Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

Las sombras de la pérdida: las distintas caras del duelo (Parte I)

Una mirada clínica e histórica sobre el duelo, sus distintas formas y cómo la pérdida transforma la vida, la identidad y los vínculos.

Distintas caras del duelo (Parte I)

El duelo suele asociarse de manera inmediata con la muerte, pero su alcance es mucho más amplio. Las personas no solo duelan a quienes fallecen: también duelan aquello que estaba unido a su identidad, a sus vínculos, a su biografía y a su manera de imaginar el futuro. Una separación, una amputación, una enfermedad degenerativa, la pérdida del trabajo, la migración forzada, una desaparición o la devastación del territorio propio pueden abrir una herida tan profunda como la muerte física de un ser querido.

La propia palabra ayuda a comprender esa profundidad. La Real Academia Española vincula “duelo”, por un lado, con el latín duellum, asociado al combate o la guerra; y, por otro, con dolus, ligado al dolor y la aflicción. Esa doble raíz resulta reveladora: quien atraviesa un duelo no solo sufre, también combate. Lucha contra la ausencia que no responde, contra la imposibilidad de recuperar lo perdido y contra la exigencia de seguir viviendo en un mundo que ya no es el mismo.

La perspectiva histórica

Resulta necesario observar cómo la humanidad ha mirado la muerte a lo largo de los siglos. La muerte no es solo un cese biológico; también es una construcción social y cultural. Cada época produjo sus formas de nombrarla, acompañarla, ritualizarla o negarla.

En nuestro territorio, las crónicas históricas señalan que el duelo entre los charrúas se exteriorizaba mediante heridas infligidas en el propio cuerpo, ayunos prolongados y encierro en los hogares. El dolor encontraba allí una expresión física, comunitaria y visible.

En la civilización occidental, durante el medioevo, predominó la “muerte domesticada”. El ser humano aceptaba la muerte con resignación colectiva, integrada al orden natural, familiar y religioso. No era un hecho oculto ni exclusivamente privado. Convocaba y permitía que la comunidad acompañara el tránsito final.

Entre los siglos XII y XVI surgió la “muerte propia”. Allí comenzó a aflorar una conciencia más marcada de la individualidad. El sujeto empezó a expresar con mayor intensidad su sufrimiento personal ante la defunción del otro.

La modernidad introdujo un giro. A partir del siglo XIX se consolidó la “muerte invertida”, en la que la pérdida comenzó a ser rechazada y los antiguos ritos funerarios perdieron parte de su carácter sagrado. La muerte, antes visible y comunitaria, empezó a desplazarse hacia los márgenes de la vida social.

La sociedad actual tolera cada vez menos la tristeza. Prefiere anestesiarla, silenciarla o esconderla. Sin embargo, el dolor, el llanto y la pena cumplen una función constructiva. Son herramientas necesarias para acomodarse a una realidad desgarradora. Allí donde se exige olvidar rápido, el duelo recuerda que hay pérdidas que solo pueden elaborarse con tiempo, palabra, presencia y ritual.

Tipos de duelos

El duelo no se limita a la muerte de una persona cercana, aunque esta siga siendo su referencia más reconocida. También puede aparecer ante una ruptura amorosa, una enfermedad crónica, una discapacidad adquirida, la pérdida del trabajo, la migración, la desaparición de un ser querido o incluso la degradación del territorio propio. En todos estos casos, lo que se pierde no es solo una presencia concreta, sino también una rutina, una identidad, un proyecto o una forma de pertenecer al mundo.

La clínica distingue distintas formas de duelo, porque no todas las pérdidas se procesan con la misma intensidad ni en los mismos tiempos. El duelo normal o no complicado suele comenzar con incredulidad, embotamiento o extrañeza. Luego aparecen la tristeza, el anhelo, la búsqueda simbólica de lo perdido y, progresivamente, una reorganización de la vida. Durante este proceso pueden surgir llanto, rabia, culpa, ansiedad, sensación de vacío, alteraciones del sueño, cansancio, cambios en el apetito o dolores físicos.

