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Diario EL PUEBLO digital
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por: Jorge Pignataro

Importante ciclo de dúos y tríos se anuncia hasta diciembre en la sede de ASDEMYA

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Comienza el sábado 7 de agosto

Un importante ciclo de espectáculos musicales se viene organizando en Salto; se extenderá desde agosto hasta diciembre y el lugar será la sede de la Asociación Salteña de Músicos y Afines (ASDEMYA), en calle Brasil al 700, aunque no es organizado por esta institución. EL PUEBLO mantuvo contacto con el profesor Cristian Trindade, uno de los principales organizadores, quien narró:

“Es el tercer ciclo que vamos a hacer en ASDEMYA. La Productora Artemisa y Tatú Producciones arriendan la sala de ASDEMYA, es decir que la comisión de esta asociación no tiene nada que ver, yo como socio alquilo la sala, como responsable de la productora, y me encargo de contratar el sonido, el personal de servicio y demás. Es un aforo pequeño, de 60 localidades, que es lo que está permitido, un escenario que está allí en el medio de la sala, cerquita de las mesas que rodean, un ambiente muy cuidado, está todo muy prolijo. Además es una sala céntrica”.

COMIENZA EL 7 DE AGOSTO

Por otra parte Trindade brindó los siguientes detalles: “Este es un ciclo de dúos y tríos. Arranca el 7 de agosto con Maxi y Pablo Porciúncula. El 4 de setiembre va a estar Pablo Riquero y Rodrigo Inthamoussú (dúo Espalda con Espalda), que vienen con un percusionista. El sábado 9 de octubre estarán Loli Molina y Nico Ibarburu; Loli Molina es una cantante argentina que está radicada en México y viene para esa fecha para hacer unos shows en Buenos Aires, Santa Fe, algo en Concordia, y luego Salto, Paysandú, Young, Colonia, Maldonado y Montevideo. Después, en noviembre tendremos a Fabricio Breventano y Analía Camiletti; Breventano es guitarrista, cantante y compositor salteño radicado en Argentina, y Analia es una violinista santafesina, vienen a presentar un disco acá. Para terminar el ciclo, el 11 de diciembre van a estar Pitufo Lombardo con Mandrake Wolf.

MAXI Y PABLO PORCIÚNCULA

Respecto al dúo que iniciará el ciclo el sábado 7 de agosto, reseñó Trindade: “son músicos emparentados con el ambiente del carnaval de Montevideo, Maxi integra Agarrate Catalina desde hace ya más de 10 años y Pablo además de haber integrado murgas, es arreglador de varias murgas, como Araca La Cana, entre otras. Formaron un grupo llamado Senda 7 con un baterista, un bajista, y después también tienen este formato de dúo que es más sencillo de mover. Hacen canciones propias y canciones ajenas, música popular uruguaya, es un dúo que está muy bueno, son excelentes intérpretes. Van a hacer dos bloques. A las 20 abrimos las puertas y a las 21 ya empieza el primer bloque”.

Las consultas sobre este ciclo pueden hacerse a través del número de celular 098 868 066.

Sobre “La carreta”, de Enrique Amorim

Hoy se cumple un año más del nacimiento del escritor salteño Enrique Amorim. Valga como homenaje este fragmento de una reseña escrita por José Luis Alvarado, sobre una de sus más significativas obras:

“La carreta, que se considera generalmente una novela, no podríamos asegurar que pertenezca a este género, pues está formada por una serie de cuentos, o de estampas, unida por un hilo temático, como más tarde se verá, y en la que entran y salen los personajes a completo capricho del narrador. La génesis de la novela fue un cuento escrito en 1923, Las Quitanderas, que formaba parte de uno de sus primeros libros, Tangarupá. Las Quitanderas mostraba una originalidad en la temática que llamó la atención de crítica y lectores. Estas mujeres, reales o no, prostitutas itinerantes por el campo uruguayo a bordo de carretas, incitaron un fuerte interés. Los instintos más primitivos de los hombres, la veracidad de estas sórdidas hazañas de sexo barato, la brutalidad que sustentaba el relato, dio pie a que Amorim continuara narrando a lo largo de los años esta despojada aventura humana por la desolada llanura. Al principio el texto giró alrededor de un siniestro personaje, Matacabayo, un gaucho viejo y derrotado por la enfermedad cuyos oscuros impulsos despiertan el día que arriba a su aldea un desolador circo ambulante. Su mentalidad cerrada y oscura coincide con la realidad que oculta el circo: durante la triste función, algunas chicas -las quitanderas- que viajan en las carretas se dedican a satisfacer las necesidades sexuales de los solitarios hombres que ven en la carne nueva un motivo para abandonar durante unos minutos su miserable existencia. Matacabayo asumirá el negocio como propio prescindiendo de la excusa del circo, y se lanza a la llanura con el único propósito de explotar a esas pobres mujeres.

Es extraño que durante mucho tiempo se pensara en Uruguay que estas quitanderas existieron en la realidad, y que Enrique Amorim no había hecho más que transcribir una realidad conocida. Leyendo atentamente el texto encontramos, sin embargo, un mundo de alucinación, sangre y violencia que difícilmente pudo existir. La vida del gaucho, de las aldeas perdidas de los campos uruguayos, está completamente transformada, dinamitada, por una visión envilecida, supersticiosa y fatídica que fue cobrando cuerpo durante los años en los que Enrique Amorim fue sumando relatos y más relatos al primero original, que terminaría formando una novela que conoció seis ediciones hasta su texto definitivo en 1952, 29 años después de ser publicado el cuento de Las Quitanderas.

Insistimos en que estos relatos, si bien conservan una atmósfera común, están protagonizados por personajes que aparecen y desaparecen en pocas páginas, o que regresan al texto de forma intermitente, salpicando con su presencia otras historias en las que ya no son protagonistas. En algunos casos son estampas sueltas, generalmente narraciones de una brutalidad siniestra, que se alternan con una historia, medio hilvanada, que se retoma cuando le parece bien al autor y que sirve para dotar de unidad temática a la obra.

La genialidad de Amorim fue convertir el libro en un icono, en una referencia verosímil de un mundo aparentemente perdido, marginal, que estaba en el ideario del uruguayo, un mundo del que se sabía algo por alusiones inciertas pero del que no se conocía verdaderamente nada. Amorim inventó una realidad, construyó un mito a partir de materiales de derribo. En la muy urbana Uruguay supo captar la curiosidad o el morbo del ciudadano medio, una especie de cruda leyenda de episodios que parecían llenar el imaginario popular de un sabor pintoresco, de vivos colores, elevado por encima de su directo significado por una gracia casi sensual que además estaba aderezada por una descripción sexual y dolorosa en las que tiernas criaturas tenían que sobrevivir a la oscura perversión de la servidumbre humana. En La carreta todo era inventado, pero merecía ser cierto”.

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