Sergio Flores: 46 años al volante de una vida dedicada al servicio

Sergio Flores cerró 46 años como chofer del transporte urbano de Salto, una trayectoria marcada por el servicio, las historias y el afecto de la gente.

Detrás del volante de un ómnibus no solo transcurren kilómetros recorridos y horarios cumplidos. También se construyen historias, se generan vínculos, se viven momentos de profunda emoción y se deja una huella en la vida de miles de personas. Durante 46 años, Sergio Flores fue mucho más que un chofer del transporte urbano de Salto: fue el rostro amable que cada día recibía a los pasajeros, el trabajador comprometido con su responsabilidad y una persona que hizo de su profesión una verdadera vocación de servicio.

Ingresó a la empresa con apenas 22 años, después de haber soñado desde niño con manejar un ómnibus. Vivía a pocas cuadras de la terminal y recuerda que, siendo apenas un niño, se detenía a observar los coches pasar mientras su madre lo esperaba para seguir camino. Aquel sueño infantil terminó convirtiéndose en una trayectoria de casi cinco décadas, durante las cuales fue testigo del crecimiento de la ciudad, de los cambios en el transporte y de innumerables historias que quedaron grabadas para siempre en su memoria.

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A lo largo de esos 46 años conoció a miles de personas. Compartió el día a día con trabajadores, estudiantes, policías, enfermeros, deportistas y vecinos que utilizaban el ómnibus como parte de su rutina. Para él, cada jornada representaba una nueva oportunidad de servir a la comunidad, entendiendo que conducir un coche no era únicamente trasladar pasajeros de un lugar a otro, sino también brindar una palabra amable, tender una mano cuando era necesario y estar presente en situaciones que muchas veces iban mucho más allá del trabajo.

Entre los recuerdos que marcaron su carrera aparecen momentos imborrables, como aquella madrugada en la que debió abandonar momentáneamente el recorrido para trasladar de urgencia a una mujer embarazada al Sanatorio Salto, donde finalmente nació su hija. También conserva con especial cariño el vínculo que construyó con las personas no videntes, adaptando pequeños gestos cotidianos para facilitarles el cruce de las calles y hacerles más sencillo su desplazamiento por la ciudad. Son experiencias que reflejan la dimensión humana de un oficio que muchas veces pasa desapercibido, pero que puede convertirse en un servicio fundamental para quienes dependen del transporte público.

Hace apenas unos días llegó el momento de cerrar ese largo recorrido. Después de 46 años al volante, Sergio realizó su último viaje como conductor. Fue una despedida cargada de emociones, abrazos, fotografías, lágrimas y el reconocimiento de compañeros y pasajeros que quisieron agradecerle tantos años de compromiso. Aunque asegura que todavía no termina de asimilar su nueva etapa como jubilado, se marcha con la tranquilidad de haber cumplido un sueño que comenzó en la infancia y con la satisfacción de haber dedicado gran parte de su vida al servicio de los salteños. Sobre ese camino recorrido, las historias que marcaron su carrera y las emociones de bajar por última vez del ómnibus, dialogamos con Sergio Flores en una nueva Historia de Vida.

Por tal motivo, el protagonista de la historia de vida de hoy es Sergio Flores.

¿El primer día que manejaste un ómnibus, muchos nervios?

«Y esos primeros días de chofer sí, porque toda la gente, al ser conocido, nos veía a 7 u 8 compañeros que éramos guardas, que estábamos trabajando de chofer, pero alternábamos, no lo hacíamos directamente como chofer.»

En tantos años de trabajo seguramente viviste miles de historias. ¿Alguna anécdota que te haya quedado?

«Sí. Las que más me marcaron, hubo dos situaciones que siempre las tengo grabadas. Un compañero venía, yo trabajando en la línea 7 de chofer ya solo, chofer-guarda, y me sube con la señora porque en aquella época no había la movilidad que hay hoy, urbana, de ambulancias. Me sube a la señora y me dice que la lleve al Sanatorio Salto porque le tocaba el parto allí. La orden era, en aquellos momentos, salir de línea e ir directamente a urgencia del hospital. Ahí no, porque él me había dicho: ‘Llevala porque le corresponde por el Banco de Previsión; le corresponde que el niño o la niña nazca en el Sanatorio Salto’. Iba un policía; él, por una radio que tenía, se comunicó y le abrieron camino. Cuando va subiendo las escalinatas del sanatorio, la niña ya estaba naciendo. Yo saqué el ómnibus de línea y después volví a entrar a línea.»

