En el corazón de la capital uruguaya, la Casa de Salto se erige como un refugio de identidades en movimiento. En esta charla con Josefa Escanellas, actual referente de la subcomisión de Cultura de la institución, desglosamos los desafíos de gestionar la nostalgia, la urgencia de atraer a las nuevas generaciones y la convicción de que la cultura es, ante todo, un recurso común.
Desde su mirada de docente y su historia familiar ligada a la mística salteña, nos invita a construir un espacio de pensamiento y encuentro humano.
1 – ¿Cómo definirías la misión principal de la Casa de Salto en Montevideo?
La Casa de Salto une tres pilares inseparables: irradiación cultural, refugio y embajada. Si bien hoy la cultura nos mantiene en la agenda pública, no olvidamos nuestra raíz como ese techo seguro para el estudiante que llegaba con la valija cargada de sueños.
Pero también somos una embajada donde cualquier salteño encuentra apoyo para sus problemas; un lugar donde nuestra identidad se protege y se comparte.
2. ¿Qué criterios utilizas para que una propuesta sea considerada representativa de nuestra identidad?
El énfasis está en lo salteño, pero también en quienes, sin haber nacido en el departamento, aportan a nuestra identidad. Sería un error cerrarnos; como embajada, tenemos el deber de proyectarnos hacia afuera.
Queremos que todo aquel que está viviendo en Montevideo, sin importar su procedencia, se acerque, participe y conozca nuestro accionar. Para nosotros, la identidad es una manera de sentir que se enriquece cuando se comparte con los demás.
3. Como docente de alma, ¿qué estrategias ves necesarias para que los jóvenes que se mudan a la capital no pierdan el vínculo con su origen?
Ese es el gran desafío que tenemos como Comisión Directiva. No se trata solo de «invitarlos», sino de incorporarlos realmente. Para que un joven se interese, primero hay que escucharlo; que ellos nos digan cuáles son sus necesidades actuales, qué les gustaría encontrar. Esto no puede ser una imposición desde nuestra perspectiva generacional.
Tenemos que generar instancias de socialización e intercambio donde veamos qué es lo necesario y qué es lo posible. En el universo de los jóvenes puede haber muchísimas inquietudes que quizás la Casa, por normativas locativas o reglas de la Intendencia de Montevideo, no pueda ofrecer de inmediato, pero el diálogo debe estar. Estamos planificando encuentros con ex becarios, con los equipos deportivos de salteños que compiten acá y con estudiantes universitarios para construir ese vínculo de forma conjunta.
4. ¿Cómo se gestionan los recursos para que la oferta de eventos culturales beneficie a toda la comunidad y no solo a una élite?
La premisa es la accesibilidad. Nuestras actividades son mayoritariamente gratuitas porque el factor económico no debe ser una barrera para el arte. No somos un club privado, sino una organización abierta a salteños y amigos de Salto.
Entendemos que nuestro capital cultural nos pertenece a todos; la Casa es simplemente la administradora de un bien colectivo que debe circular y beneficiar a la mayor cantidad de personas posible.
5. ¿Qué te motiva a dedicar tanto tiempo a una gestión honoraria?
Mi motivación es casi genética; viene de mi historia familiar. Conocí la Casa por mi padre y mi hermano, quien jugaba en el cuadro de fútbol de los salteños en la época de «La caldera del diablo», aquellos bailes que sostenían el comedor estudiantil. Aunque empecé vinculada a la Casa como hospedaje, al instalarme en Montevideo sentí el impulso de reactivar su faceta social y cultural.
Como docente, veo esta tarea como una entrega natural y sumamente gratificante; no es un trabajo, es una retribución.
6. ¿Sientes que el público montevideano valora realmente la riqueza cultural del litoral?
Salto es una ciudad sumamente valorada en la capital. Es, posiblemente, una de las ciudades del interior con mayor prestigio cultural a nivel nacional. Se nos reconoce por nuestra gente, por nuestra historia literaria, por Salto Grande y, por supuesto, por el turismo termal.
