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martes, febrero 10, 2026
Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

La necesidad de validación

La validación emocional no es debilidad: es una necesidad psicológica básica que influye en la autoestima, las relaciones y el equilibrio emocional a lo largo de la vida.

Por qué ser reconocidos no es una debilidad

En los discursos actuales sobre bienestar emocional se repite con insistencia una consigna que suena sensata, pero que merece ser revisada: una persona madura debería ser autosuficiente, no necesitar validación y sostener su autoestima sin depender de los demás. Desde esta lógica, buscar reconocimiento suele interpretarse como fragilidad, dependencia emocional o falta de amor propio. Sin embargo, esta mirada, aunque extendida, simplifica en exceso un aspecto central de la vida psíquica.

Nadie se construye en soledad. La identidad no surge de un ejercicio puramente interno, sino en relación con otros. Desde el inicio de la vida, el sujeto se constituye en un entramado de miradas, respuestas y presencias que le devuelven algo fundamental: que lo que siente, hace y vive tiene lugar. Por eso, la necesidad de validación no es un defecto de carácter ni un signo de debilidad emocional, sino una condición básica del desarrollo psicológico.

El problema no es necesitar validación. El problema aparece cuando esa necesidad queda insatisfecha, es errática o se convierte en el único sostén del valor personal.

Aprender a existir en la mirada del otro

Un niño no sabe quién es ni qué le ocurre si no hay un adulto que lo ayude a darle sentido a su experiencia. Cuando un bebé llora y alguien responde, no solo se atiende una necesidad física; se transmite un mensaje silencioso: “lo que te pasa importa”. Esa experiencia, repetida de forma más o menos estable, permite que el niño empiece a reconocerse a sí mismo.

Si, en cambio, el entorno es frío, imprevisible o indiferente, esa base se vuelve frágil. El niño crece sin una referencia interna clara y, más adelante, puede depender excesivamente de la respuesta del otro para sentirse existente o valioso. Esto no es una elección consciente ni un rasgo de personalidad, sino el resultado de una historia relacional.

Desde esta perspectiva, la idea de que una persona debería “validarse sola” pierde consistencia. La capacidad de sostenerse internamente no aparece de la nada: es el resultado de haber sido validado previamente.

Qué significa validar

En el uso cotidiano, validar suele confundirse con elogiar o aprobar. Sin embargo, validar no implica estar siempre de acuerdo ni reforzar cualquier conducta. Significa algo más elemental: reconocer que la experiencia del otro es real para él. Decir “entiendo que esto te haya dolido” o “veo el esfuerzo que hiciste” no resuelve el problema, pero ofrece un punto de apoyo psíquico.

Esa experiencia de reconocimiento, cuando es consistente, permite que la persona empiece a hacer algo fundamental: reconocerse a sí misma. No porque deje de necesitar a los demás, sino porque ya no depende exclusivamente de su respuesta inmediata.

La validación en la vida adulta

Las experiencias tempranas de validación no desaparecen con el crecimiento. En la vida adulta, suelen reaparecer en la dificultad para tolerar el rechazo, en la angustia frente al silencio del otro o en la sensación de no valer si no hay reconocimiento explícito.

Por ejemplo, una persona puede sentirse profundamente afectada si un mensaje no obtiene respuesta, o vivir una crítica laboral como una confirmación de inutilidad. Desde afuera, estas reacciones pueden parecer exageradas. Desde una mirada clínica, muchas veces expresan modos aprendidos de sostener la identidad.

Aquí conviene hacer una distinción. No toda búsqueda de validación tiene el mismo sentido ni las mismas consecuencias.

Dos modos de necesitar reconocimiento

En algunas personas, la validación cumple una función frágil. El valor personal depende casi por completo de la mirada del otro. Cuando esa mirada falla, no aparece solo la decepción, sino el vacío, la ansiedad intensa o la desorganización emocional. En estos casos, la validación no acompaña al yo: lo reemplaza.

En formas más integradas, en cambio, la validación sigue siendo importante, pero no es absoluta. La persona puede sentirse herida si no recibe reconocimiento, pero no se derrumba por completo. Puede sostener una imagen de sí misma aun cuando el otro no responda como esperaba.

La diferencia no está en dejar de necesitar a los demás, sino en no depender de ellos para existir psicológicamente.

Salud mental y equilibrio relacional

Desde esta perspectiva, la salud mental no consiste en alcanzar una independencia total, sino en lograr un equilibrio. Necesitamos a los otros para afirmarnos, pero también necesitamos haber incorporado esa validación de tal manera que no dependa siempre de una confirmación inmediata.

Aprender a tolerar la ausencia, el desacuerdo o el silencio es posible solo cuando, en algún momento, hubo una presencia que sostuvo. La autonomía psíquica no se impone; se construye sobre una base relacional suficientemente estable.

Implicancias terapéuticas

Este enfoque tiene consecuencias importantes en el ámbito clínico. Muchas personas llegan a consulta avergonzadas por necesitar validación. Temen ser vistas como débiles, demandantes o inmaduras. Sin embargo, en numerosos casos, lo primero que necesitan no es una corrección ni una explicación racional, sino una experiencia básica de reconocimiento.

Escuchar “lo que te pasa tiene sentido” no fomenta la dependencia. Al contrario, crea las condiciones para que, con el tiempo, la persona pueda sostenerse mejor por sí misma. Validar no es aprobar conductas ni evitar el conflicto; es dar estatuto de realidad a la experiencia subjetiva antes de intentar transformarla.

Cuando esta dimensión se omite, el tratamiento corre el riesgo de repetir la falla original: pedirle al sujeto una autonomía para la cual nunca tuvo sostén.

Un fenómeno cultural

En el contexto actual, la necesidad de validación adquiere una relevancia particular. Las redes sociales ofrecen formas rápidas y constantes de reconocimiento, pero también muy frágiles. Un “me gusta” dura segundos y exige repetición. Muchas personas quedan atrapadas en una búsqueda permanente de señales externas para sentirse valiosas, sin lograr construir una base interna más estable.

Esto no es solo un problema individual, sino un fenómeno cultural que impacta especialmente en jóvenes y adolescentes, cuyas identidades aún están en proceso de consolidación.

Salir del “todo o nada”

Comprender la necesidad de validación desde una mirada más humana y menos moralizante permite salir de la lógica del “todo o nada”. No se trata de elegir entre dependencia o autosuficiencia, sino de reconocer que el vínculo con los otros es constitutivo de la vida psíquica.

El crecimiento psicológico no consiste en negar esa necesidad, sino en transformarla. Cuando una persona fue vista y reconocida de verdad, puede, con el tiempo, aprender a estar sola sin sentirse vacía. Esa capacidad, lejos de ser una debilidad, es una forma silenciosa y profunda de fortaleza.

Preguntas

¿Necesitar validación significa tener baja autoestima?
No necesariamente. Todos necesitamos reconocimiento; el problema surge cuando es el único sostén del valor personal.

¿Es posible aprender a validarse a uno mismo?
Sí, pero esa capacidad se construye a partir de experiencias previas de validación externa.

¿Validar a alguien lo vuelve dependiente?
No. La validación consistente favorece la autonomía, no la dependencia.

¿Las redes sociales aumentan la necesidad de validación?
Si, la intensifican y la vuelven más frágil e inmediata.

¿La terapia puede ayudar con este tema?
La experiencia terapéutica ofrece un espacio de reconocimiento que permite reorganizar la relación con uno mismo y con los otros.

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