Edgar Morin: legado y vigencia del pensamiento complejo

Edgar Morin dejó una obra clave para comprender la incertidumbre, cuestionar las respuestas simples y pensar los desafíos de nuestro tiempo.

Edgar Morin y la vigencia de un pensamiento para tiempos inciertos

Edgar Morin murió el pasado 29 de mayo en París a los 104 años, después de atravesar casi por completo el siglo XX y de continuar pensando, escribiendo y tomando posición sobre las grandes preguntas de la humanidad hasta los últimos meses de su vida. Filósofo, sociólogo, ensayista e investigador, dejó una obra extensa que desafió las fronteras rígidas entre disciplinas y propuso una manera distinta de comprender la realidad: aceptar que el mundo no puede explicarse a partir de respuestas simples.

Una vida atravesada por la historia

Nacido el 8 de julio de 1921 en París con el nombre de Edgar Nahoum, pertenecía a una familia judía sefardí procedente de Tesalónica. Su vida estuvo marcada desde temprano por las tragedias y tensiones de Europa. Durante la ocupación nazi de Francia integró la Resistencia y adoptó el apellido Morin como nombre de clandestinidad. Ese seudónimo terminó convirtiéndose en el nombre con el que sería reconocido en todo el mundo.

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Su compromiso político también tuvo contradicciones. Se afilió al Partido Comunista Francés durante la guerra, pero años más tarde se distanció de la ortodoxia estalinista. La ruptura anticipó una idea central de su obra: resistir los dogmas y las explicaciones que reducen la complejidad humana a una sola causa o una única verdad.

Comprender lo que está tejido en conjunto

Morin entendía que la realidad está hecha de vínculos, tensiones, incertidumbres y relaciones que no siempre pueden separarse sin perder parte de su sentido. Para explicarlo recurrió a una palabra que se transformó en la marca principal de su legado: complejidad.

El término no aludía simplemente a aquello que resulta difícil de comprender. Procede de la idea de lo que está tejido en conjunto. Pensar de forma compleja implicaba reconocer que cada fenómeno forma parte de una trama mayor y que los problemas sociales, culturales, económicos, científicos y ambientales no pueden analizarse como compartimentos estancos.

Cuestionó la fragmentación del conocimiento. Consideraba que la especialización había permitido grandes avances, pero también había generado cegueras. Una disciplina puede describir una parte del problema y ser incapaz de comprender el conjunto. Esa advertencia resulta especialmente vigente en una época de sobreabundancia informativa, velocidad en las redes sociales y tentación de convertir asuntos complejos en consignas breves.

Una obra monumental llamada El Método

Su obra más ambiciosa fue El Método, una serie de seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004. Allí reunió reflexiones sobre la naturaleza, la vida, el conocimiento, las ideas, la humanidad y la ética.

No buscaba construir un manual de respuestas definitivas. Su propósito era revisar la forma en que se produce el conocimiento y advertir que toda mirada sobre el mundo está expuesta al error, a la ilusión y a los límites del observador.

Uno de sus aportes más conocidos fue la crítica al pensamiento lineal. La vida social, sostenía, no funciona como una cadena sencilla en la que una causa genera siempre un efecto previsible. Las sociedades producen a los individuos, pero los individuos también producen a la sociedad. La educación moldea a las personas, pero esas personas transforman luego la educación.

El orden y el desorden no son necesariamente enemigos absolutos: muchas veces conviven y generan nuevas formas de organización. En ese movimiento, la incertidumbre no es una falla del conocimiento, sino una dimensión inevitable de la experiencia humana.

El sociólogo que preguntaba por la felicidad

Morin no fue únicamente un pensador encerrado en los libros. También observó con atención la cultura popular, los medios y los cambios sociales de la posguerra.

En 1961 codirigió con Jean Rouch la película Crónica de un verano, considerada una pieza fundamental del cinéma vérité. La propuesta partía de una pregunta directa a personas comunes en París: “¿Es usted feliz?”. La cámara registraba los conflictos y contradicciones de una sociedad que intentaba reconstruirse después de la guerra.

