Del pizarrón al candado

Columnas De Opinión

Crisis educativa y alta prisionización reflejan la “nueva pobreza” en Uruguay: exclusión, abandono escolar y brecha digital que limitan la movilidad social.

Alexander Fagundez

Alexander Fagundez

Edil CORE

Lista 404

Uruguay transita marzo bajo una dualidad desconcertante. Mientras el Parlamento celebra acuerdos comerciales que prometen insertarnos en el primer mundo, en las periferias se consolida una realidad que no entiende de macroeconomía. Es la “nueva pobreza”: un fenómeno que ha mutado desde la carencia material hacia una exclusión estructural cimentada en dos pilares cada vez más frágiles: el aula vacía y la celda llena.

La histórica promesa del Uruguay batllista —donde el hijo del obrero y el del profesional compartían banco de escuela y horizonte de progreso— parece más una pieza de museo que un contrato social vigente. Durante décadas, la educación pública funcionó como mecanismo de movilidad social ascendente, el gran igualador republicano que permitía compensar desigualdades de origen. Sin embargo, en 2026, esa premisa suena más a sarcasmo que a certeza.

No se trata de una crisis de cobertura, sino de una emergencia de calidad. El problema no es solo que miles de adolescentes no culminen el ciclo básico, sino que una proporción relevante de quienes egresan presenta dificultades de comprensión lectora y razonamiento lógico. En términos técnicos, hablamos de alfabetismo funcional: estudiantes que obtienen un certificado, pero carecen de competencias necesarias para desempeñarse en un mercado laboral tecnificado.

Ciertos enfoques de política pública han caído en la trampa de naturalizar la pauperización social. Bajo discursos centrados en el asistencialismo permanente, se ha terminado por gestionar la miseria en lugar de erradicarla, convirtiendo la vulnerabilidad en un estado aceptable para determinados sectores. Esta condescendencia institucional ha operado como anestésico sobre la exigencia de excelencia en la educación pública, instalando la idea implícita de que a algunos estudiantes “no se les puede pedir más”. El aula ha mutado de espacio de formación a dispositivo de contención social.

A esta fragilidad estructural se suma una brecha digital que profundiza diferencias. Mientras una minoría accede a habilidades vinculadas al pensamiento computacional, una mayoría apenas desarrolla competencias instrumentales. Este diferencial configura itinerarios laborales radicalmente distintos: para unos, inserción en la economía del conocimiento; para otros, empleos de plataforma o informalidad. Es la expresión de una pobreza cognitiva que limita la capacidad de proyectar movilidad social.

Al desertar del sistema educativo, el joven se enfrenta a un mercado laboral tecnológico sin herramientas. Sin instrumentos para la legalidad, el delito aparece como una alternativa de pertenencia, ingreso y estatus inmediato. Aquí, el triángulo de la exclusión revela su ángulo más oscuro: el sistema carcelario.

Con aproximadamente 17.000 privados de libertad, Uruguay ostenta una de las tasas de prisionización más altas. Pero lo alarmante no es el volumen, sino el perfil de esa población: cerca del 80% no completó la educación media. Esta cifra constituye evidencia de que la cárcel no representa el inicio del problema, sino el desenlace de trayectorias educativas truncas. La institución que debería rehabilitar termina funcionando como el depósito final de quienes el sistema escolar expulsó.

El debate sobre la salida del INR del ámbito del Ministerio del Interior es necesario, pero corre el riesgo de tornarse cosmético si no se aborda la dimensión educativa intramuros. Cambiar organigramas sin garantizar formación técnica efectiva equivale a modificar la chapa de la puerta sin alterar lo que ocurre dentro. Si no hay una escuela de segunda oportunidad adentro, habrá una universidad del crimen afuera.

No podemos permitir que el destino de un niño quede sellado antes de los diez años. Cada banco vacío en un liceo es, tarde o temprano, un nuevo candado que se cierra en una celda. Uruguay no puede darse el lujo de perder generaciones mientras la política discute semántica. No habrá paz social si la seguridad pública continúa pensándose únicamente con patrulleros y no con pizarrones. La pregunta de fondo no es cuántas cárceles más necesitamos, sino cuántas mentes estamos dejando sin construir por no exigir que la educación pública vuelva a ser el gran igualador batllista.

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