“El silbidito” se titula un libro que recibimos hace pocos días en nuestra Redacción. Es una obra narrativa de Árpago Machado, salteño conocido por su afición a la política, al arte culinario, entre otras facetas. “El silbidito” es un relato extenso dividido en trece capítulos. Hoy compartimos un fragmento.
EL SILBIDITO
-Mamá me puede dar un peso
-Yo no, háblalo con tu padre.
Pasaba que la maestra cumplía años y querían entre todos los alumnos hacerle un regalo, y empezaron a juntar el dinero.
Lo mínimo era un peso, ahora parece que no, pero era en el tiempo al que se remonta esta historia, para el que vivía de un sueldo era mucha plata.
Papá era el único sostén de la familia, él, mujer y seis gurises. Un peso desequilibraba bastante el presupuesto familiar.
De la época que estoy hablando, el peso se fraccionaba en: real, medio y vintén, el real valía diez centésimos, el medio real, cinco centésimos y el vintén dos centésimos. Yo sabía el valor del dinero porque como era el mayor de los seis, hacía los mandados, me acuerdo que mamá hacía la lista y la ponía en un pañuelo junto con la plata y me la ataba a la muñeca, yo iba al almacén y allí el almacenero, me despachaba lo que iba a buscar, se cobraba y lo que sobraba porque siempre sobraba, me lo ataba de nuevo a la muñeca y volvía a casa.
Yo ponía atención en todo, me acuerdo que según lo que fuera a buscar eran dos o tres pesos; unos billetes marroncitos. Traía unas cuantas cosas, fideos, fariña, polenta y harina. La harina nunca faltaba, porque mamá hacía el pan ella, porque como vivíamos afuera, en el campo, se usaba la palabra afuera, para referimos al medio rural, en campaña como también suele decirse. No había panaderia, pan y bizcochos ni hablar. La galleta iba de la ciudad una o dos veces al mes. Era una galleta que duraba como quince o veinte días, la famosa «galleta de campaña» los primeros días se la comía bien, como una galleta normal, pero con el pasar de los días, la roías para poder entrarle de tan dura que se ponía Nosotros con mis hermanos teníamos un sistema para poder comerla, la envolvíamos en un repasador limpio y con el palo de amasar o una botella, que a veces cumplía también el rol de palo de amasar, le pegábamos hasta reducirla a migas y la poníamos adentro de la taza de café o avena y ahí tomaba el nombre de «sopa de galleta».
Por eso mamá siempre compraba harina, ella hacía pan casero, preparaba la masa con los ingredientes correspondientes y lo amasaba en un tacho grande de aluminio, «el amasijo», así lo llamaba. Lo dejaba «levar» una hora más o menos, así actuaban los fermentos, hasta que el amasijo crecía al doble de su volumen. Mientras tanto junto con mis hermanos, juntábamos leñitas en un bosque que quedaba cerca de la casa para prender el horno de barro en el que luego de armados los panes se cocían.
El armado de los panes era toda una obra de arte, mamá armaba dos o tres panes grandes, para después con el resto de la masa nos hacía a cada uno un pancito especial con formita, para algunos, un hombrecito, que salvando las distancias era igualito al hombrecito de jengibre del cuento, era mi preferido y era el primero que hacía, para otros, un lagarto o un pescadito. Después lo dejaba reposar cerca del horno mientras el mismo tomaba temperatura y el pan volvía a crecer nuevamente.
Cuando se había consumido toda la leña, se sacaba la ceniza y con una bolsa húmeda se limpiaba el horno y se ponían los panes. Era tan mágico todo lo que pasaba, como que éramos transportados a otra dimensión, el aroma de pan horneándose, la cara de felicidad de nuestra madre esa niña grande con un brillo tan especial de esos ojos celestes, que nos miraba con tanto amor que era como si el cielo nos cobijara Mientras se cocinaba el pan, nunca faltaba una historia, que nos llevaba en nuestra imaginación a mundos solo creados por nosotros y para nosotros, donde nunca podrían llegar ni el dolor ni la tristeza.
El regreso a casa, porque el horno quedaba como a dos cuadras, era lindo, todos juntos, cantando canciones que eran solamente nuestras.
Mamá de un lado del tacho, yo del otro, con los panes envueltos en un mantel, condición «sine quanon» para que los mismos al enfriarse no se humedecieran y se mantuvieran tiernos por dentro y la corteza crocante, ¡una delicia! Tibios y con manteca casera, nosotros mismos la fabricábamos, mamá sacaba la gordura de la leche, la batíamos hasta el punto de manteca la poníamos en un tazón con salmuera ¡un manjar!
Los pancitos con formitas era toda una ceremonia comerlos ¡lo hacíamos en el desayuno, pero no era un desayuno convencional, solo los que lo vivimos sabemos cómo es el desayuno «al pie de la vaca».
Cada uno tenía su taza propia en la que mamá nos ponía «esencia de café» hasta una cuarta parte, la esencia de café se trataba de una infusión fuerte de café bien dulce; donde directamente de la vaca iba ordeñando y completando las tacitas de cada uno.
Cada uno en su asiento, desayunábamos, los asientos, unos tronquitos al lado del corral de ordeñe.
Nos duraban esos pancitos! Los comíamos despacito, por partes, los saboreábamos, terminábamos y cada uno a lavar su taza. Lo hacíamos en una canilla que había en el corral. Después a jugar.
Como les contaba, llevara dos o tres pesos siempre sobraba, aunque trajera el bolso lleno…”
