Columnas De Opinión
Victor Pacin Freire
Victor Pacin Freire
Coach Profesional certificado en Coaching Ontológico (CIC, España y Uruguay), con amplia formación en seguridad vial, desarrollo personal, PNL, trabajo en equipo y resolución de conflictos. Cuenta con más de seis mil horas de experiencia en coaching ejecutivo y de equipos, así como en capacitación en instituciones públicas y privadas, especialmente en temas de tránsito, liderazgo y comunicación. Integra redes internacionales de coaches y forma parte de la Comunidad Uruguaya de Coaching.

Tránsito en Salto: educación contra la estadística II

Una columna advierte que la siniestralidad vial no puede reducirse a cifras: exige educación, control y análisis para humanizar el tránsito.

Imagen generada con IA

“LA INTEGRIDAD ES HACER LAS COSAS BIEN AUNQUE NO TE ESTEN MIRANDO”

La complicidad del silencio: Cuando la inacción se vuelve política de Estado

Si la estadística es el velo, el silencio es la estructura que lo sostiene. ¿Por qué, ante una masacre que se repite con puntualidad quirúrgica en nuestras esquinas, el Estado elige la opacidad en lugar de la verdad? La respuesta es tan dolorosa como reveladora: el silencio es el escudo de los irresponsables.

Cuando las autoridades se niegan a brindar información clara, precisa y desglosada sobre los siniestros, no están protegiendo la privacidad de las víctimas ni la sensibilidad de la población; están protegiendo su propia integridad, o más bien, la carencia de ella. Ocultar los datos reales —el «por qué» profundo detrás de cada impacto— es un acto de soberbia institucional. Es una decisión deliberada de mantenernos en la oscuridad para que nadie pueda señalar la negligencia en el diseño de las calles, la falta de fiscalización o la ineficiencia de las políticas públicas.

El costo ético de mirar hacia otro lado

La honestidad no es solo un valor personal; es un requisito fundamental para cualquier servidor público. Sin embargo, en el tránsito, la ética parece haber sido desplazada por una forma sutil de cobardía política. Cuando un funcionario elige no informar, no investigar a fondo o no transparentar las causas reales de una muerte, está validando la tragedia. Está diciendo, sin palabras, que la vida de ese ciudadano no valía lo suficiente como para arriesgar el prestigio de su gestión.

¿Dónde está la integridad cuando se prefiere la «calma» de la ignorancia pública por sobre la verdad incómoda? Al no dar información, el Estado no solo nos quita el derecho a saber; nos priva de la capacidad de exigir soluciones reales. Nos dejan huérfanos de respuestas, obligándonos a aceptar el caos como si fuera una ley de la naturaleza y no la consecuencia directa de una planificación ausente.

El desafío a la transparencia

La falta de información es el síntoma definitivo de un sistema que ha perdido su brújula moral. Un Estado que no rinde cuentas sobre cómo y por qué muere su gente es un Estado que ha roto el contrato social más básico: el deber de protección. No hay transparencia cuando los datos se guardan en un cajón, cuando se maquillan informes para que la realidad no golpee la puerta de las oficinas gubernamentales.

Exigir la verdad no es un capricho; es un ejercicio de dignidad. Es negarnos a ser tratados como números en una planilla que alguien decide cuándo borrar y cuándo exponer. La integridad de los responsables se mide en su capacidad de mirar de frente a los familiares de las víctimas y decir la verdad, sin rodeos, sin términos técnicos que suavicen el dolor y sin excusas que desvíen la culpa hacia la «falta de cultura» de quienes ya no están.

El silencio del Estado no es paz, es complicidad. Cada vez que se cierra la puerta a la información, se abre una herida en la integridad de nuestras instituciones.

La educación «parche»: El simulacro de la preocupación

Cuando tratamos la educación vial como una charla ocasional, un folleto de fin de semana o una campaña publicitaria efímera, estamos haciendo «educación de vitrina». No es pedagogía, es cosmética política. Convertirla en una materia curricular obligatoria, transversal y con peso académico —como lo es matemáticas o historia— implicaría admitir que la vida está en juego cada vez que salimos a la calle.

¿Por qué no lo hacen? Porque el conocimiento es poder. Un ciudadano educado en seguridad vial no solo conduce mejor; es un ciudadano que cuestiona. Un ciudadano que entiende la física, la normativa y la responsabilidad civil es un ciudadano que va a señalar al funcionario cuando la calle esté mal diseñada, cuando la señalización falte o cuando el control sea inexistente. La ignorancia, en cambio, es dócil. Un pueblo que ignora cómo funciona el tránsito es un pueblo que culpa al destino y no al Estado por sus muertos.

