En estas columnas hemos sostenido nuestra discrepancia con quienes impulsan el denominado “idioma inclusivo”, vale decir con quienes han apoyado siempre el “todes”, supuestamente para no dejar a nadie afuera.
Hemos sostenido que esto es ridículo. Más allá de que algunos políticos han adherido a la “moda” del “todos y todas”, cuando si hay algo que es total y absoluto es el “todos”. Todos es todos, vale decir que nadie queda afuera porque denomina a un conglomerado, sin distinción de sexo, de color, de razas y demás.
Se han acopiado e impulsado términos como “machirulo”, para quienes no adherimos a la denominada moda. Hemos sostenido y lo seguimos haciendo, que el idioma de Cervantes es uno, y a pesar de que es la costumbre y el hábito que lo puede cambiar, nunca será sobre la base de la ridiculez, de lo insostenible, como es el “idioma inclusivo”.
Hemos visto textos que supuestamente sobre el interés de abarcar lo que supuestamente queda afuera del “todos”, se pregona y escribe usando la “e”, creando verdaderos textos ininteligibles.
Por nuestra parte seguiremos aferrados a las reglas que dicta la Real Academia Español (RAE) y con el cual fueron escritos todos los textos que conocimos y aprendimos en ellos, sin que notáramos que haya discriminación alguna.
Somos y seguiremos siendo los primeros defensores de la igualdad entre la mujer y el varón, porque entendemos que es justo, que es merecido, y no por esto caeremos en el extremo irracional e ilegítimo del denominado “idioma inclusivo”.
Si alguien se ha sentido discriminado por estos términos, debe concurrir rápidamente a un especialista porque no está en sus cabales. Tendría que explicarnos, cómo han logrado las mujeres estudiar, recibirse e incluso algunas destacarse en las profesiones estudiadas, usando siempre un idioma “discriminante”.
Convendría saber si hay motivos suficientes y razonables para cambiar todos los textos habidos y por haber a efectos de eliminar este idioma “discriminante”. Nos gustaría saber que piensan los académicos de esto que lo vemos como insensato y descabellado.
Por nuestra parte insistiremos en la defensa del rico idioma que nos ha identificado, más allá de los regionalismos y modismos propios de cada región. Caer en extremos, en radicalismos es muchas veces ridículo y raya en la insensatez, como en este casos. Esperemos que sea una moda pasajera.
A.R.D.
