Violencia en adolescentes: advierten sobre su vínculo con entornos familiares marcados por la violencia doméstica

La Licenciada en Trabajo Social Adriana Miraballes, especialista en violencia de género y actual coordinadora del área de Género del gobierno de Salto, puso el foco en los recientes hechos de violencia protagonizados por jóvenes y adolescentes, subrayando la necesidad de comprenderlos desde una mirada integral que contemple las trayectorias de vida y los contextos familiares en los que se desarrollan.

En diálogo con este medio, Miraballes sostuvo que “no podemos analizar los episodios de violencia juvenil de forma aislada, como si surgieran de la nada. Existe un entramado profundo de experiencias previas, muchas veces marcadas por la violencia en el hogar, que impactan directamente en la construcción subjetiva de niñas, niños y adolescentes”.

La especialista remarcó que la violencia hacia mujeres, niños, niñas y adolescentes debe entenderse como un fenómeno estructural, arraigado en lo sociocultural y reproducido a lo largo del tiempo. En este sentido, explicó que quienes crecen en entornos violentos no son meros testigos, sino víctimas directas. “Presenciar violencia hacia la madre es una de las formas más graves de maltrato psicológico. Esas vivencias dejan huellas profundas y condicionan la manera en que se vinculan con otros y con el mundo”, afirmó.

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Miraballes detalló que en estos contextos es frecuente que se desarrollen síntomas asociados al estrés crónico: miedo, ansiedad, tristeza, culpa e inseguridad. A su vez, pueden aparecer conductas como el aislamiento, el silencio, dificultades en la socialización o, en el otro extremo, respuestas de enojo, agresividad y problemas de conducta. “Muchas veces lo que la sociedad ve como violencia juvenil es la expresión de un dolor que no ha sido atendido a tiempo”, explicó.

Desde su experiencia profesional, también advirtió sobre los procesos de adaptación que desarrollan las mujeres que atraviesan situaciones de violencia. “Se generan mecanismos como la negación, la minimización o la justificación de lo que ocurre. Esto no solo dificulta la salida de la situación, sino que impacta en el entorno familiar, especialmente en hijos e hijas”, señaló.

En ese marco, subrayó que la naturalización de la violencia y la falta de redes de apoyo profundizan los daños. “Cuando no hay contención, cuando la mujer siente que no puede modificar su realidad, se instala un proceso de indefensión. Y eso repercute en toda la dinámica familiar”, indicó.

Consultada sobre los hechos recientes que involucran a adolescentes, Miraballes fue enfática: “Como sociedad debemos preguntarnos si estamos dispuestos a mirar más allá del acto en sí. No se trata de justificar conductas, pero sí de comprenderlas para poder intervenir de manera efectiva”. En ese sentido, llamó a evitar discursos simplistas que responsabilizan exclusivamente a los jóvenes, sin considerar las condiciones que los atravesaron desde la infancia.

Asimismo, destacó la importancia de políticas públicas integrales que aborden la violencia desde la prevención, el acompañamiento y la reparación. “Necesitamos trabajar con las familias, fortalecer las redes comunitarias y garantizar espacios de escucha para niñas, niños y adolescentes. Llegar tarde implica intervenir cuando el daño ya está instalado”, sostuvo.

Miraballes también hizo hincapié en la necesidad de formación y sensibilización a nivel social. “Todavía persisten creencias muy arraigadas que invisibilizan o justifican la violencia. Desmontar esos discursos es clave para avanzar”, afirmó.

Finalmente, advirtió que los indicadores actuales configuran un escenario de alerta. “Lo vemos en las estadísticas y en el día a día. No podemos seguir mirando para otro lado. Cada hecho de violencia protagonizado por adolescentes nos interpela como sociedad y nos obliga a revisar qué estamos haciendo o dejando de hacer, desde mucho antes”.

En esa línea, la especialista subrayó que el abordaje de la violencia en adolescentes requiere necesariamente de una mirada interinstitucional que articule educación, salud, justicia y políticas sociales. “No alcanza con intervenir cuando ocurre el hecho; es fundamental detectar señales tempranas, trabajar en la prevención y sostener procesos de acompañamiento a largo plazo”, explicó. También remarcó el rol clave de los centros educativos como espacios de detección y contención, donde muchas veces emergen las primeras manifestaciones del malestar.

Miraballes señaló que la repetición de patrones violentos no es inevitable, pero sí altamente probable si no existen intervenciones oportunas. “La violencia se aprende, pero también se puede desaprender. Para eso es necesario generar otras referencias, otros modelos vinculares que habiliten formas más saludables de relacionarse”, indicó. En ese sentido, destacó la importancia de fortalecer habilidades socioemocionales desde edades tempranas, promoviendo la expresión de emociones, la resolución pacífica de conflictos y la construcción de vínculos basados en el respeto.

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