Columnas De Opinión
G-Irónico / Gonzalo Fernandez
G-Irónico / Gonzalo Fernandezhttps://ironiamagna.com
Gonzalo Fernández, "proyecto de escritor caminante", cuento con algunos trabajos independientes, y he participado como colaborador en la Revista Al Límite - Del Plata, y en la Revista Opción Médica. En mis diferentes alter egos suelo mutar a G-irónico y El Puntito de la J, dos personajes que buscan el humor irónico y negro de situaciones diarias y cotidianas.

Secuelas profesionales de un deporte amateur

Llega ese día de la semana en el que me convenzo de que todavía estoy para jugar al básquetbol, a pesar de que los dolores de la semana pasada aún no se terminaron de ir. Cuidado, no hablo de jugar bien, no nos confundamos, hablo de presentarme, que ya es una hazaña logística y fisiológica, y tratar de dejar un rendimiento cuestionable pero con algo de aporte. Porque mi preparación previa no es un calentamiento: es un operativo médico de emergencia, autogestionado y preventivo (que nunca alcanza).

Empiezo de la cintura para abajo y, si alguien me viera sin contexto, pensaría que estoy reconstruyéndome después de una excavación arqueológica. Tobilleras ajustadas, venda de compresión para gemelos y tendón de Aquiles izquierdo, muslera, también en la izquierda, que intentan contener lo incontenible, y le dan esperanza a una pierna inexistente, y rodilleras que ya no protegen, sino que negocian la cantidad de días de dolor posterior.

El espejo me devuelve la imagen de una momia moderna, versión deportiva, lista para salir a la cancha, pero que podría ser la imagen para salir a una consulta traumatológica. Cada elemento que me coloco tiene una historia, una lesión pasada, una advertencia ignorada o un empuje anímico y físico mal administrado. Y sin embargo, ahí voy, creyendo que todo ese equipamiento no es un parche, sino una armadura. Como si el problema fuera la falta de accesorios y no el evidente desgaste, vejez y pausa deportiva larga de mi propia persona.

El trayecto hasta la cancha es un momento de reflexión, y al llegar, entro, pico la pelota un par de veces para convencer a los demás, y sobre todo a mí mismo, de que todavía tengo algo para dar. Siempre hay un instante inicial en el que el cuerpo responde, un espejismo, una ilusión en el desierto de los ligamentos castigados. En una de esas logro meter un tiro, doy un pase decente, y listo, ya estoy: renace la mentira.

Pero la hora avanza y la verdad aparece sin pedir permiso. Las rodillas empiezan a hablar, y no en tono amable. Los tobillos recuerdan cada pisada mal. El aire se vuelve un bien escaso, y la coordinación decide tomarse licencia. Ahí es donde uno deja de jugar contra el rival y empieza a negociar con su propio cuerpo. “Una más y paro”, me digo, mentira, un rato después… “Esta sí es la última”, insisto, más mentira todavía.

Y en medio de ese caos interno, aparece el momento más honesto de la noche: ese en el que, entre jadeos y pequeñas punzadas que ya no son pequeñas, uno mira al suelo y, en silencio, busca fe. No por ganar, no por jugar mejor, simplemente por lograr terminar lo más entero posible. Caminando, sin tener que explicar al día siguiente por qué una actividad recreativa de una hora derivó en un cuadro clínico digno de estudio.

El final es siempre el mismo ritual. Me siento, me saco lentamente cada capa de protección como quien desactiva una bomba, y aparece la realidad: el dolor no solo está, sino que se instaló cómodo. Hielo en las rodillas, hielo en los tobillos, deseando que el frío no solo calme un poco el dolor, sino también que baje la inflamación. Ese cuadro de dignidad cuestionable, me encuentra evaluando seriamente, y una vez más, la posibilidad de incorporar bastones a mi estilo de vida mientras llega la próxima jornada deportiva.

Y mientras el cuerpo protesta y la lógica me sugiere retirarme con algo de honor, en el fondo ya estoy pensando en la próxima semana. Porque hay algo profundamente irracional y peligrosamente adictivo, convencerse de que, esta vez sí, todo va a salir bien. Que las rodilleras van a ser suficientes, que los vendajes van a sostener lo insostenible, que el cuerpo va a olvidar. Y ahí está la verdadera lesión: no en los ligamentos, sino en la memoria selectiva que me hace volver, una y otra vez, a jugarle un partido a la realidad.

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