La comodidad del semáforo en rojo: La psicología de la impunidad

Tienes razón al preguntarte si nos hemos acostumbrado a la impunidad. El paso en rojo no es solo una infracción técnica; es un acto de reafirmación egocéntrica. Al ignorar la norma, el conductor le dice al resto: «Mi urgencia vale más que tu seguridad».

Esto se sostiene por dos patas que, juntas, forman el motor de nuestro fracaso:

  1. La percepción de falta de consecuencia: Si la multa no se cobra, si no hay control real y si la sanción es un chiste burocrático que termina en el olvido, el sistema educativo y punitivo colapsa. Cuando la norma no tiene dientes, se vuelve una sugerencia. Y el ser humano, ante una sugerencia que incomoda, elige su propia conveniencia.
  2. El cinismo compartido: Nos acostumbramos porque vemos a otros hacerlo y no pasa nada. Se genera un pacto de silencio implícito. Si yo te permito romper la regla a ti, tú me permites romperla a mí. Es un contrato social de baja estofa donde el respeto a la vida ha sido reemplazado por la ley del más fuerte (o del más apurado).

¿Se busca ocultar la verdad?

La pregunta de si no quieren que sepamos la verdad es la más punzante. La realidad es que la transparencia es peligrosa para quien no quiere rendir cuentas. Si el Estado publicara cada mes un mapa real de los siniestros, detallando causas, condiciones de la vía y el grado de responsabilidad institucional, el costo político sería insoportable.

  • Es más fácil decir «fue un error humano» (y lavarse las manos), que admitir que una rotonda mal diseñada, una falta de iluminación crónica o la falta de fiscalizacion permitieron que ese error terminara en un funeral.
  • Es más barato pagar la inacción que financiar una verdadera transformación en la infraestructura y en la educación de largo plazo.

El círculo vicioso: La falta de pago y el desprecio por la norma

Menciono algo clave: la multa que no se paga. Hemos llegado a un punto de degradación donde la multa no es una herramienta de corrección, sino un impuesto al riesgo. Para muchos, pagar una multa —si es que llega— es simplemente un costo operativo. Y para el sistema, es una forma de recaudar sin tener que educar.

No es que «no podamos» cambiarlo. Es que cambiarlo requiere honestidad brutal. Implica aceptar que el Estado ha sido negligente en la formación y en el control, y que la sociedad ha aceptado la muerte como un daño colateral de su egoísmo.

La pregunta que nos debemos hacer frente al espejo es: ¿Somos víctimas de un sistema inoperante, o somos cómplices de un sistema que nos permite ser los dueños de la calle mientras nadie nos mire?

El cambio no vendrá de una ley escrita en un despacho, vendrá cuando el ciudadano entienda que cada vez que ignora una norma, está ayudando a construir el escenario donde él mismo, o alguien que ama, será el próximo número en la estadística que tanto criticamos.

Mi análisis toca la fibra más sensible de nuestra estructura social: la institucionalización de la impunidad. La pregunta de fondo no es por qué no tenemos educación vial, sino por qué nos beneficia, como sociedad y como sistema, no tenerla.

Apuntar a quienes sí quieren el cambio no se hace porque el sistema teme a la masa crítica. Un grupo de ciudadanos educados, conscientes y organizados es peligroso para los intereses de quienes gestionan el caos. Si empezamos a exigir en bloque, se termina la impunidad; si empezamos a auditar la infraestructura, se termina el negocio de la desidia; si formamos a los niños, se termina el ciclo de la ignorancia en una generación.

 Un llamado a la verdad sin anestesia:

Conclusión: El fin de la tregua con la muerte

Basta de eufemismos. Basta de llamar «cultura vial» a la falta de educación y «fatalidad» a la negligencia absoluta. Estamos ante una crisis de integridad que nos atraviesa como sociedad, donde el Estado ha preferido el silencio cómplice antes que el ejercicio de su responsabilidad, y donde el conductor promedio ha confundido la libertad con la impunidad.

Apuntar a quienes quieren el cambio es el único camino que nos queda, pero debemos entender una verdad incómoda: el cambio no vendrá desde arriba hacia abajo, porque los que hoy ocupan los lugares de poder se benefician de nuestra resignación. La transformación debe ser un acto de rebeldía colectiva. Debe ser el grito de esa mayoría que, harta de contar cadáveres, decide que el tránsito es el territorio donde se defiende la vida, no el lugar donde se la rifa por un segundo de ventaja.

Es momento de desmantelar la mentira. La educación no es un taller, no es un folleto, no es una charla para salir del paso. La educación es la base técnica y ética que se impone desde la infancia, que se fiscaliza con rigor implacable en la edad adulta y que, sobre todo, no negocia con la vida. Si alguien no está dispuesto a vivir en sociedad, si su egoísmo está por encima de la integridad física del otro, ese individuo debe ser inhabilitado. No hay espacio para la tolerancia con quien desprecia la vida ajena detrás de un volante.

