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miércoles, febrero 18, 2026
Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

El fenómeno therian

“Yo soy un pollo Marge”

Homero Simpson

En los últimos meses, las redes sociales se han llenado de adolescentes que aúllan frente a la cámara, muestran orejas y colas de tela y reivindican que su identidad no es humana sino animal. Son los llamados therians o teriantrópos: personas que afirman sentirse, en algún nivel psicológico, espiritual o sensorial, como perros, lobos, zorros, felinos u otras especies. El fenómeno no es nuevo, pero su viralizacion masiva lo ha convertido en un caso de estudio privilegiado para entender algo mucho más grande que una tendencia de internet: el malestar de toda una generación.

Antes de emitir cualquier juicio, conviene precisar de qué hablamos. La teriantropía no es la licantropía clínica clásica, ese cuadro psicótico donde el sujeto cree literalmente haberse transformado en animal. El therian, en la gran mayoría de los casos, sabe perfectamente que tiene un cuerpo humano. Lo que sostiene es que su “esencia”, su “alma” o su “identidad profunda” pertenece al mundo animal. Esta distinción es fundamental. No estamos, en principio, ante un delirio, sino ante una construcción identitaria que, precisamente por su coherencia interna, merece un análisis más riguroso que el que suele ofrecerse desde dos extremos igualmente estériles: la patologización moralizante (“estos están locos”) y la validación acrítica (“es simplemente su forma de expresarse”).

La identidad como tarea imposible

Para comprender por qué este fenómeno aparece ahora y con esta intensidad, es necesario entender el contexto cultural en que vivimos. El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el concepto de “modernidad líquida” para describir una época en la que las instituciones que históricamente daban anclaje a la identidad —la familia, la religión, la clase social, el Estado— se han disuelto. Lo que antes era un legado que se recibía y se asumía (con todas sus limitaciones), hoy es una tarea permanente e inacabable: construirte a ti mismo, reinventarte, diferenciarte. En este sentido, la identidad ya no se hereda, se fabrica, principalmente dónde los adolescentes transitan su vida, las redes.

Frente a ese menú infinito de quién podrías ser, la identificación therian opera como un cortocircuito revelador. El adolescente que dice “soy un perro” no está eligiendo la complejidad de una identidad humana negociada, contradictoria y abierta. Está eligiendo un paquete cerrado, estable y definitivo. El perro no tiene que decidir qué carrera estudiar, no debe trabajar ni pagar facturas, no necesita encajar en grupos sociales hostiles, no debe gestionar la ambigüedad moral de las relaciones humanas. El animal “simplemente es”. Se huye a la libertad huyendo de lo humano.

El perro que vive en TikTok

La adolescencia es la búsqueda de identidad, dónde es esperable que aparezcan estos tipos de fenómenos. Este en particular es una identificación no biológica, y en principio tiene que ser algo de una etapa transitoria de una búsqueda de sentido y pertenencia, sino se resuelve se esta hablando de algo patológico.

Además, este fenómeno tiene una particularidad crucial que lo distingue de cualquier otra búsqueda identitaria del pasado: surge en el espacio virtual. Y eso no es un detalle menor. El filósofo Jean Baudrillard describió, con décadas de adelanto, un mundo en el que los signos han perdido toda relación con la realidad que deberían representar. Lo llamó “simulacro”: una imagen que ya no imita nada real, sino que se convierte en su propio referente. Además, Erik Erikson planteó la etapa del desarrollo psicosocial, aquí es dónde cobra relevancia las modas de internet y la necesidad de pertenencia de un grupo por parte de los adolescentes.

El espacio virtual importa porque es donde esta identidad se sostiene con reglas muy específicas. El filósofo Byung-Chul Han ha señalado que las comunidades digitales no funcionan como los grupos sociales clásicos, con ritos de iniciación, obligaciones mutuas y una transmisión generacional de sentido. Funcionan como “enjambres”: agrupaciones volátiles, ruidosas, unidas por el consumo de tendencias y disueltas con la misma facilidad con que aparecen. En este marco, la identidad therian obtiene su validación fundamental no en la experiencia vivida, sino en el número de likes. El algoritmo se convierte en el Gran Otro que le dice al sujeto “existes, eres real, tu identidad vale”. Una prótesis digital que sostiene una construcción que, sin esa retroalimentación constante, se desmoronaría.

