a leer sus obras? Un acercamiento que además, se da gratuitamente.

Ahí está el significado profundo, el que se esconde con sabia complicidad detrás de esas líneas, de esos trazos y colores.

Destacamos hoy el muralismo como mero ejemplo de la importancia del arte y la cultura, en tiempos donde una y otra vez, son estas las áreas más relegadas por el gobierno que sea, del color que sea. Siempre ha sido así, lamentablemente. Los salteños, los coterráneos de Marosa y José Gallino tenemos muy cerca el caso de que ya ni siquiera una Dirección Departamental de Cultura tenemos.

Y hablando de gobierno departamental y demás autoridades, permítasenos finalmente cargarles a ellos las tintas en cuanto a los grafittis que «enchastran» la ciudad. Nos referimos a los graffitis vandálicos, esos que lamentablemente abundan en paredes y zaguanes de casas de familia, comercios, puertas de garages, etc. Aún si tuvieran algo de «artístico» –aunque la mayoría no pasa de garabatos de mal gusto y hasta palabras insultantes-, hay lugares en que pueden hacerse y otros en los que no. La propiedad privada no es precisamente un lugar para ello. Combatirlos para erradicarlos no es atentar contra la libertad de expresión, es luchar para que no sea atropellada la voluntad del propietario y su bolsillo, del que salió el dinero para pintar la casa o el comercio. Por lo tanto se trata de un acto que debe ser sancionado con la rigurosidad que cualquier otro delito amerita. Existe una ley de faltas, por lo que correspondería buscar al autor como al de cualquier otro delito y que arregle el daño, y si no sabe hacerlo entonces que pague a alguien para que haga el trabajo de reparación, y si no tiene dinero que haga trabajos comunitarios…en fin. Pero que no quede impune ese atentado. Es, ni más ni menos, lo que se hace en todo país desarrollado.

Hay también, desafortunadamente, graffitis vandálicos sobre los propios murales de los que venimos hablando. Entonces se junta aquí el atentado contra un espacio público y contra la obra de arte, lo que sí o sí debe ser castigado. Pero aunque solo fuera con el cometido de mantener una ciudad limpia, se debería actuar con mayor decisión y firmeza.

De lo contrario, llegará un momento en que no sabremos qué explicación dar por tanta dejadez y deterioro cultural. No tendremos explicación ni justificación para dar y no solamente a quienes pasen por la vereda, tampoco ante quienes nos miran y nos siguen tratando de orientar en las buenas costumbre desde las líneas, los trazos y los colores de sus retratos.

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