Entre equívocos, apellidos mal escritos, felicitaciones sin motivo y olvidos cotidianos, una mirada humorística y entrañable sobre la confusión como compañera inseparable de la vida.

La divertida costumbre humana de vivir confundidos
La gente está tan confundida hoy en día que ya uno no sabe si vive en el mundo real o en una gran equivocación colectiva. Hay mañanas en que uno prende la radio, abre el diario, mira las redes sociales y termina con la sensación de que alguien mezcló todos los papeles y después se fue de licencia.
Hasta que por ahí aparece algún personaje diciendo con voz de canilla:
—Guarda que me voy a corromper, las tentaciones son muchas…
Y uno lo escucha y se queda pensando. Porque el hombre tenía un prontuario más frondoso que un monte nativo después de diez años sin hachero.
—¿Por malversación de fondos?
—De fondos, de formas y de frente. Malversaba todo. Hasta los versos del Martín Fierro se los apropiaba. Los recitaba como si los hubiera escrito él. Con eso le digo todo.
Pero me fui por las ramas, cosa que también suele pasar cuando uno llega a cierta edad y la memoria ya no camina, como que deambula, sale a pasear sola. Arranca para un lado y termina en otro. Uno empieza hablando de corrupción y termina recordando el precio del vino en 1978 o aquel penal que erró Ruben Sosa en el mundial del 90, o algún otro del cuadro que cada uno lleva en el alma, siempre hay un pata torcida.
Lo que quería decir es que la gente confunde mucho las cosas. Más que antes. O capaz que siempre fue igual y ahora nos damos cuenta porque hay más maneras de equivocarse.
Conozco a un director de un medio, amigo mío, de apellido Saucedo, a quien cada tanto le llegan cartas dirigidas a Salcedo. Ni siquiera le aciertan al apellido. Y él, que es un hombre educado, las abre igual por las dudas.
Hace poco recibió una nota llena de elogios. «Estimado señor Salcedo: lo felicitamos por la excelente conducción de su programa televisivo…»
El hombre se emocionó hasta las lágrimas. Hacía años que nadie lo felicitaba por nada. Después recordó que el único programa que sigue religiosamente en televisión es el de anotar en un papelito a qué hora pasan las películas viejas para mirarlas después de cenar.
Guardó la carta igual.
—¿Y para qué la guardás?
—Porque tal vez algún día hago televisión.
No era un mal razonamiento. En este país uno nunca sabe cuándo lo nombran director de algo, integrante de una comisión o candidato a una lista.
CUANDO UN NOMBRE NO AYUDA
Me hace acordar a otro colega que dirigía un periódico llamado El Correo. Como el nombre ayudaba poco, medio pueblo pensaba que aquello era efectivamente una sucursal postal. Le dejaban cartas bajo la puerta, paquetes para despachar y hasta una vez apareció una señora preguntando si habían llegado unas medias que le mandaba una prima desde Rivera.
Y no faltó quien se enojara.
—¡Hace dos semanas que espero una encomienda!
—Señora, esto es un diario.
—¿Y qué tiene que ver? ¿No dice Correo en el cartel?
Era difícil discutir semejante lógica.
La mujer se fue convencida de que la estaban engañando. Seguramente todavía anda contando que el Correo perdió sus medias.
CUANDO CONFUNDEN DE MEDIO
Las confusiones periodísticas son un género aparte. Más de una vez me tocó escuchar diálogos de este tipo.
—¿Siempre seguís escribiendo en La Escobilla?
—No, nunca trabajé allí.
—Pero vos no sos el gerente.
—No. Director de otro medio.
—Ah… Yo creía que el director era fulano.
—No, fulano es jefe de Redacción.
—¿Y mengano no hace deportes?
—No, hace sociales.
—¿Cómo que sociales? Si yo lo escuchaba hablar de fútbol.
—Sí, pero hace quince años. Después colgó los botines, la libreta y hasta la radio.
Y el hombre quedaba mirando como quien descubre que Colón no llegó a América sino a la terminal de ómnibus.
La confusión alcanza niveles admirables. Hay quienes invitan al jefe de publicidad a una reunión editorial y al editor político a una cena de marketing. Felicitan al fotógrafo por una nota que escribió el columnista y protestan con el columnista por una foto que sacó el fotógrafo.
Una vez un vecino me detuvo en la calle.
—Lo felicito por el artículo del domingo.
