Hoy: narrativa de Enrique Cesio

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Enrique Agustín Cesio no precisa demasiada presentación en Salto.
Quizás para los más jóvenes sea bueno decirles que además de Escribano, es jubilado como Profesor de Historia.
Es también periodista (Director de EL PUEBLO muchos años), historiador y autor de libros.
Entre esos libros, no hay solo Historia sino también Literatura: narrativa y poesía.
En otra oportunidad, esta página compartió con sus lectores algunos poemas de su autoría.
Hoy es el turno de la narrativa, por eso va este capítulo (el primero) de su novela «En el carro de Elías», publicada en 2017. Queda hecha la invitación para leer los restantes 60 capítulos.

I: -Amigo…

Sebastián, su rodilla en el pavimento, tocó con la mano izquierda enguantada en lana, lo que parecía ser la parte alta del bulto que estaba en el suelo. Eran las 6 de la mañana de un invierno fuerte. El muchacho reconoció enseguida el olor propio de la gente en situación de calle, expresión políticamente correcta para la común de linyera o vagabundo. Era un perfume exclusivo, un aroma mezcla de alcohol, mugre, heces y otros componentes. De un agujero entre las telas que cubrían el bulto salía ese aliento fétido, materializado en una especie de vapor. No tuvo respuesta. Repitió el llamado y acentuó los golpes. Ya había hecho experiencia en su trabajo de asistente social, en práctica de campo. Era arduo despertarlos. Trató de abrir más el agujero y en la penumbra, debajo del puente Sarmiento, alcanzó a divisar una barba entrecana, abundante, grasienta.

-Buen día, hombre, ¿qué te pasa?

-No lo jodas más, pibe – sintió que le decía una voz ronca desde otro punto del espacio contra el murallón.

Se dio vuelta y advirtió a un hombre sentado contra la pared, tomando del pico de una botella un indefinible brebaje que también despedía olor asqueroso.

-¿Qué dice?

-Que no lo llames más, no te gastes, este está pa´ morir.
-¿Lo conoces?

-Sí, claro, es El Patriota.

-¿Cómo?

-Le dicen El Patriota porque la primera pilcha en que se envuelve es la bandera uruguaya, que consiguió no se sabe dónde. Dice que es la sábana…

-¿Desde cuándo está aquí?
-Hará unos meses, llegó después que yo, cuando se murió la Tita, que estaba hacía años. Yo soy el decano ahora, ¿sabés?

-¿Y por qué dice que está para morir?

-Ya hace tiempo que no sale a buscar comida. Dejó casi de chupar. No se levanta casi nunca, no habla más. Antes contaba qué sé yo que historias de lujos y casas y autos. ¡Mire si no va a estar loco!
Sebastián dejó de llamar al bulto y abrió las mantas mientras se cambiaba los guantes de abrigo por unos de látex. Le tomó el pulso en el cuello, sin sentir más que unos gruñidos y recurrió al celular.

-Perico, mandame la ambulancia con un equipo, tengo uno para internar… urgente.
Un rato después, mientras el asistente social pedía datos y más datos al decano del puente, cuando llegaron los del móvil sanitario, comprobaron la situación crítica del hombre conocido como El Patriota. Lo cargaron en la camilla y lo metieron en el vehículo.

Un auto pasó con su conductor tocando bocina, como molesto por la ubicación de la ambulancia. El conductor le dijo a su acompañante:

-Miré, estos de la caridad y la asistencia social ¡que se vayan a cagar! Gastan la plata en esas piltrafas. Debían pegarles un tiro o tirarlos en la Rambla, que se mueran y dejen de joder.

La mujer acompañante, no se tragó la animalada.

-Pero Juancho, es un ser humano, vaya a saber qué tragedia tuvo…

-No… nada, a vos te quedan sentimientos caritativos, no sirven, no hay arreglo para estos…

Ella silenció cualquier respuesta, mientras llegaban al subsuelo del edificio donde habitaban. Iban a dormir toda la mañana de ese sábado.
Mientras tanto la ambulancia llegó al Maciel y se llevaron a El Patriota a la sala de higiene. Dos ayudantes, ya prácticos en el turno de la noche para cubrir estas emergencias se colocaron los trajes apropiados y empezaron con concienzuda limpieza de aquel bulto que les habían traído. Encontraron éscaras, heridas con pus, lo raparon y para ser más rápidos, y porque el hombre estaba jodido de veras, lo mandaron a la sala médica. Un médico de guardia y dos practicantes, tomaron muestras de todo tipo, auscultaron el cuerpo medio húmedo, le pusieron una vía.

-Metele suero, dale oxígeno, arropalo. Va para el CTI.

Otro equipo se ocupó de estabilizarlo, mientras mandaban sangre y orina al laboratorio. Cuando ya era media mañana y la niebla se dispersaba sobre la capital, El Patriota pareció que no se moriría, por lo menos esta vez.

Sebastián, quien ya había concluido su horario de trabajo de calle, se había quedado impresionado con el caso y llamó al hospital, desde su celular. Habló con su compañero del liceo, que era médico intensivista y estaba de guardia.

-Mirá, creo que se va a salvar, pero no sabemos quién es. No tenía documentos, nada. Debe andar por los sesenta, su talla es de un hombre mediano, tenía pelo abundante, aunque dijeron los muchachos que lo limpiaron que era canoso. Voy a llamar a la Técnica para que vengan a tratar de individualizarlo.
Sebastián era medio humanista y se dijo que ese caso lo iba a seguir de cerca, aunque no fuera su obligación. Se acostó y se durmió pensando por qué Dios lo había convencido de ejercitar la caridad, el amor por los demás, de esa manera.

Sebastián Salvi, provenía de una modesta clase media baja, de laburantes, con penas y alegrías corrientes. Se empleó de mandadero en la ferretería de la esquina y terminó el Nocturno. A esa altura estaba de vendedor, en el negocio del amigo de todo el barrio, Don Pancho, grandote rudo y exigente, pero en el fondo, capaz de cualquier gauchada. Hasta de fiar.

Seba se esforzó por inscribirse en la Facultad, para estudiar como asistente social. Demoró, tanto como para ser de esos estudiantes que tienen amigos en varias generaciones, que los pasan, se reciben y unos quedan relacionados y otros, jamás se vuelven a ver. Él «Seba», un día llegó a la casa, abrazó a sus viejos y a la hermana: se había recibido. Había hecho práctica no solamente por los cursos, sino por concurrir al Oratorio los fines de semana. Mantenía un noviazgo lindo con Valentina, desde adolescentes. Eran pareja no establecida, pero en vísperas de avanzar en «su proyecto de vida». Cuando ingresó en el cuerpo de emergencia para personas en situación de calle, armado entre la Intendencia y el MIDES, mejoró sus entradas. Con lo ganado por ella en la tienda, podían hacer su vida.

Sebastián, a diferencia de otros, que hacían esa labor con cierto asco, esperando ascender a un mejor puesto, se angustiaba con cada caso, pero se aferraba más que nunca a su vocación de servicio. Por eso quedó impactado con El Patriota.

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