Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

La madre como primer “Otro”: origen de la subjetividad

La función materna cumple un papel clave en la construcción de la identidad, el apego, la subjetividad y los primeros vínculos emocionales.

La madre como el primer gran Otro: el nacimiento de nuestra identidad

La llegada de un ser humano al mundo es un evento marcado por una paradoja fundamental que nos distingue de casi todas las demás criaturas del planeta. Si observamos a un potrillo o a un ternero apenas nace, notaremos que en cuestión de minutos ya puede ponerse de pie y seguir a su manada. Los animales nacen con un manual de instrucciones biológico casi completo, listos para sobrevivir. En cambio, el cachorro humano nace en un estado de profunda inmadurez y desamparo. Sin alguien que nos sostenga, nos alimente y nos traduzca el mundo, simplemente no sobreviviríamos.

Este vacío inicial no es un error de la naturaleza. Al contrario, es la base de lo que nos hace humanos. Como nuestro cerebro no termina de formarse en el vientre materno, necesitamos lo que muchos psicólogos llaman un útero social. Se trata de una red de afectos y cuidados que termina de armar nuestra mente. En este proceso, la construcción de quiénes somos no ocurre a solas, sino que requiere de otra persona que nos dé sentido. Esa figura, que llamamos madre en un sentido de función psíquica y no solo biológica, es el primer escenario donde empezamos a existir como personas.

El rostro de quien nos cuida como nuestro primer espejo

El psicoanalista Donald Winnicott propuso una idea fascinante: antes de que un niño se reconozca en un espejo de cristal, su primer espejo es el rostro de su madre. Imagine la escena: un bebé está siendo alimentado o simplemente sostenido en brazos. En ese momento, su mirada está fija en la cara de la persona que lo cuida. Lo que el bebé busca allí no es conocer los rasgos de esa persona, sino encontrarse a sí mismo.

Si la madre mira al niño con amor y su rostro refleja lo que ve en él, le está enviando un mensaje silencioso pero vital: tú existes, lo que sientes es real y tienes un lugar en mi mundo. Esta respuesta confirma la existencia del bebé. Sin embargo, para que este reflejo sea saludable, quien cuida debe entrar en un estado de sensibilidad extrema. Es esa capacidad de sintonizar tan profundamente con el bebé que se pueden anticipar sus necesidades incluso antes de que el niño sepa expresarlas. Es un baile de miradas donde se empieza a tejer la seguridad personal.

Las tres funciones básicas para construir una mente

Para que una persona desarrolle una identidad sólida y no se sienta perdida en el mundo, necesita que su ambiente cumpla tres funciones esenciales. Estas funciones son como los pilares de un edificio:

El primero es el sostenimiento o «holding». Esto va mucho más allá de simplemente cargar al bebé en brazos. Se trata de una contención emocional constante. Cuando un bebé llora desconsoladamente, a veces siente terrores que no puede nombrar, como la sensación de que se va a desintegrar o de que está cayendo en un vacío infinito. El holding es la capacidad del adulto de recibir esa angustia y calmarla, creando la sensación de que existir es algo seguro.

El segundo pilar es la manipulación corporal o «handling». Aquí entran en juego las caricias, el baño, el cambio de pañales y todo el contacto físico. A través del tacto amoroso, el niño empieza a sentir que su mente y su cuerpo son una sola cosa. La piel se convierte en la frontera que separa el yo del resto del mundo. Gracias a estos cuidados, aprendemos a habitar nuestro propio cuerpo y a sentirlo como una casa segura.

Finalmente, está la presentación del objeto. Esto ocurre cuando el cuidador le ofrece al niño lo que necesita justo en el momento en que lo desea. Por ejemplo, cuando el bebé siente hambre y el pecho o el biberón aparecen casi por arte de magia. Esto le da al niño una ilusión necesaria de que sus deseos tienen poder sobre la realidad. Esa pequeña chispa de confianza es la que después nos permite salir al mundo con la idea de que podemos lograr cosas y que el entorno responderá a nuestro esfuerzo.

El momento en que nos reconocemos como uno solo

Mientras algunos expertos se enfocan en los sentimientos, otros como Jacques Lacan se fijaron en cómo percibimos nuestra imagen. Entre los seis y los dieciocho meses ocurre algo clave: el estadio del espejo. En esta etapa, el bebé se ve reflejado y, por primera vez, entiende que esa imagen es él mismo. Es un momento de mucha alegría, pero también de una extraña trampa.

