La búsqueda de sentido puede aliviar el vacío, pero también generar angustia cuando se transforma en mandato, culpa o exigencia imposible.

Hablar del sentido de la vida puede parecer una cuestión filosófica, pero aparece en escenas muy concretas: quien trabaja sin descanso para sostener a su familia, quien cuida a un ser querido hasta olvidarse de sí mismo, quien alcanza una meta largamente buscada y, en lugar de calma, siente vacío. También aparece en quienes atraviesan duelos, crisis laborales o cambios profundos y se preguntan, en silencio, para qué seguir haciendo lo que hacen.
La frase de Jean-Paul Sartre, “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, resume una tensión central de la existencia humana. Nadie elige por completo su punto de partida. Hay historias familiares, heridas, mandatos, pérdidas, oportunidades y carencias que nos preceden. Pero tampoco somos únicamente el resultado pasivo de esas circunstancias. Entre lo que recibimos y lo que hacemos con ello aparece un margen de libertad. Ese margen puede permitirnos reconstruir la vida, pero también puede angustiar, porque coloca sobre cada persona una responsabilidad difícil de cargar.
Desde la psicología existencial, esa angustia no es un accidente menor, sino una experiencia humana. El ser humano necesita construir una dirección, un relato, una razón para levantarse cada día. Cuando esa dirección falta, aparece el vacío. Pero la paradoja es que, a veces, cuando el sentido aparece con demasiada fuerza, también puede convertirse en fuente de sufrimiento. El propósito que ordena la vida puede transformarse en una obligación absoluta. Lo que en un comienzo daba fuerza termina operando como mandato.
Una persona puede asumir que su misión es cuidar a toda la familia. Otra puede convencerse de que debe triunfar laboralmente para justificar sacrificios pasados. Alguien más puede sentir que tiene que sostener siempre a los demás, no fallar, no cansarse, no detenerse. En apariencia, todos esos propósitos son positivos. Cuidar, trabajar, ayudar y responder por otros son valores socialmente reconocidos. El problema comienza cuando esos valores quedan ligados a la culpa, al miedo o a ideales imposibles. Entonces, el sentido deja de abrir caminos y comienza a cerrar la vida.
Entre el propósito y la condena
Viktor Frankl sostuvo que incluso en las circunstancias más dolorosas el ser humano puede encontrar un significado. Su mirada no propone negar el sufrimiento, sino transformarlo en parte de una historia con sentido. Para Frankl, la ausencia de propósito puede alimentar la desesperanza. Pero su enseñanza también permite hacer una advertencia: encontrar sentido no significa someterse a una exigencia inhumana. No toda misión merece ser vivida como sacrificio permanente. La vida puede tener sentido, pero ese sentido no debería destruir a quien lo sostiene.
El psicoanálisis aporta otra lectura. Muchas veces, aquello que una persona llama “mi propósito” puede estar mezclado con mandatos inconscientes. No siempre elegimos libremente las misiones que decimos abrazar. A veces repetimos lugares asignados desde la infancia: el hijo responsable, la hija cuidadora, el trabajador incansable, el fuerte de la familia. Detrás de una vocación aparente puede esconderse una deuda afectiva, una culpa antigua o el deseo de ser reconocido por alguien que nunca aprobó del todo nuestra existencia. En esos casos, el dolor no proviene solo del presente, sino de una historia psíquica que insiste.
La angustia aparece cuando el deseo propio se confunde con el deber internalizado. Una persona puede creer que eligió cuidar, cuando en realidad no se permite otra cosa. Puede creer que quiere ser exitosa, cuando en el fondo teme ser considerada insuficiente. Puede afirmar que vive para los demás, mientras reprime la rabia, el cansancio o el deseo de tener una vida propia. Esas contradicciones no resueltas suelen manifestarse como ansiedad, insomnio, ataques de pánico, irritabilidad, sensación de vacío o tristeza persistente.
