Me acomodo la boina, prendo el pucho y miro el horizonte con esa resignación que solo te dan los inviernos acumulados en los huesos. Escuchaba al senador Sergio Botana el otro día y, qué quieren que les diga, sentí ese olor rancio de quien confunde la tradición con el estancamiento. Se llena la boca hablando de adaptación, pero en el mismo suspiro pretende que volvamos a las lógicas de hace casi dos siglos. Mire, senador, la sabiduría no está en los libros que usted cita, sino en entender que el mundo no lo espera a uno para seguir girando. Nada es eterno, ni siquiera ese orgullo de divisa que tanto les infla el pecho.

Hablar de «partidos tradicionales» hoy es como hablar de carruajes en plena autopista. El Frente Amplio ya tiene un cuarto de la vida total de nuestra historia partidaria; ya se sentó en la mesa de los grandes, ya tiene arrugas y ya es, nos guste o no, un partido tradicional más. Menospreciar esa fuerza tratándola como un accidente circunstancial es de una ceguera peligrosa. El Frente es una coalición, y si usted hubiera leído a Tsun Tzu —ese viejo que sabía de guerras más que nosotros de asados— sabría que uno no se tira a pelear solo contra una alianza. Al enemigo que se une, se le responde con unión. No hay otra vuelta.
Aliarse no es suicidarse. ¿Acaso el comunista dejó de serlo por votar con el socialista? No, señor. Decidieron, con la frialdad que da la ambición de poder, que sus coincidencias pesaban más que sus dogmas. Mientras tanto, los de este lado siguen midiéndose el tamaño de la bandera. Las matemáticas son de almacenero, sencillas y crueles: si obligamos al pueblo a elegir entre tres pedazos, el que gane lo hará con un tercio de apoyo. Eso no es gobernar, eso es sobrevivir con una legitimidad de cartón que se dobla al primer viento de paro nacional.
Y no me vengan con el cuento del balotaje. Es una mentira piadosa que nos inventamos para dormir tranquilos. Pensar que se pueden forjar alianzas duraderas, fieles y honestas en apenas treinta días de noviembre es de una ingenuidad que asusta. Lo que no se construyó en cuatro años de picar piedra juntos, no se arregla con una foto sonriente y un abrazo apretado frente a las cámaras un mes antes de las elecciones. La confianza se amasa lento, como el pan, no sale de un microondas electoral.
Es hora de que dejen de mirarse el ombligo colorado o blanco. En este bendito país hoy existen solo dos modelos de gestión, dos formas de entender el mostrador. Punto. La Coalición Republicana no es una opción, es una necesidad biológica si quieren que el país no sea un monólogo de la vereda de enfrente. ¿Y quién manda? ¿Quién pone la música en ese baile? Para eso están las internas, m’hijo. Esos viejos constituyentes de antes, esos que ustedes tanto citan para la tribuna, ya nos dejaron las herramientas.
Las internas son el filtro, el lugar donde se decide el peso de cada uno dentro de un bloque sólido. Ellos sí pensaron en la evolución, porque sabían que la política, como la vida, es cambiar para permanecer. Dejen de soñar con el 1830 y entiendan que el futuro se escribe en equipo, o no se escribe. La vejez me enseñó que el que camina solo llega rápido, pero el que va acompañado llega al gobierno. Despierten, que el sol ya está alto y la historia no perdona a los que se quedan dormidos en los laureles de sus tatarabuelos.