Lo que el síntoma dice en voz alta

El psicoanálisis, desde Freud hasta Lacan, sostiene la idea de que el síntoma siempre dice la verdad. No la verdad que el sujeto cree decir, sino una verdad más profunda sobre su situación. Cuando un adolescente aúlla y exige ser tratado como un cánido, hay algo detrás de ese gesto. Desde esta perspectiva, la identificación animal puede entenderse como una regresión defensiva: el sujeto, incapaz de tolerar la angustia de habitar una identidad humana en un mundo que no ofrece marcos simbólicos sólidos donde crecer, retrocede hacia un registro más primitivo, donde la completud parece posible.

En términos clínicos más concretos, a menudo se observa que la identidad therian permite al sujeto desactivar las exigencias del mundo adulto. Hay un componente adicional que conviene no pasar por alto. La adolescencia implica, en términos psicológicos, una serie de duelos ineludibles: el duelo por el cuerpo infantil transformado por la pubertad, el duelo por los padres idealizados de la infancia, el duelo por la identidad bisexuada y sin conflicto de los primeros años. La teriantropía puede funcionar, en algunos casos, como un mecanismo que posterga o evita ese trabajo de duelo. Refugiarse en una identidad animal cerrada es, también, una forma de no crecer.

Validación y patologización

Existe el problema denominado licantropía clínica, un fenómeno psicopatológico en el que una persona cree, de forma delirante, que se ha transformado en un animal o está en proceso de hacerlo. No es un trastorno independiente, sino un síntoma asociado a cuadros como la psicosis, la esquizofrenia o el trastorno bipolar. Implica alteraciones en la percepción corporal y la identidad. El tratamiento depende del diagnóstico de base e incluye abordaje farmacológico y psicoterapéutico.

Aquí es donde la discusión se vuelve éticamente más delicada. Existe hoy en la práctica clínica una tendencia que podría denominarse validación acrítica: bajo el paraguas de los discursos sobre diversidad e identidad, algunos profesionales optan por afirmar sin cuestionamiento cualquier construcción identitaria que el paciente presente. La intención es evitar el estigma, fortalecer la autoestima, pero el efecto puede ser iatrogénico. Un terapeuta que valida la identidad therian como si fuera una verdad, no está ayudando al sujeto; está cómplicemente sellando el síntoma. Está, en el lenguaje psicoanalítico, abandonando al paciente en su estancamiento.

Si un adolescente que se identifica como un perro, y más allá de exponerse con mascaras y caminando a cuatro patas, busca vivir como un animal; ya sea comiendo la comida para perro o bebiendo agua de una lata, claramente esto va contra su naturaleza humana y conlleva un delirio patológico. Pero en tal sentido, los therians están conscientes de que son personas mas allá del disfraz.

La posición clínica más responsable no es ni la de quien diagnostica con horror conservador (“esto es una patología”) ni la de quien valida sin pensar (“esto es la expresión de tu ser”). Es la del profesional que se pregunta, junto al paciente y sin juzgarlo: ¿qué función cumple esta identidad en tu vida psíquica? ¿Qué evita? ¿Qué angustia tapa?

Del meme a la realidad

Del fenómeno de la autopercepción comenzó como meme, por lo que sería un error reducir todo esto a una cuestión individual. El síntoma de un sujeto es siempre un síntoma de la cultura que lo produce. Erik Erikson sostiene que la identidad se construye principalmente en la adolescencia, en la crisis “identidad vs. confusión de roles”. No es un rasgo fijo, sino una síntesis dinámica de identificaciones con figuras, valores y grupos. Implica continuidad interna y reconocimiento social. Cuando falla, surge difusión de identidad. Es un proceso vital, influido por la cultura y reactivado en cada transición significativa.

El fenómeno therians no se diferencia de fenómenos socioculturales del pasado como los emos, floggers, etc. Se busca la excentricidad para diferenciarse del mundo, en este caso, los therians ejemplifica la crisis modernista donde virtualidad simula identidades animales para evadir angustia humana, un mundo de vínculos líquidos y de instituciones desacreditadas.

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