Veíamos al abuelo encerrarse en su escritorio y hacer notas en aquel cuaderno, gastado por el paso del tiempo. La curiosidad nos llevaba a preguntarle a cada momento: ¿Qué es lo que escribes abuelo? A lo que contestaba que escribía sobre una gran herencia que nos legaría. Corría el tiempo, nosotros crecíamos y el abuelo seguía escribiendo sus notas.

¡Cuánto entusiasmo le ponía a la tarea!
Los primos mayores, tal vez movidos por algún interés monetario decían que estaría redactando su testamento, hacían conjeturas sobre lo que encontrarían dentro de esas páginas misteriosas. Los más chicos concebíamos todo como un juego y hacíamos apuestas sobre qué cosas diría en ese extenso diario.
Las pocas veces que pudimos sonsacarle algo nos hablaba de una espléndida joya y él se veía como un fino joyero que va moldeando su pieza. ¡Ya está! Dijeron todos, el abuelo ¡está senil!
Por cierto tiempo perdimos interés en aquella enigmática libreta y hasta llegamos a ignorarla. El tiempo transcurrió por sus carriles normales hasta que un día la vida del abuelo llegó a su fin.
Luego de despedirlo como él deseaba, fuimos todos tras el intrigante cuaderno. Pegada a su tapa había una muy escueta nota que decía: Este joyero aficionado les deja su joya más preciada: la historia de su vida.

(Texto premiado en la red internacional Versos Compartidos).
«Tríptico por la muerte de la Prof. de Arte Escénico Nydia S. Arenas», un poema de Nidia di Giorgio
Etérea desflecada
corola al viento.
Lengua sin palabra.
Nácar esparcido
puñadito de nieve
