Columnas De Opinión
Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti
Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti
Abogado y docente uruguayo especializado en derecho informático, nacido en Fray Bentos en 1978. Egresado de la Universidad de la República, es expresidente de la Asociación de Abogados de Salto, autor de publicaciones nacionales e internacionales sobre derecho informático, y miembro de la Federación Iberoamericana de Asociaciones de Derecho e Informática. También está comprometido en actividades sociales y voluntariado, habiendo sido miembro directivo de los Clubes de Leones de Salto, y es un activo defensor de derechos a través de su práctica legal.

Violencia vial: muerte de delivery reabre debate

Cuando la urgencia mata: violencia vial y la muerte de un delivery

La noticia de un trabajador de delivery fallecido en el tránsito vuelve a sacudir —por un instante— la sensibilidad pública. Luego, como tantas otras veces, el impacto se diluye y la rutina continúa. Pero el problema no desaparece. Permanece, constante, en cada esquina, en cada semáforo ignorado, en cada moto que circula contra el tiempo.

Uruguay enfrenta una forma de violencia que no siempre reconocemos como tal: la violencia en el tránsito. No tiene la espectacularidad del delito, pero sí una regularidad alarmante. Muertes evitables, lesiones graves, familias quebradas. Y, sin embargo, persiste una peligrosa naturalización.

El tránsito se ha convertido en un espacio de riesgo cotidiano donde confluyen imprudencia, falta de control y una cultura vial debilitada. Exceso de velocidad, distracciones, irrespeto a las normas básicas: conductas que no son excepcionales, sino frecuentes. En ese contexto, hay un grupo particularmente expuesto: quienes trabajan en el reparto.

El delivery es hoy una pieza central del engranaje urbano. Pero detrás de esa inmediatez que el consumidor valora, existe una lógica exigente: más entregas en menos tiempo. Esa presión —económica y operativa— empuja a muchos trabajadores a asumir riesgos permanentes. No es solo una cuestión de conducta individual; es un sistema que incentiva la velocidad y penaliza la demora.

Cuando ocurre una muerte, la primera reacción suele buscar un responsable directo: el conductor imprudente, la maniobra indebida, la fatalidad. Pero la pregunta de fondo es más compleja: ¿estamos ante un accidente o ante la consecuencia de un modelo que expone sistemáticamente a determinados trabajadores?

Hablar de “accidente” empieza a resultar insuficiente cuando los hechos se repiten con una frecuencia que los vuelve previsibles. Y lo que es previsible, es evitable.

Aquí aparecen responsabilidades compartidas. Del conductor, sin duda. Pero también del Estado, en su rol de regulación, fiscalización y prevención. Y de un sistema laboral que, bajo la apariencia de flexibilidad, muchas veces encubre precariedad y ausencia de protección real.

La muerte de un delivery no es un hecho aislado. Es el síntoma más visible de un problema estructural. Un problema que combina tránsito desordenado, condiciones laborales frágiles y una sociedad que se acostumbró a convivir con el riesgo.

Uruguay ha avanzado en normativa vial, pero los resultados muestran que no alcanza. Se necesita más que leyes: se requiere control efectivo, educación sostenida y una revisión seria del funcionamiento de las plataformas digitales y su impacto en la seguridad.

Pero, sobre todo, se necesita asumir que esto también es violencia. No la violencia intencional del delito, sino una violencia que surge de la negligencia, de la omisión y de la indiferencia.

Cada vez que un trabajador muere en el tránsito, la pregunta no debería ser solo cómo ocurrió. Debería ser por qué sigue ocurriendo.

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