No resulta extraño, entonces, que muchas crisis personales ocurran luego de alcanzar una meta. Hay quienes trabajan durante años para obtener un cargo, una casa, un título o una posición social. Cuando finalmente lo logran, esperan alivio. Pero lo que llega es una pregunta: “¿y ahora qué?”. Ese vacío posterior al éxito revela que el sentido no puede depender de una sola conquista. Si todo el proyecto vital se reduce a una meta, al alcanzarla puede aparecer la intemperie. La vida necesita más de un eje: vínculos, afectos, descanso, creatividad, comunidad, memoria y futuro.
Cuidar sin desaparecer
Pensemos en una mujer que durante años cuida a su padre enfermo. Al principio encuentra en esa tarea un sentido noble: devuelve amor, cumple una responsabilidad, honra una historia familiar. Pero con el tiempo comienza a dormir mal, se angustia si se aleja unas horas y siente culpa por cualquier deseo propio. Si su padre empeora, se acusa. Si descansa, se siente egoísta. El cuidado, que era una forma de amor, se ha transformado en una prisión emocional.
La salida no consiste en negar el valor de ese cuidado. El trabajo terapéutico apunta a distinguir responsabilidad de omnipotencia. Cuidar no significa controlarlo todo. Amar no significa desaparecer. Estar presente no exige cancelar la propia vida. Cuando la persona logra reconocer sus límites, el sentido puede reorganizarse. Ya no se trata de “debo salvar”, sino de “haré lo que esté a mi alcance sin destruirme en el intento”. Esa diferencia, aparentemente pequeña, puede cambiar una vida.
La pregunta por el sentido también tiene una dimensión social. Las sociedades modernas han debilitado muchos referentes tradicionales: religión, comunidad, pertenencia barrial, oficios heredados, relatos políticos o familiares estables. Esa pérdida abrió libertades importantes, pero también dejó a muchas personas frente a la obligación de inventarse solas. Hoy se le pide al individuo que sea autor de su destino, gestor de sus emociones, arquitecto de su carrera, responsable de su salud, de su productividad y de su felicidad. En ese escenario, incluso la búsqueda de bienestar puede convertirse en otra exigencia.
Por eso conviene mirar con cuidado ciertos discursos contemporáneos: “encontrá tu propósito”, “viví tu mejor versión”, “nada es imposible”, “si querés, podés”. Son frases que pueden motivar, pero también pueden dañar si se transforman en mandato. No toda persona está en condiciones de reinventarse todo el tiempo. No toda crisis necesita una épica. No todo sufrimiento debe convertirse en rendimiento. A veces, el sentido no aparece como una gran misión, sino como una forma modesta de seguir: ordenar una casa, volver a caminar, pedir ayuda, aprender algo nuevo, leer un libro pendiente.
La vida necesita dirección, pero también aire
La psicología humanista recuerda la importancia de la congruencia entre la experiencia real y el ideal de uno mismo. Sufrimos cuando intentamos vivir según una imagen rígida de lo que deberíamos ser. La salud emocional requiere una aceptación más amplia de la propia humanidad. Somos seres con deseos, pero también con cansancio; con libertad, pero también con condicionamientos; con capacidad de elegir, pero no con control absoluto sobre la vida.
Desde el punto de vista terapéutico, una tarea fundamental es diversificar las fuentes de sentido. Cuando la vida depende de un solo rol, cualquier amenaza a ese rol se vive como derrumbe total. Si una persona solo es madre, trabajador, cuidador, profesional o sostén económico, la pérdida o crisis de ese lugar puede dejarla sin identidad. En cambio, cuando existen varios espacios de significado, el sufrimiento no desaparece, pero encuentra más sostén. La vida se vuelve menos frágil cuando no está atada a una única definición.
Cuando el sentido duele, tal vez no se trate de abandonar toda búsqueda, sino de preguntarnos si el propósito que seguimos todavía nos pertenece. Si nos permite vivir o solo nos exige cumplir. Si nace del deseo o de la culpa. Si abre futuro o clausura posibilidades. La vida necesita dirección, pero también necesita aire. Un sentido verdaderamente humano no debería aplastar; debería orientar. No debería convertirnos en prisioneros de una misión, sino ayudarnos a escribir una historia donde incluso el dolor tenga lugar, sin ocuparlo todo.
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