—Gracias.
—Muy bueno.
—¿Qué decía?
—No sé, no lo leí. Pero me dijeron que era suyo.
Y siguió caminando satisfecho, como si hubiera cumplido una misión patriótica.
Lo curioso es que no fue el único. Hay personas que felicitan por reflejo. Como quien saluda al pasar. Lo importante no es saber por qué felicitan. Lo importante es felicitar.
Una vez me encontré con uno de esos optimistas profesionales.
—Excelente lo suyo.
—¿Qué cosa?
—Eso que escribió.
—Hace tres semanas que no escribo nada.
—Bueno, entonces lo anterior.
Y siguió viaje.
CONFUNDIR A VECES ES UN ARTE
En los pueblos chicos las confusiones adquieren dimensiones artísticas. Hay gente que se pasa media vida confundiendo personas.
Conocí un almacenero que durante veinte años llamó Ricardo a un cliente que se llamaba Roberto.
Un día alguien le avisó.
—Mire que se llama Roberto.
—¿Hace cuánto?
—Desde que nació.
—Y bueno, ahora no voy a cambiar.- Y siguió diciéndole Ricardo hasta el día de su jubilación.
También está el caso de los nombres heredados. En algunos pueblos hay tantos José, tantos Carlos y tantos Juan que la gente termina identificándose por características secundarias.
José el Flaco, José el Gordo, Carlos el de la moto, Carlos el del almacén, Juan el que tuvo una Ford del 72, Juan el que se cayó del caballo en la fiesta criolla del 89.
-Y si alguno cambia de moto, de caballo o de almacén, igual conserva el apodo. La historia pesa más que la realidad.
La política tampoco se salva. Hay votantes que pasan cinco años insultando a un dirigente y después descubren que estaban hablando de otro. Otros confunden partidos, listas y candidatos con una soltura admirable.
—Yo voté a ese.
—Pero ese no se presentó.
—Entonces voté al hermano.
—No tiene hermano.
—Bueno, a alguno voté.
Y ahí termina la discusión.
Pero tampoco hay que ponerse exigentes. La intención vale. En el fondo, las confusiones son parte de la vida. El ser humano se equivoca desde que nace. Confunde las llaves, las fechas, los nombres, los equipos de fútbol y, a veces, hasta los matrimonios.
Tengo un amigo que se casó con una melliza. Al principio se preocupaba mucho por distinguirlas. Después, con los años, se fue relajando.
—¿Y nunca te confundís?
—Muy pocas veces.
—¿Y qué pasa cuando te confundís?
—Nada grave.
—¿Seguro?
—Y… depende de quién se dé cuenta primero.
Otra vez me contó:
—Lo importante no es reconocerlas. Lo importante es sobrevivir al error.
Nunca supe si hablaba en serio o si estaba pidiendo ayuda.
Porque al final, pensándolo bien, vivimos rodeados de equívocos. Algunos son inocentes, otros peligrosos y unos pocos, incluso, bastante entretenidos.
Confundimos las noticias con los rumores, la fama con el prestigio, el ruido con la información y la velocidad con la inteligencia. Hay quien confunde tener seguidores con tener amigos.
Hay quien confunde hablar mucho con tener razón. Y hay quien confunde el silencio con la ignorancia, cuando a veces el silencio es simplemente la última defensa que le queda a la sensatez.
Por eso, cuando alguien me confunde con otro periodista, con otro director o con otro apellido, ya ni lo corrijo. Lo saludo amablemente y sigo caminando.
Total, en estos tiempos, encontrar a alguien que sepa exactamente quién es uno resulta mucho más raro que encontrar a alguien confundido.
Y además, para decir la verdad, tampoco estoy tan seguro de quién soy yo algunas mañanas.
Sobre todo cuando busco los lentes durante media hora y los encuentro puestos.
O cuando entro a una habitación y olvido para qué fui.
O cuando me cruzo con alguien que me saluda con entusiasmo y yo sonrío con la esperanza de que sea él quien recuerde quién es.
Porque la confusión, a esta altura de la vida, ya no es una desgracia.
Es una compañera de ruta.
Una vieja amiga que nos toma del brazo, nos cambia los carteles del camino, nos esconde las llaves, nos mezcla los recuerdos y después se ríe bajito desde algún rincón.
Y nosotros seguimos andando.
Confundidos, sí.
Pero andando.