Eso se refleja en nuestro padrón social: no todos son salteños. Tenemos muchos socios deportistas y colaboradores que son montevideanos, de Artigas o de Paysandú. Dentro de la Federación de Residencias del Interior (FREIM), la Casa siempre ha sido respetada por su legado y por la fuerza de sus comisiones. No sentimos que tengamos que hacer un esfuerzo extra para romper prejuicios, porque el «legajo» cultural de Salto habla por sí solo; lo que nos toca es mantener esa vara alta.
7. Has visto pasar muchas etapas en la institución. ¿Cuál ha sido el cambio más significativo en la forma de producir cultura en los últimos años?
Más que cambios de administración, lo que he visto son cambios sociales. Todas las comisiones han tenido su empuje. Es cierto que la pandemia marcó un declive forzoso, un vacío que nos obligó a detenernos, pero el resurgimiento ha sido vibrante.
La cultura siempre ha estado allí. Nuestra sala se llama Marosa Di Giorgio, y su hermana integró nuestra comisión; eso te da una pauta del nivel de compromiso histórico. El cambio más significativo es el perfil del socio y las circunstancias sociales actuales. La Casa debe ser un organismo vivo que responda a su tiempo. Por eso insisto tanto en el relevo: el cambio significativo hoy debe ser que los jóvenes tomen las riendas y adapten la producción cultural a sus lenguajes.
8. Como mujer en la toma de decisiones, ¿cómo ves el papel femenino en la gestión cultural actual?
Si bien hoy somos pocas mujeres en la directiva y es necesario construir más comisiones mixtas, yo tengo una postura muy particular al respecto. Como profesora de biología, siempre he sostenido que, antes que géneros, somos personas pensantes. En el arte y en la cultura, el cerebro y las emociones no tienen genitales.
Para la cultura somos cerebro y ahí somos iguales. Por supuesto que hay que fomentar la participación de la mujer porque aporta perspectivas necesarias y valiosas, pero mi enfoque siempre es el de seres humanos trabajando por un fin común. Estamos en ese proceso de invitar a más mujeres y más jóvenes a que se sumen a este equipo.
9 – De todos los eventos que te ha tocado coordinar; ¿hay alguno que te haya dejado una marca especial?
La presentación del libro de Carmen Molinas Bonilla me impactó profundamente. Lo habíamos planificado con ella en vida y su fallecimiento en ese intervalo nos dejó emociones muy contradictorias. Fue agridulce: la alegría de cumplir con la presentación, pero con el dolor de su ausencia física.
El escritor Guillermo Lopetegui lo hizo de una manera espectacular, transmitiendo ese amor incondicional que Carmen tenía con su esposo Fernando. Sentir que estábamos viviendo algo que ella misma había diseñado, en el mismo espacio que acordamos, pero sin ella allí, fue algo que me va a marcar de por vida. De todas las coordinaciones que me han tocado, esta fue la que caló más profundo.
10. Si tuvieras que proyectar la Casa de Salto a diez años, ¿cuál es tu sueño consolidado?
Mi sueño tiene una veta social muy fuerte. Me gustaría que la Casa pudiera coordinar con la Intendencia de Salto para facilitar necesidades básicas de los estudiantes, como la alimentación. Sueño con un sistema donde los estudiantes puedan almorzar en nuestra cantina mediante un convenio, evitando que las familias tengan que estar enviando encomiendas constantemente.
Pero el sueño mayor es que la juventud se apropie de la Casa. Que los jóvenes salteños que están aquí la sientan suya, que no sea solo un lugar de paso, sino su propio hogar. Me gustaría ver una interacción real donde ellos coordinen con nosotros en un accionar conjunto. El legado más importante sería consolidar ese puente generacional para que el camino de la Casa, tanto en lo cultural como en lo social, siga siempre firme.