También existe el duelo anticipatorio, que aparece antes de la pérdida definitiva, como ocurre en enfermedades graves, demencias o procesos terminales. En estos casos, familiares y cuidadores pueden comenzar a despedirse desde el diagnóstico, con sobrecarga emocional, culpa, aislamiento y deterioro de su calidad de vida.

Cuando el dolor se estanca, interfiere de manera intensa con la vida cotidiana y no encuentra transformación con el tiempo, puede hablarse de duelo complejo o prolongado. Allí la tristeza se vuelve rígida, la persona queda fijada a lo perdido y puede sentir que dejar de sufrir sería una traición. En sus formas más severas, aparecen sentimientos de indignidad, vacío, culpa persistente, deterioro funcional e incluso ideas de muerte.

Hay duelos especialmente difíciles por la naturaleza de la pérdida. Las muertes violentas, inesperadas o cargadas de interrogantes suelen mezclarse con el trauma y dejar una herida difícil de cerrar. Los duelos ambiguos, frecuentes en familiares de personas con Alzheimer u otras enfermedades neurodegenerativas, implican una presencia física acompañada de una ausencia psicológica progresiva.

La clínica reconoce, además, los duelos desautorizados o penas inconfesables: pérdidas que no reciben validación social, ya sea por su carácter íntimo, clandestino o poco reconocido. Cuando no hay ritual, palabra pública ni acompañamiento, el dolor queda sin testigos y puede volverse aún más difícil de elaborar.

Perspectivas del duelo

El psicoanálisis aportó conceptos decisivos para pensar el sufrimiento humano ante la pérdida. Sigmund Freud concibió el duelo no como un simple estado emocional, sino como un trabajo psíquico riguroso: el Trauerarbeit. Ese trabajo exige gasto de energía. La persona debe desinvestir las representaciones, recuerdos, hábitos y expectativas que estaban anudadas al objeto amado.

Cada recuerdo convoca al objeto perdido y, al mismo tiempo, obliga a reconocer su ausencia. Por eso el duelo duele: porque la mente debe aceptar que aquello amado ya no está disponible en la realidad. Solo después de un largo período de dolor puede liberarse parte de esa energía para nuevos vínculos o proyectos.

Melanie Klein vinculó el duelo adulto con procesos tempranos del desarrollo infantil. Para Klein, el individuo no sufre únicamente por la pérdida real de una persona en el mundo exterior. También se ve asediado por fantasías inconscientes vinculadas a la pérdida de sus objetos buenos internos. La muerte del otro amenaza el equilibrio del mundo interior.

Jean Allouch cuestionó la idea del duelo como simple sustitución. Para este autor, no se trata solamente de perder a alguien, sino de perder a alguien perdiendo un trozo de sí. Su lectura permite comprender por qué ciertas pérdidas modifican radicalmente la identidad del deudo.

Jacques Lacan introdujo una dimensión estructural al definir el duelo como la movilización del sistema simbólico y del lenguaje frente al agujero en lo Real que instala la pérdida. La muerte de un semejante produce una ruptura en la red de significados que sostenía la realidad del sujeto.

Desde esta mirada, atravesar el duelo exige ceder una parte de sí para poder inscribir la ausencia en el campo simbólico. Allí los rituales funerarios cumplen una función crucial. Lejos de ser formalidades vacías, ofrecen un marco colectivo para nombrar la pérdida, ordenar el dolor y permitir que la comunidad sostenga al deudo.

La semana que viene, la segunda parte abordará el duelo como un proceso activo de adaptación: qué hacer ante la pérdida, cómo el cerebro procesa la ausencia y por qué el dolor también tiene una base biológica. Además, se tratarán el Modelo del Proceso Dual, la mirada psicoanalítica y las nuevas teorías que plantean que superar no significa olvidar, sino integrar la ausencia y relanzar la vida.

Lee otras columnas de Alejandro Irache…

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/m9gi