(EFE).- Una comediante y un famoso chef que se reinventaron para subsistir; un centro cultural que fundó una olla popular para mitigar el hambre; y médicos que, pese al estrés y los miedos, se enfrentan al enemigo invisible. Todos ellos protagonizan un año de covid-19 en Uruguay, que afronta su momento más duro.
Estas historias de vida son una pequeña muestra de cómo esta enfermedad afecta al país suramericano desde el 13 de marzo de 2020 -cuando se detectaron los primeros 4 casos- hasta la actualidad, cuando Uruguay afronta lo que muchos expertos consideran la segunda ola, con récord diario de contagios (1.366 este viernes), 69.074 acumulados, 9.758 activos, 110 en cuidados intensivos y 689 muertes.
Tras ser un ejemplo mundial durante los primeros nueve meses de pandemia, Uruguay fue el último país suramericano en iniciar el plan de vacunación -más de 190.000 personas ya recibieron la primera dosis de CoronaVac o Pfizer- y encara desafíos económicos y sociales como otra faceta de la crisis sanitaria.
COMPROMISO CONTRA EL HAMBRE
La necesidad de un plato de comida, principalmente para personas en situación de calle o familias afectadas por pérdida de empleo, motivó la creación de ollas populares en todo el país.
Gustavo Zidán, destacado gestor cultural uruguayo que actualmente encabeza el Centro Cultural Terminal Goes, ubicado en Montevideo, relata a Efe que, desde hace 38 sábados -este será el 39-, lleva adelante una olla a la que acuden, semanalmente, al menos 100 personas.
«Es un compromiso muy importante porque ya hay generada una expectativa y, para nosotros, terminar la jornada habiendo podido darle un plato de comida a todo el que llega es algo que nos genera mucha adrenalina y, por supuesto, cuando logramos llegar a esa demanda que se da ese sábado es un alivio muy fuerte», enfatiza.
Las ganas y el compromiso por las horas de trabajo dedicadas son un motivo de orgullo para Zidán, quien sostiene que todo ello es gracias a vecinos del barrio y empresas donantes, que se pusieron al hombro el mantenimiento de la iniciativa al aportar alimentos o utensilios.
«Hasta que haya demanda, estamos muy fuertes en sostenerla. Se ha ido consolidando. Uno no ve en el horizonte que esta situación se vaya a destrabar en el corto plazo; entonces nosotros estamos preparados para sostenerla todo lo que sea necesario», señala.
REINVENTARSE
Pese a que Uruguay nunca decretó un confinamiento obligatorio, el teletrabajo, ciertas restricciones de movilidad y el cierre de fronteras para el turismo provocaron la quiebra de muchos negocios… O, al menos, la reinvención para subsistir.
Tal es el caso del afamado cocinero Hugo Soca y la comediante Pabla De Pena, quienes buscaron estrategias para seguir tras cerrar sus emprendimientos.
«Cuando se declaró la pandemia lo primero que hice fue cerrar el restaurante Tona -de gran prestigio en Montevideo-. Fue un poco bajar a tierra, no entrar en ansiedad ni en desesperación y pensar en reinventarse y renovarse porque era lo que esta pandemia generaba», comenta a Efe Soca.
Ello lo llevó a transformar su local en un almacén, algo «más popular» donde la gente pueda ir, comer y llevarse cosas a casa.
También aprovechó para ofrecer cursos virtuales de cocina, en los que tuvo 600 alumnos por mes, con el objetivo de motivar a la gente a cocinar «casero, rico y sabroso».
De Pena es contadora pública y comediante. Además, en la ‘vieja’ normalidad, regentaba con su esposo un salón de fiestas infantiles. La pandemia les hizo cerrar pero no los detuvo: comenzaron a hacer animaciones virtuales para niños, cajitas de desayunos y meriendas y vendieron pizzas.
Ante la limitación de las fiestas, De Pena «le cambió el collar al perro» y donde antes había niños correteando y jugando ahora hay adultos viendo sus espectáculos de ‘stand-up’ mientras toman algo. «No bajamos los brazos, esa es la verdad», asegura.
