Un texto que responde desde la historia y el sentido común a las declaraciones de un legislador argentino, reafirmando la soberanía uruguaya y cuestionando el uso de la provocación como estrategia política.

Las recientes declaraciones del diputado provincial argentino Agustín Romo, insinuando que Uruguay sería o podría convertirse en “una provincia argentina” dentro de un supuesto “imperio”, no merecen un debate diplomático profundo, pero sí una respuesta clara desde el sentido común y la historia.
Uruguay no es una ocurrencia de redes sociales ni una ironía mal calculada.
Es un Estado soberano, con identidad propia, con instituciones republicanas consolidadas y con una historia marcada precisamente por la defensa de su autonomía frente a proyectos hegemónicos, vengan de donde vengan. La independencia oriental no fue un accidente ni un error corregible con sarcasmo digital: fue una decisión política, social y cultural que lleva casi dos siglos de vigencia.
Que un legislador provincial recurra a referencias expansionistas, aunque luego se intente disfrazarlas de humor, revela más liviandad que convicción ideológica. En tiempos donde la política regional enfrenta desafíos reales —economía, integración, desarrollo y convivencia democrática— resulta preocupante que algunos actores elijan el camino de la provocación infantil para ganar visibilidad.
Uruguay mantiene con Argentina una relación histórica de hermandad, cooperación y respeto mutuo, construida sobre la base de Estados soberanos, no de fantasías imperiales. Esa relación se fortalece con diálogo serio, no con frases altisonantes ni con provocaciones que no representan a los pueblos.
Este país no necesita responder con gritos ni con agravios. Le alcanza con reafirmar lo que es: una república independiente, respetada internacionalmente, y suficientemente madura como para no tomarse en serio a los payasos que confunden la política con un espectáculo.
Uruguay es soberano. Y no está en venta, ni en broma. GECS.




