El Flaco Alfredo, la voz de todos

Este 10 de marzo se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Alfredo Zitarrosa, la máxima voz del canto popular uruguayo y uno de los más brillantes creadores de canciones que forman parte de lo mejor del cancionero uruguayo.

El Maestro Zitarrosa, la voz que convirtió la milonga en destino

Alfredo Zitarrosa estaría cumpliendo 90 años de vida en este marzo 2026, pero apenas vivió un poco más de la mitad de ellos, porque se fue muy joven, con 52 años, apenas, en 1989.

Nacido en Montevideo el 10 de marzo de 1936 como Alfredo Iribarne, su infancia en el ámbito rural marcaría profundamente su sensibilidad. Aquella raíz campesina se transformó luego en el corazón de su obra. Zitarrosa solía decir que no era un folclorista sino un cantor popular uruguayo, y que todo provenía de la “milonga madre”, esa tradición que dialoga con el tango y el candombe.

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Aquí quiero detenerme un instante, porque alguien me dijo alguna vez que su madre (Blanca Iribarne) tenía un vínculo con Salto,pero que no sabía definir con certeza, si era salteña, hija de salteños o con parentesco en Salto. He leido muchas biografías e historias sobre la vida de Alfredo, pero en ningún lado pude certificar si lo que me dijeron era verdad…

TENÍA 52 AÑOS CUANDO SE HIZO INMORTAL

A 37 años de su muerte, la figura de Alfredo Zitarrosa continúa creciendo hasta adquirir una dimensión casi mítica dentro de la cultura rioplatense. La biografía escrita por el periodista Guillermo Pellegrino —fruto de más de cinco años de investigación— reconstruye la vida de un artista cuya voz grave y austera terminó definiendo buena parte de la identidad musical del Uruguay.

Antes de convertirse en cantor, trabajó durante años como locutor y periodista. Escribía poemas, frecuentaba cafés y leía a autores como Lorca o Vallejo. Su vocación inicial era la poesía, pero en 1964 —casi por casualidad— debutó como cantante profesional y descubrió en la música un camino que unía palabra y pueblo. Dos años después apareció su primer disco, que lo instaló rápidamente como una voz singular en el panorama latinoamericano.

Su ascenso coincidió con una época convulsionada en Uruguay. Las tensiones políticas de fines de los años sesenta y la posterior dictadura lo convirtieron en un artista incómodo para el poder. Sus canciones, cargadas de sensibilidad social, fueron prohibidas y Zitarrosa debió partir al exilio. Vivió en Argentina, España y México, años en los que la nostalgia por su tierra impregnó su obra de una melancolía profunda.

El regreso a la región, en los años de apertura democrática, fue multitudinario y emotivo. Su recital en Buenos Aires y su posterior retorno a Montevideo en 1984 se convirtieron en momentos emblemáticos de la cultura rioplatense. Sin embargo, el reencuentro con su país también estuvo atravesado por dificultades personales y un contexto musical que comenzaba a cambiar.

Zitarrosa murió el 17 de enero de 1989, a los 52 años. Pero su figura no dejó de crecer. Para muchos uruguayos, su nombre ocupa hoy un lugar comparable al de Carlos Gardel en el imaginario rioplatense: una referencia inevitable de la canción popular.

Su legado también abrió caminos para nuevas generaciones de músicos, desde los grandes creadores de la tradición como Osiris Rodríguez Castillos, Víctor Lima, Ruben Lena, hasta cantautores contemporáneos, quienes continúan explorando esa frontera fértil entre poesía y música.

Más que un cantante, Zitarrosa fue una conciencia artística. Su voz austera, su rigor con la palabra y su compromiso con la dignidad del canto popular lo convirtieron en algo raro y difícil, un artista que logró condensar, en apenas cuatro versos de milonga, la memoria y el alma de un país.

UNA SEMBLANZA DEL CANTOR, LE QUEREMOS DEJAR…

”Hablar de Alfredo es hablar de una liturgia. No era solo un cantor; era el dueño de una voz que funcionaba como un puente entre el asfalto de Montevideo y el polvo de los caminos rurales. Cuando Zitarrosa cantaba, el aire se volvía más denso, más serio, como si el tiempo se detuviera a escuchar una verdad que solo él sabía pronunciar.

LA ESTAMPA DEL CABALLERO CRIOLLO

Aparecía siempre impecable, con el cabello rígidamente peinado hacia atrás y un traje oscuro que le servía de armadura. Detrás de él, el cuarteto de guitarras —ese latido de madera y cuerdas— armaba el nido para que su voz se posara. En su mano, a menudo un cigarrillo; en sus ojos, una melancolía que parecía cargar con los dolores de todo un pueblo.

LA MILONGA COMO DESTINO

Alfredo no solo cantaba milongas; las habitaba. Su voz era un instrumento de precisión. Tenía una dicción perfecta, donde cada sílaba pesaba. Su registro grave no era un alarde técnico, sino un refugio.

Desde la ternura de «Zamba por vos» hasta la densidad existencial de «Guitarra negra», su obra fue un mapa de la identidad rioplatense.

EL EXILIO Y EL REGRESO

La historia le dolió en el cuerpo. El exilio lo llevó por España y México, alejándolo de su «paisito», pero nunca de su esencia. Aquel 31 de marzo de 1984, cuando regresó y una multitud lo escoltó desde el aeropuerto, Uruguay no solo recuperaba a un artista; recuperaba una parte de su alma que había estado muda.

«Crece desde el pie, musiquita, crece desde el pie…» escribía él, y así sigue creciendo su mito, de abajo hacia arriba, en el silbido de un paisano o en el parlante de un bar en una esquina cualquiera.

Alfredo Zitarrosa murió un 17 de enero de 1989, pero su voz se quedó a vivir en el bordonear de las guitarras. Es ese «violín de Becho» que sigue sonando en la memoria colectiva, recordándonos que se puede ser universal siendo profundamente local. “Y en no te olvidés del pago si te vas pa’ la ciudad…”

Una vez Julio Marbiz en Argentinisima, al presentarlo, dijo: “Cuando este Charrúa canta, se acabaron los cantores”.

Creo que con eso está todo dicho.

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