Silvia Balatti, empresaria, madre y abuela, comparte una historia marcada por el trabajo familiar, la fe, la unión de sus hijos y el valor de los vínculos.

Empresaria, madre de tres hijos y hoy abuela, Silvia Balatti construyó su vida entre el trabajo y el hogar, apostando siempre a un fuerte sentido de unidad familiar. Con una historia marcada por el esfuerzo compartido y la fe, destaca el valor de los vínculos que se sostienen en el tiempo.
La historia de Silvia Balatti está profundamente ligada a la familia. Desde muy joven, junto a su esposo Edgardo, comenzó a construir un camino en común que combinó el crecimiento de un emprendimiento comercial con la crianza de sus hijos, en una dinámica donde el hogar y el trabajo fueron siempre de la mano.
“Nos casamos jóvenes, yo tenía 21 años. En ese momento estaba estudiando profesorado, pero los hijos no llegaron enseguida”, recuerda. Con el paso del tiempo, y aún con una materia pendiente, llegó su primer embarazo, marcando el inicio de una etapa que transformaría sus prioridades.
Tras trabajar algunos años, tomó una decisión que sería clave en su vida, dedicarse de lleno a la crianza. “Sentí que quería quedarme más en casa con ellos”, cuenta. Fue entonces cuando comenzó a involucrarse, de forma paulatina, en el pequeño comercio familiar, que en sus inicios era un almacén.
La maternidad llegó de manera intensa, con sus dos primeros hijos muy seguidos —Martín y Guillermo— y, algunos años después, el nacimiento de Carlitos. “Eran chicos y la verdad que era difícil. Tenía ayuda, pero igual no era sencillo”, señala, destacando el rol fundamental de sus suegros, que vivían cerca y acompañaban en el día a día.
Con el crecimiento de los hijos, también creció la empresa. El almacén se transformó en supermercado y, más adelante, surgieron nuevos emprendimientos, entre ellos uno a su nombre. “Ahí me inserté más en el trabajo, cuando ellos ya estaban más grandes”, explica.
Sin embargo, más allá del desarrollo empresarial, Silvia siempre tuvo claro que el eje estaba en la familia. “Nunca pensamos que los hijos iban a trabajar con nosotros. Cada uno hizo su carrera, se formaron, se fueron a Montevideo”, relata. Guillermo se recibió de contador y Martín de ingeniero agrónomo, mientras el menor, Carlitos, transitaba su propio camino.
Pero el vínculo construido desde pequeños marcó la diferencia. “Siempre nos decían que cuando se fueran no iban a volver, y no fue así. Volvieron todos”, dice con emoción. El regreso de sus hijos a Salto y su integración a la empresa familiar fue, para ella, una consecuencia natural de los valores sembrados.
“Siempre fuimos muy unidos como pareja, y en la educación de ellos estábamos de acuerdo. Capaz que fuimos estrictos, pero hoy ellos mismos lo agradecen”, reflexiona. Esa coherencia, sumada a una fuerte vida familiar, fue clave para mantener los lazos.
Las reuniones familiares fueron, y siguen siendo, un pilar fundamental. “Todos los domingos nos juntamos. Antes era con los abuelos, ahora seguimos nosotros. Vivimos en una chacra y los fines de semana vienen los hijos y los nietos, se quedan a dormir, compartimos todo”, cuenta.
Hoy, en su rol de abuela, Silvia encuentra una nueva dimensión de la maternidad. “Los nietos tienen un vínculo hermoso entre ellos. Se extrañan, preguntan por los primos. Eso es algo que emociona”, expresa, valorando la continuidad de ese espíritu familiar en las nuevas generaciones.
Desde su experiencia, sostiene que ese sentido de pertenencia no es casual. “Para mí es fundamental fomentar el vínculo familiar. No se trata de estar todo el tiempo, porque yo también trabajé, pero sí de que sepan que hay un referente, que hay valores, que hay una base”, afirma.
Con una profunda fe, interpreta ese recorrido como una bendición. “Siempre digo que es una obra de Dios. Que se lleven tan bien, que trabajen juntos, que hayan formado sus familias y mantengan ese vínculo, no es algo común”, señala.
En un contexto donde muchas veces los lazos se debilitan, deja un mensaje claro en el marco del Día de la Madre: “No hay que perder la familia. Es lo que más valores transmite, lo que te sostiene siempre. Aunque cambien las circunstancias, ese vínculo tiene que estar”.
Su propia historia familiar refuerza esa convicción. Criada en una familia numerosa, mantiene hasta hoy la tradición de reunirse semanalmente con sus hermanos. “Eso te marca para toda la vida. Te enseña, te forma, te da valores sin darte cuenta”, asegura.
“Todos los sábados seguimos yendo a lo de mamá. Desde que me casé fue así. Antes íbamos con mis hijos chicos, ahora vamos las hermanas, los que pueden, pero ese encuentro no se pierde. Es algo que te forma, que te da valores sin darte cuenta”, expresa.
Para Silvia, esos espacios de encuentro no solo fortalecen los lazos afectivos, sino que también transmiten, de generación en generación, una forma de entender la familia. “Eso es lo que después uno trata de replicar con sus hijos y ahora con los nietos”, agrega, convencida de que esos pequeños rituales son, en realidad, grandes pilares.
Entre recuerdos, aprendizajes y presente compartido, Silvia resume su mirada con sencillez: la maternidad no es solo criar hijos, sino construir un espacio donde siempre se pueda volver. Un lugar donde el amor, el respeto y la cercanía sigan siendo el centro, generación tras generación.









