Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

Democracia: el rostro amable de una nueva dominación


La tiranía de la mayoría es el mayor peligro de las democracias.”


Alex de Tocqueville

ente, con la Ley de Urgente Consideración, también sometida a referéndum, se repite el mismo patrón: se valida una norma en las urnas y luego, lentamente, se la va modificando o vaciando por otras vías. Es decir, no solo se legisla sin el pueblo, sino que incluso cuando el pueblo habla, se lo ignora.

Estas nuevas democracias se caracterizan por no respetar la voluntad popular ¿raro, no?

Democracias que han cruzado un umbral muy complicado y que ya no se limitan a regularte todo aspecto de tu vida, sino que avanzan sobre la propia concepción del ser humano, impulsando una determinada visión sobre la identidad y el sexo, que pretende redefinir la biología misma, a espalda de la ciencia.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿en qué momento una visión ideológica pasa a ser política pública obligatoria? ¿Quién la definió? ¿Quién decidió que toda la sociedad debía adoptarla?

Democracias que ya no se conforman con regular conductas, sino que buscan disciplinar el lenguaje, imponiendo cómo debemos hablar y pensar. Si uno no se ajusta, es señalado como discriminador. Un nivel de intromisión que ni siquiera las dictaduras más duras se animaron a ejercer sobre la vida cotidiana.

Democracias que comienzan a erosionar los pilares básicos de una república cuando admiten que una persona pueda ser señalada, juzgada y condenada en la práctica a partir de una mera denuncia, sin que se respeten plenamente garantías esenciales. El principio de inocencia, el debido proceso, la imparcialidad judicial y la igualdad ante la ley —cimientos del Estado de Derecho— dejan entonces de ser reglas firmes para convertirse en valores condicionados.

Pero caramba: ¡¿Qué democracias son estas?!

La democracia, tal como hoy funciona, ha terminado por permitir que la ley deje de ser un límite al poder —como lo fue en su concepción original— para transformarse, cada vez más, en un instrumento al servicio de quienes lo ejercen.

Y allí radica una diferencia fundamental: la que existe entre una sociedad donde el Estado y sus burócratas deciden por vos cómo vivir, y otra en la que el individuo recupera su lugar central, decide por sí mismo y actúa con autonomía dentro de un marco de reglas claras y previsibles.

En el fondo, el debate no es entre más o menos Estado, ni entre izquierda o derecha. Es algo mucho más profundo. Es decidir si queremos seguir bajo un esquema donde la ley responde a la voluntad cambiante del poder político, muchas veces desconectada de la realidad de las personas, o si aspiramos a un orden en el que el derecho emerge de la propia sociedad, se desarrolla de manera gradual y cumple su función esencial: limitar al poder.

La verdadera democracia no es la que se activa cada ciertos años para pedirnos un voto y luego nos aparta, sino aquella que reconoce al ciudadano como protagonista permanente del orden en el que vive. Una democracia donde la participación no es un episodio, sino una condición constante.

Y tal vez allí radique la mayor paradoja de nuestro tiempo: que bajo su apariencia más amable, la democracia ha comenzado a convertirse, silenciosamente, en una nueva forma de dominación.

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