
Dialogamos con Nilsa González, de 78 años, una mujer cuya vida está atravesada por la pasión, la constancia y un amor inquebrantable por el arte y el carnaval. Su historia no comenzó en escenarios internacionales ni en grandes pasarelas, sino en la infancia, cuando —impulsada por una herencia familiar profundamente artística— organizaba grupos de niñas para bailar y dirigir coreografías con apenas 3 años.
A los 5 ya desfilaba en los corsos de Plaza de Deportes. Creció entre artistas, cantantes y músicos, y encontró en el carnaval no solo un espacio de expresión, sino también una forma de superación. A los 15 años fue elegida reina en la primera elección realizada en el CRES, y desde entonces nunca más se bajó de una carroza.
En un contexto de recursos económicos escasos, desfilar fue también la puerta de entrada a los bailes que tanto disfrutaba. Para Nilsa, el carnaval es mucho más que una fiesta: es alegría colectiva, encuentro familiar, cultura viva y ejercicio del cuerpo y del alma.
Tras cumplir 70 carnavales consecutivos, realizó un cierre simbólico en el escenario Víctor Lima, donde recibió un reconocimiento por su trayectoria. Pero lejos de retirarse, inició una nueva etapa: el modelaje y la pasarela internacional. Con esfuerzo absolutamente personal, ha representado la cultura afro, el candombe, la tradición y el arte uruguayo en distintos países de Latinoamérica, obteniendo coronas y distinciones en Argentina, Ecuador, Colombia y otros destinos.
Cada traje que luce es diseñado y confeccionado por ella misma. Detrás de cada corona hay sacrificio: viajes costeados de su bolsillo, ventas personales para financiar telas y traslados, y el orgullo de llevar la bandera uruguaya a cada escenario.

¿Cómo comienza y qué la motiva a iniciarse en el mundo del arte?
—Realmente lo que me motiva son los genes que traigo. Vengo de una familia de artistas, cantantes y músicos. Eso en algún momento resurge y nos impulsa. Desde los 3 años formaba grupos de niñas y bailábamos dirigidas por mí porque me encantaba. A los 5 años ya desfilaba en los corsos de Plaza de Deportes.
Después, ¿cómo continúa? ¿Se presenta en alguna elección de reina del carnaval?
—Seguí desfilando siempre en Carnaval y a los 15 años me presenté a la primera elección de reinas en el CRES. Fui seleccionada reina. Desde entonces nunca más me bajé de una carroza. Como mis recursos eran escasos, esa era la forma de llegar a los bailes que tanto me gustaban, participando como reina en todos los desfiles.
¿Qué significa el carnaval para usted?
—Es una pasión. Es una gran manifestación de alegría cultural y social que invita a la familia a salir a la calle y participar. También es una forma de ejercitar el cuerpo, hacer ejercicio escuchando música y haciendo lo que a uno le gusta.
Vemos muchas bandas sobre la mesa y usted también lleva varias puestas. ¿Cuál es la historia detrás de estos reconocimientos?
—Lo que más hice fue Carnaval. En 2019 cumplí 70 carnavales y decidí hacer un cierre. En el escenario Víctor Lima me entregaron un reconocimiento. Ese mismo año surgió “Las Primeras Figuras del Carnaval” y fui elegida una de ellas. Entonces pensé que era momento de iniciar otro rubro, porque no sé estar quieta.
—Decidí comenzar en el mundo de la pasarela. Me fui a Tucumán, Argentina, porque sentía que en Uruguay no me valoraban como artista. Allí obtuve seis o siete premiaciones. Argentina me ama, y desde allí comenzó mi gira por Latinoamérica representando la cultura afro, el candombe y la tradición.
—Además de representar arte, turismo y cultura, realizo disertaciones sobre la historia afro desde sus comienzos hasta hoy. Todo lo hice con recursos personales. Nunca tuve apoyo departamental ni privado.
—Vendí coches, motos, todo lo que tuve, pero cumplí sueños. En Medellín recibí un legado de oro por mi trayectoria y fui elegida Dama Gold de las Américas. Yo salí de mi país como Dama de Oro y me propuse llegar al oro máximo. Hasta que no lo logre, no voy a parar, aunque tenga 80 años.
—También recibí Honor al Mérito en Colombia, Reina de Reinas y Señora Inspiración en Ecuador, y el título de Orgullo Nacional. Todo lo pagué yo: hotel, comida, traslados. No traigo dinero, traigo honor. Y el honor no se compra ni se vende, se gana en la pasarela.
—En pocos días viajo a Iquitos, en Perú, para participar como Reina del Mundo de la Amazonía. Luego regresaré a Colombia, a Cartagena de Indias, por el título Dama de Oro de las Américas del Norte y del Sur.
—Los trajes los confecciono yo misma. Es una gran responsabilidad porque en primera fila siempre hay modistos de alta costura. Eso me obliga a superarme en cada detalle.
—Muchos no saben lo que hago porque soy perfil bajo. Me ven como la señora que vende caramelos en la plaza. Pero detrás hay ilusiones, proyectos y sacrificios. Cada persona que compra un caramelo me está ayudando a representar a mi país. Me siento orgullosa cada vez que presento la bandera del Uruguay en el exterior.
¿Qué opina su familia sobre todo esto?
—Tengo un solo hijo. Él quiere que yo sea feliz y que haga lo que me gusta. Quizás no esté del todo tranquilo cuando viajo sola y tan lejos, pero se siente orgulloso cuando regreso con trofeos y reconocimientos para la patria.
—Trato de empoderar a la mujer con mi ejemplo. Que sepan que la edad no es un límite, que nunca digan no puedo. Las mujeres no estamos solo para la cocina o el quehacer diario. Somos valiosas, podemos prepararnos y llegar muy alto si lo deseamos. Es cuestión de quererlo y trabajar para que el sueño se haga realidad.






