Después de varios días de calor sofocante, la lluvia trajo alivio. Aunque la temperatura bajó durante la mañana, hacia la tarde y la noche la humedad volvió a sentirse con fuerza, y muchos agradecían, al menos, que el sol no volviera a asomar.
También dejó en evidencia problemas que en jornadas de sol no resultan tan visibles.
Caminar por algunas veredas se volvió casi imposible. Baldosas rotas, flojas o directamente levantadas se convierten en un riesgo cuando el agua cubre todo y no se distingue dónde se pisa. Los charcos esconden desniveles y cada paso puede terminar en una torcedura o en una caída. No es un detalle menor: por esas veredas transitan a diario personas mayores, trabajadores, estudiantes y vecinos que simplemente intentan desplazarse con normalidad.
El estado de las veredas no es nuevo ni depende de una tormenta puntual. Es un problema de mantenimiento y control que se arrastra desde hace tiempo. La lluvia solo lo hace más evidente y expone una realidad que muchos padecen todos los días.
Otro punto crítico son las paradas de ómnibus. Cuando el calor es extremo, muchas no ofrecen sombra suficiente. Cuando llueve fuerte, no brindan resguardo adecuado. Techos deteriorados, falta de cerramientos laterales o estructuras insuficientes hacen que quienes dependen del transporte público deban esperar bajo el agua o soportando temperaturas agobiantes.
La lluvia no crea los problemas, los expone. El alivio por el descenso de temperatura no debería hacernos perder de vista que hay cuestiones pendientes que requieren soluciones concretas y rápidas.