«Y esa muchacha, la señora que tuvo familia, es la mamá de Mariana Valdez, una muchacha que trabajó en radio.»

«Y lo otro, con quien tuve mucha afinidad, fue con los no videntes. Había un no vidente que no era de Salto y me dice: ‘Nosotros, los montevideanos, nos movíamos así: cuando teníamos que cruzar la calle el chofer nos tocaba bocina, entonces nosotros cruzábamos’. Yo tuve mucha afinidad con ellos, con los no videntes, en ese aspecto, porque yo paraba y les tocaba bocina y ellos cruzaban.»

¡Qué cantidad de amistades que hasta el día de hoy perduran!

«Fue mi familia. El deportista, el enfermero, el policía, el que trabaja en distintos lugares y tiene que estar en la calle necesita el apoyo de la familia, y la segunda familia viene a ser la gente con la que uno trabaja día a día en la calle.»

¿Cómo logró tu familia acompañarte durante todos estos años y qué lugar ocuparon ellos en este camino?

«Indudablemente fueron ellos los que me esperaban a la hora que comía, a la hora de llegada también. Era bueno porque tenía el apoyo, siempre apoyo familiar tuve; si no, no lo logro. Indudablemente que mi segunda familia fue el pueblo de Salto.»

Después de 46 años manejando ómnibus, ¿qué sentimientos te genera bajar por última vez del coche como conductor y comenzar una nueva etapa como jubilado?

«La etapa de jubilado todavía no caí porque hace muy poquito, pero bajarme del bus es… Después tuvimos una reunión con unos compañeros, la cual fue muy emotiva, y es emotivo porque la recuerdo y se me brota un lagrimón. Es muy difícil porque yo era niño y vivía a cuatro cuadras del trabajo, donde hoy vivo todavía. Me acuerdo que mi madre… Yo pasaba por la empresa de ómnibus y me paraba a mirar los ómnibus, como que me llamaba algo, lo soñaba. Con 8 o 9 años mi madre me pellizcaba el brazo: ‘Vamos’, porque yo me quedaba para atrás a ver los ómnibus.»

¿Ese último viaje, cuando supiste que era el último?

«Esa noche antes casi que no dormí porque me tocaba la madrugada, porque tenía un compañero con el que trabajábamos hacía 5 años en el mismo coche, y el último compañero mío tuvo un problema de salud con la señora. Entonces me pedía que madrugara yo porque de noche la cuidaba a la señora. Yo, con estos fríos que están haciendo últimamente, más la carga emocional de que tenía que irme… Entré con 22 años y me voy con 68. La idea mía era irme con 60, pero la vida me llevó por otros caminos, por lo cual tuve que quedarme unos años más. Pero me voy feliz.»

«Se me iba escapando una de las etapas más hermosas de la vida. Mucha gente me saludó, se bajaron, me dieron un beso, me abrazaron. Cuando llegué a la empresa me saqué fotos con todos. Fue muy emocionante. Es más, no solo no había dormido en casi toda la noche porque sabía lo que me esperaba al otro día, sino también por esa etapa que yo dejaba, más todos los compañeros, y después ir a despedir a todos los compañeros uno por uno.»

Te hicieron una linda sorpresa.

«Gran verdad, una hermosa sorpresa.»

¿Cómo te llevan? Porque te llevan sin decirte lo que iba a pasar.

«El papá de este muchacho, que fue el que habló conmigo, me dice: ‘Yo quiero tomar un café con vos’, porque el padre de él fue instructor mío. El inspector iba a casa, lo levantaba César Rossi, el padre de Richard Rossi y de Gabriel. De niño los conocí; ellos iban a la escuela y, cuando iban al liceo, tenían que venir a la zona este o a la UTU, alguno de ellos. Entonces me dice: ‘Yo quiero tomar un café contigo’. Le digo: ‘Bueno, yo te espero’. Dice: ‘Pero yo largo a las 9, yo te llevo’. ‘No, yo voy en mi camioneta’. Y él me dice: ‘No, yo te llevo’. Bueno, me llevó. Yo trabajé ese día de 6 a 13 horas. A la una me saca él del turno y, cuando entro, acordeón, guitarra, asado, en la casa de otro compañero. Éramos unos 25 y otros compañeros que sabían fueron a saludar. Para mí fue muy emocionante.»

«Y estoy feliz.»

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