Ese trabajo reflejaba una convicción presente en toda su trayectoria: el observador no es completamente ajeno a aquello que observa. La realidad humana no puede registrarse como un objeto inmóvil. Preguntar modifica la escena. Mirar también implica participar. Reconocer esa dificultad no debilitaba el conocimiento; por el contrario, lo volvía más honesto.

Los siete saberes para la educación del futuro

Su pensamiento alcanzó una fuerte influencia en el campo educativo. A pedido de la UNESCO elaboró Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, uno de sus textos más difundidos en América Latina.

Allí propuso reconocer los errores y las ilusiones del conocimiento, comprender los problemas dentro de su contexto, abordar la condición humana en todas sus dimensiones, fortalecer una conciencia planetaria, enfrentar la incertidumbre, promover la comprensión entre las personas y desarrollar una ética vinculada al destino común de la humanidad.

La propuesta no consistía en sumar nuevas materias a los programas escolares, sino en modificar la forma de enseñar y aprender. Morin advertía que no alcanza con acumular datos. El verdadero desafío consiste en relacionarlos, ubicarlos en su contexto y comprender de qué manera afectan la vida colectiva. Esa advertencia conserva plena actualidad.

La humanidad como una comunidad de destino

Otro concepto central de su obra fue el de “Tierra-Patria”. Morin sostenía que la humanidad comparte una comunidad de destino. Las fronteras nacionales continúan existiendo, pero los principales riesgos de nuestro tiempo —las crisis ambientales, las desigualdades, las pandemias, la violencia y la degradación democrática— atraviesan límites geográficos.

Ningún país puede enfrentarlos de forma completamente aislada.

Esa mirada planetaria no implicaba desconocer las identidades locales. Al contrario, Morin defendía la pluralidad. Una persona puede pertenecer a una ciudad, una región, una tradición cultural, una familia y una comunidad nacional sin dejar de reconocerse como parte de la humanidad. Su propia historia alimentó esa visión de una identidad múltiple.

Cambiar de vía frente a las crisis

Hasta una edad extraordinaria continuó interviniendo en el debate público. Durante la pandemia publicó Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia, donde planteó que la crisis sanitaria había expuesto las fragilidades de los sistemas contemporáneos.

Frente a la obsesión por el crecimiento ilimitado, llamó a revisar prioridades, fortalecer los vínculos sociales y repensar la relación entre economía, sociedad y ambiente.

Su mensaje no era ingenuo. Morin conocía de cerca las tragedias del siglo XX. Había vivido la guerra, el nazismo, la Resistencia, el desencanto político y las transformaciones aceleradas de la modernidad. No ofrecía una confianza ciega en el progreso. Tampoco una mirada resignada.

Su pensamiento se movía entre la advertencia y la esperanza: comprender los riesgos sin renunciar a la posibilidad de cambiar.

El peligro de las respuestas binarias

En sus últimos años insistió especialmente en el peligro de los discursos binarios. La simplificación, decía, alimenta el fanatismo. Cuando una sociedad divide el mundo entre buenos absolutos y enemigos irreductibles, pierde la capacidad de analizar matices, reconocer errores propios y comprender la humanidad del otro.

Esa preocupación atravesó sus reflexiones sobre la guerra, la intolerancia y la degradación del debate público.

Una advertencia para nuestro tiempo

La muerte de Edgar Morin cierra una vida intelectual excepcional, pero no clausura sus interrogantes. En una época dominada por respuestas veloces, algoritmos que ordenan preferencias, debates reducidos a consignas y crisis que se acumulan unas sobre otras, su invitación a relacionar los saberes conserva una fuerza particular.

Pensar con complejidad no significa renunciar a la claridad. Significa evitar la comodidad de las explicaciones incompletas. Significa aceptar que una noticia puede tener más de una causa, que una sociedad no puede comprenderse desde una única mirada y que ningún problema colectivo se resuelve ignorando sus conexiones.

Morin dedicó más de ocho décadas a recordar esa evidencia. Su obra permanece como una advertencia y también como una brújula: aprender a mirar el tejido completo antes de intentar explicar cada hilo por separado.

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