Hoy, la honestidad es un acto revolucionario. Debemos dejar de aplaudir la «viveza criolla» y empezar a condenar la negligencia como lo que es: un crimen contra el tejido social. La próxima vez que veas un semáforo en rojo ignorado, una calle sin señalización o un funcionario mirando hacia otro lado, no mires hacia abajo. Mira de frente. Porque esa muerte que no sucedió hoy, pero que está acechando en la esquina, es responsabilidad de todos nosotros.

El tránsito no es solo un caos incontrolable; es el espejo de nuestra propia degradación moral. O empezamos a exigir una política de Estado seria, técnica y humana, o seguiremos siendo cómplices de una masacre que, a diferencia de los accidentes, se pudo haber evitado.

La pregunta no es si podemos cambiar. La pregunta es si todavía tenemos la valentía necesaria para dejar de ser una sociedad que mata para empezar a ser una que se respeta.

El cambio comienza cuando la impunidad deja de ser cómoda y el valor de la vida vuelve a ser, por fin, el eje de nuestro movimiento.

 La sanción punitiva (el radar y la multa) es la medicina de quien ya ha fracasado en la educación. El radar es el testimonio mudo de que como sociedad perdimos la capacidad de autorregularnos. El Estado, al no querer (o no saber) educar, se limita a recaudar sobre el error, y el infractor, al no entender el valor de la vida, solo ve en la multa un «impuesto al apuro».

La última frontera: El coraje de la incomodidad

Hemos delegado nuestra seguridad en máquinas y papeles, y el resultado es el que vemos: seguimos enterrando gente mientras los responsables nos piden «más prudencia» en spots publicitarios que nadie escucha. Pero la solución no está en el radar escondido, ni en la multa que llega tarde y se paga con desdén. La solución está en la cara del vecino que nos mira con odio cuando le exigimos que pare, que ceda el paso, que respete.

Rebelarse ante el infractor es el acto de civismo más olvidado y, a la vez, el más necesario. Si la mayoría silenciosa sigue callando por miedo al insulto, por esa falsa «paz» de no querer problemas, le estamos regalando la calle a los que no tienen límites. Estamos dejando que el que viola la norma se sienta el dueño de la vía, mientras nosotros nos encerramos en nuestra propia impotencia.

Pagar el precio de la incomodidad es el primer paso hacia la libertad. Sí, te van a insultar. Sí, se van a enojar. Te llamarán «exagerado» o «metido». Que lo hagan. Porque ese enojo es el síntoma de que algo está cambiando: por primera vez, el que rompe la norma siente que su impunidad ya no es absoluta, porque hay alguien —un par, un ciudadano de a pie— que le está recordando que la calle no le pertenece.

No esperes al Estado. El Estado, con su burocracia ciega, solo pone parches. La verdadera transformación social es horizontal. Cuando un conductor frena ante el reclamo del otro, cuando un grupo de ciudadanos exige iluminación y señalización real, cuando el respeto al semáforo deja de ser un «trámite» y se convierte en una cuestión de integridad personal frente al vecino, entonces, y solo entonces, el tránsito empieza a humanizarse.

Ya conocemos el final del cuento si seguimos esperando que las autoridades mágicamente «tomen cartas en el asunto». Ese cuento termina siempre con más cruces en el asfalto. Es momento de escribir un final distinto, uno donde la autoridad no sea el policía en la esquina, sino nuestra propia convicción de que el otro, el que conduce al lado, es un ser humano cuya vida vale tanto como la nuestra.

Si no estamos dispuestos a incomodarnos para proteger al otro, ¿qué clase de sociedad estamos construyendo? Es hora de dejar de pedir permiso para vivir en una sociedad ordenada. Es hora de recuperar la calle, no con radares, sino con la autoridad moral de quien se sabe dueño de su propio respeto y guardián de la integridad ajena.

SALTO VIENE DE LA NADA MISMA, DE NO HACER NADA DURANTE UNA DECADA, DE NO CUIDAR A NADIE, COMO ESCRIBI EN LA PRIMERA PARTE SEAMOS DIFERENTES, QUE HAGAMOS DE ESTA SOCIEDAD UN EJEMPLO, DEPENDE DE NOSOTROS

La impunidad se alimenta del silencio. La seguridad vial se construye con el coraje de decir basta.


SI QUERÉS SABER CÓMO ES UNA SOCIEDAD,
MIRÁ CÓMO CONDUCE

SINDROME VIAL.

HUMANIZACION DEL TRANSITO

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