Vivimos apurados. Corremos para llegar al trabajo, para responder mensajes, para opinar antes que otros. La vida cotidiana parece haberse convertido en una competencia permanente contra el reloj. En ese contexto, la paciencia, virtud silenciosa que ordena vínculos y decisiones, empieza a escasear. Y cuando falta paciencia, aparece la irritación, y cuando la irritación se vuelve habitual, emerge la agresividad.
La aceleración no es solo física, es mental. Las redes sociales han potenciado este fenómeno, todo es inmediato, efímero, urgente. La lógica del “ahora” impone respuestas rápidas, posicionamientos tajantes y emociones intensas. Se opina sin leer completo, se discute sin escuchar, se cancela sin matices. El algoritmo premia la reacción impulsiva y la indignación viraliza más que la reflexión.
Este clima digital no queda atrapado en la pantalla. Se traslada al tránsito, a la fila del supermercado, a la conversación familiar. Se toca bocina con más facilidad, se responde de forma cortante, se interpreta cualquier diferencia como una ofensa. La paciencia, que requiere tiempo y disposición, pierde terreno frente a la inmediatez. Recuperar la pausa es un acto casi contracultural. Implica elegir no contestar de inmediato, verificar antes de compartir, respirar antes de reaccionar.
Tal vez el desafío de esta época no sea hacer más cosas en menos tiempo, sino aprender a detenernos. Porque una sociedad sin paciencia es una sociedad más frágil, más violenta e incapaz de dialogar. Y sin diálogo, la convivencia se resquebraja.