El bebé se siente fragmentado porque todavía no controla bien sus movimientos, pero en el espejo ve una imagen completa y perfecta. Para confirmar que ese del espejo es realmente él, el niño siempre mira a los ojos del adulto que lo sostiene. Busca que el otro le diga con la mirada o con palabras: sí, ese eres tú. Aquí descubrimos algo curioso: nuestra identidad se construye siempre desde afuera hacia adentro. Necesitamos que alguien nos nombre y nos reconozca para poder decir yo. En cierto modo, nuestra identidad es una forma que tomamos prestada de la mirada de los demás.

El apego: una necesidad de supervivencia

La psicología también nos enseña que buscar el vínculo con los demás no es solo una cuestión de romanticismo o de buenos sentimientos, sino un imperativo biológico. El psiquiatra John Bowlby explicó que estamos programados para buscar protección. Cuando el cuidador es constante y cariñoso, el niño desarrolla lo que se llama un apego seguro.

Este apego funciona como una base de operaciones. Si el niño siente que tiene un lugar seguro a donde volver, se atreverá a explorar el mundo, a jugar y a aprender. De estas primeras experiencias nacen los modelos mentales que usaremos toda la vida. La forma en que nos relacionamos con una pareja, cómo confiamos en un amigo o cómo reaccionamos ante una crisis suele ser un eco de cómo nos cuidaron en esos primeros años. Aprendemos a ser amados de la misma forma en que nos amaron al principio.

El peso de las palabras y la máscara que usamos

Nuestra mente no solo se nutre de leche y caricias, sino también de palabras. Antes de que un bebé aprenda a hablar, ya vive en un mundo de lenguaje. Cuando un niño llora y la madre dice: tienes hambre, o estás cansado, ella está traduciendo el caos interno del bebé en palabras con sentido. Este proceso es fundamental para entrar en la cultura y la sociedad.

Sin embargo, en este camino a veces surge un conflicto. Para ser aceptados y amados, todos desarrollamos una especie de máscara social que Winnicott llamó el falso self. Es una parte de nosotros que se adapta a las reglas y a lo que los demás esperan. El problema es cuando esa máscara se vuelve tan pesada que nos olvidamos de quiénes somos de verdad. Si de niños tuvimos que ser demasiado perfectos o estar siempre pendientes de los problemas de nuestros padres para que nos prestaran atención, terminamos desconectados de nuestra propia vitalidad. Muchos adultos se sienten exitosos por fuera, pero vacíos por dentro porque su falso self tomó el control de sus vidas.

Cuando el espejo se vuelve opaco

¿Qué sucede cuando ese primer vínculo no funciona bien? No se trata solo de la ausencia física, sino de la ausencia emocional. Hay situaciones donde quien cuida está presente, pero su mente está en otro lugar, quizás hundida en una tristeza profunda o en un estrés que no le permite conectar. Esto es lo que algunos autores llaman la madre muerta, refiriéndose a alguien que está allí pero que no puede devolver un reflejo de vida al niño.

En estos casos, el niño siente un vacío en el centro de su identidad. Es como si el espejo estuviera roto o empañado. Como resultado, pueden aparecer miedos muy profundos en la vida adulta, como un temor irracional al abandono o una sensación constante de que algo malo va a pasar. Son cicatrices de un momento en el que el sostén emocional falló y la pequeña mente del niño no tuvo las herramientas para entender qué estaba pasando.

La oportunidad de volver a empezar

Afortunadamente, la historia no termina con las heridas de la infancia. El gran valor de entender estos procesos es saber que se pueden reparar. El espacio de la terapia, por ejemplo, funciona como un nuevo escenario donde se ofrece ese espejo que quizás faltó en el pasado. Es un lugar donde una persona puede ser escuchada y vista sin juicios, permitiéndole poco a poco quitarse la máscara y reencontrarse con su parte más auténtica.

El profesional de la salud mental ofrece ese holding emocional, permitiendo que el paciente se sienta real otra vez. Es una oportunidad para retomar el crecimiento que se detuvo y para entender que, aunque somos el resultado de las miradas que nos formaron, también tenemos la capacidad de transformar nuestra propia historia.

En conclusión, la genealogía de nuestra mente nos muestra que nadie es una isla. Somos seres vinculares por naturaleza. Existimos porque alguien nos miró, porque unas manos nos calmaron y porque alguien nos puso un nombre. Reconocer nuestra vulnerabilidad y la importancia de ese primer Otro no es una debilidad, sino la clave para entender la maravilla de ser humanos y la posibilidad de construir vínculos más sanos y conscientes en el presente. Nuestra identidad siempre está en movimiento, y siempre hay tiempo para limpiar el espejo y vernos con más claridad.

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