
Trauma, represión y conversión somática
El cuerpo, cuando el lenguaje falla, guarda la memoria de aquello que la mente no pudo elaborar. Desde los primeros trabajos que dieron origen al psicoanálisis, la somatización ha sido comprendida como un efecto de procesos psíquicos no simbolizados. Breuer y Freud, en Estudios sobre la histeria (1895), mostraron que afectos reprimidos reaparecen bajo la forma de síntomas corporales: parálisis, temblores, dolores persistentes o alteraciones funcionales que no encuentran causa orgánica suficiente. Estas manifestaciones no constituyen un simple error del cuerpo, sino un modo específico de inscripción del conflicto psíquico.
La hipótesis central sostiene que el trauma que no puede ser pensado ni dicho retorna en el soma. La represión no elimina la representación traumática, sino que la mantiene activa en el inconsciente, desde donde busca otras vías de expresión. Cuando la palabra está inhibida, la vía corporal se vuelve privilegiada. El síntoma es así una formación de compromiso entre la pulsión que insiste y las defensas que la rechazan.
Ferenczi amplió esta perspectiva al estudiar los traumas tempranos, especialmente aquellos ligados a experiencias de abuso o traición en la infancia. En estos casos, el niño carece de recursos simbólicos para inscribir la vivencia, lo que produce una escisión de la experiencia. El cuerpo conserva la huella de aquello que no pudo ser mentalizado. Freud, en Más allá del principio del placer (1920), conceptualizó este fenómeno como compulsión a la repetición: lo traumático retorna una y otra vez, ya no como recuerdo consciente, sino como acto, síntoma o dolor corporal. La somatización aparece entonces como una modalidad específica de repetición, donde el pasado no elaborado se reactualiza en la carne.
Desde la segunda tópica freudiana, el síntoma somático puede entenderse como resultado de tensiones entre el ello pulsional, el yo defensivo y las exigencias del superyó. Cuando el yo no logra tramitar el conflicto mediante símbolos, pensamiento o palabra, se ve forzado a derivar la excitación hacia el cuerpo. La somatización es, en este sentido, una solución precaria: permite una descarga parcial, pero al precio de fijar el conflicto en una forma dolorosa y persistente.
El cuerpo como inscripción del conflicto psíquico
El cuerpo, para el psicoanálisis, no es solo un organismo biológico, sino también un cuerpo erógeno, investido libidinalmente y atravesado por significaciones inconscientes. Cada órgano puede volverse escenario de un conflicto específico, en función de la historia pulsional del sujeto. La elección del órgano no es arbitraria: responde a fijaciones infantiles, a zonas erógenas privilegiadas, a escenas tempranas cargadas de afecto y a identificaciones inconscientes.
En la histeria clásica, los síntomas corporales reproducían simbólicamente escenas traumáticas: una parálisis podía remitir a una vivencia de inmovilidad forzada; un dolor podía condensar una pérdida o una culpa inconsciente. En las somatizaciones actuales, aunque las formas clínicas sean diferentes, la lógica estructural se mantiene: el cuerpo habla allí donde la palabra fue prohibida o resultó imposible. El síntoma es una metáfora corporal, una traducción imperfecta de una historia psíquica interrumpida.
La noción de afecto estrangulado, propuesta por Freud y Breuer, resulta clave. El afecto ligado a una representación traumática no descargado en su momento permanece activo, buscando vías alternativas de expresión. Cuando no puede circular por la vía psíquica, se fija en el cuerpo. La somatización es, así, un intento de regulación económica: el aparato psíquico deriva la excitación hacia el soma para evitar un colapso mayor. Sin embargo, esta solución conserva el conflicto sin resolverlo.
La repetición corporal del trauma muestra también los límites de la represión como defensa. La represión no borra, solo desplaza. El cuerpo se convierte en depósito de aquello que el yo no quiere saber. Por eso, muchos pacientes con somatizaciones crónicas relatan una historia emocional empobrecida, con dificultades para reconocer afectos, para narrar pérdidas o para vincular síntomas con acontecimientos vitales. El trabajo clínico consiste precisamente en reconstruir esos lazos perdidos entre cuerpo, afecto y representación.
Implicancias clínicas del abordaje psicoanalítico
Desde una perspectiva clínica, el abordaje psicoanalítico de la somatización exige una escucha que no reduzca el síntoma a un fallo orgánico ni a una mera queja funcional. El síntoma corporal debe ser tratado como un mensaje cifrado, portador de una verdad inconsciente que aún no encontró palabras. La tarea terapéutica no es suprimir el síntoma de manera directa, sino crear las condiciones para que pueda transformarse en material psíquico elaborable.
El dispositivo analítico ofrece ese espacio. A través de la asociación libre, el análisis de sueños, lapsus y actos fallidos, y el trabajo con la transferencia, el paciente puede ir tejiendo una red de significaciones alrededor de su malestar corporal. La transferencia es especialmente relevante: muchas somatizaciones se reactivan o se transforman en el vínculo terapéutico, mostrando que el cuerpo responde también a escenas relacionales actuales que reeditan conflictos infantiles.
El analista debe manejar con cuidado la interpretación. Interpretar demasiado pronto o de forma forzada puede reforzar las defensas y aumentar la fijación somática. Es necesario respetar el ritmo del paciente y acompañar la emergencia gradual de representaciones. Cuando el conflicto logra ser pensado y dicho, el cuerpo suele aliviar su carga, porque ya no necesita sostener solo aquello que el psiquismo empieza a tramitar.
Este enfoque reconoce, sin embargo, sus límites. No todas las dolencias corporales son de origen psíquico, y la clínica responsable exige siempre una evaluación médica adecuada. Pero cuando el examen orgánico no explica la persistencia del síntoma, el psicoanálisis ofrece una vía de comprensión que no patologiza al cuerpo, sino que lo reconoce como portavoz de una historia subjetiva silenciada.
En síntesis, entender el cuerpo como escenario del trauma desde el psicoanálisis implica reconocer que el síntoma somático es una formación de compromiso: una solución dolorosa, pero significativa, frente a un conflicto no simbolizado. La clínica busca transformar esa inscripción muda en relato, memoria y elaboración psíquica. Cuando el sujeto logra poner en palabras lo que antes sólo podía doler, el cuerpo deja de ser el único narrador del trauma y recupera su lugar como parte viva de una historia que puede, al fin, ser dicha.
Preguntas frecuentes
1. ¿La somatización significa que el dolor no es real?
No. El dolor es real, aunque su causa principal sea psíquica y no orgánica.
2. ¿Todo trauma se expresa en el cuerpo?
No. Solo cuando no puede elaborarse psíquicamente tiende a fijarse en el soma.
3. ¿La somatización es fingir?
No. Es un proceso inconsciente, no voluntario.
4. ¿El síntoma puede aliviarse al entender su origen?
Sí. Al simbolizar el conflicto, el cuerpo suele descargar su tensión.
5. ¿El psicoanálisis reemplaza a la medicina corporal?
No. La evaluación médica corporal es siempre necesaria y complementaria.
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