Hace un par de años en pleno operativo de seguridad en el Parque Dickinson montado por la Policía, se requisaron cuchillos, navajas caseras y otros elementos capaces de ser utilizados en algún momento. No fueron menos de cien en total. Nunca se reveló para conocimiento del común de la gente. Hubiese sido la manera de entender más de una razón, en torno a misiones de este tipo que encarna la Policía y que a veces pueden no resultar del agrado de algunos o de tantos.
O sea, frente a lo acontecido en el Estadio Centenario, el pasado domingo (el frustrado clásico de Peñarol-Nacional), tampoco por estos lares miremos las estrellas.
No han faltado en el año, ruinosos brotes de violencia, ¿o es necesario apelar a la memoria reciente y no tan reciente?.
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La garrafa de 13 kilos arrojada desde la tribuna Amsterdam, haciendo impacto en un Policía y en un can, supone un azaroso impacto visual. Es la foto que recorrió el mundo.
Seguramente que frente a estas conductas, no faltarán los sociológicos que se habrán de expedirse. El análisis del comportamiento de esas mismas actitudes presuntamente humanas, las que concluyen transformadas en «bestializaciones» individuales y colectivas.
Allá en Montevideo, como aquí en Salto en más de una ocasión, ¿es la violencia del fútbol o es la violencia de la sociedad inserta en el fútbol?, metida como perico por su casa, sin más trámite. Sin mayores diques de contención en el tiempo. Y se metió nomás.
Es una violencia que se viste con camiseta de fútbol.
Pero al cabo, es violencia y punto.
Irracionalmente y punto.
TIRANDO A MATAR
Allá en Montevideo, como aquí en Salto, situaciones de hecho. Por ejemplo, quienes fueron decidiendo alejarse del fútbol. No acudir más a un campo de juego. No solo por situaciones consumadas, sino por ese lenguaje asqueante y reo que suele partir desde tantos, con el blanco predilecto de los árbitros o de los propios futbolistas y técnicos.
Quien arrojó la garrafa, tiró a matar. Recurrió a esa arma. Fue un arma.
Hay que suponer que ante estos casos, no se mide el más mínimo sentimiento humano. No hay margen para la razón. La veta más o menos sensata, se disloca y muere sin más trámite.
Allá en Montevideo como en Salto, no faltan los que apuntan en esa dirección. Y entonces aquella fiesta dominguera en pro del fútbol, se escapa de las manos. Porque además, tiemblan las manos.
El pasado fin de semana, la Liga Salteña debió suspender la tercera fecha de la tercera rueda en la Divisional «A», por no disponerse de guardia policial. A este extremo hemos llegado: el fútbol se condiciona a la Policía. Terrible. Pero real. La única verdad es la realidad.
ENTONCES, TANTOS PORQUÉ
Cabría preguntarse (¿alguien lo hace?) como impactan en las nuevas generaciones este tipo de situación que se crea en torno al fútbol. En niños y en adolescentes. En quienes aún, son capaces de hacer germinar la pureza del sentimiento clubista. El mágico sueño por las camisetas, de la manifiesta y bienaventurada pasión.
La comprobación desde ellos: el fútbol «policializado».
Requisamientos, cacheos, después robos, después agresiones, después las tierras de nadie, después la iracundia. La barbarie.
El calificativo de “monstruos”, surgido desde tantas reflexiones en cadena, ya sea por el medio que fue ese, oral, escrito o televisivo.
Y en tanto cabría preguntarse: ¿quién parió a algunos monstruos con forma humana?
¿La sociedad en su conjunto? ¿Las políticas de estado? ¿Las injusticias sociales? ¿El entierro de la moral y de los afectos? ¿El amor condenado, casi desde la cuna? ¿La ternura apaleada?.
Hasta que llega este tiempo: en que el fútbol paga esos platos rotos.
Quien arrojó la garrafa en el Centenario o quien pretendió ingresar al Dickinson con elementos punzantes para agredir o matar (¿cuál es la idea?), ¿son las síntesis de cuántos? ¿Representan a cuántos?.
¿Para cuántos la vida no vale nada?.
¿Para cuántos?.
-ELEAZAR JOSÉ SILVA-
Los monstruos paridos
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