Las tormentas furibundas solo traen desgracias y aunque yo también fui un damnificado por ese “reventón de aire” que nos pasó por encima, debo reconocer que además de la descompostura de la casa, el fenómeno downburst me trajo un descubrimiento lingüístico. Aprendí lo que son las babetas. Lo supe después que volaron un par de ellas desde el techo de mi casa a los cables de luz de la casa del vecino. Debido a esa voladura, nos entró el agua y tuvimos que activar nuestro humilde CECOED familiar.

Cuando veía la babeta doblada como papel y el albañil me explicaba la función que cumple, pensé en lo frágil que son nuestras construcciones y en lo que puede producir un desperfecto que parece tan insignificante pero es justo así como ocurren las desgracias y las tragedias humanas, por eso el cine catástrofe es un subgénero tan redituable. Sintetiza de forma perfecta el drama humano enfrentado a la desmedida fuerza de la naturaleza o a los errores humanos.
En Uruguay hay ejemplos de cine inspirado en este tipo de fenómenos pero sigue siendo poco explotado y eso que, catástrofes para contar le sobran al Uruguay. Lo que ha faltado son cineastas que se animen a contar esos dramas que sacudieron la sociedad uruguaya, como el caso de la inundación de 1959 o el accidente del bus de Onda en el Río Santa Lucía en 1955.
Por eso me resulta paradójico que una catástrofe nacional como la del accidente de los rugbiers uruguayos en Los Andes, haya sido contada con mayor velocidad y éxito por cineastas extranjeros y mucho menos por los propios uruguayos. Una de la primeras, fue una producción mexicana llamada “Los Supervivientes de Los Andes” (Survive) que se estrenó en 1976, apenas 4 años después del accidente. Super oportunistas los mexis.
Después mencionaremos “Viven” una producción estadounidense de 1993 y así vamos llegando, me salté otros ejemplos, a la multipremiada “La Sociedad de la Nieve” que tuvo mayoritariamente creatividad y producción española. Por supuesto no me olvido del documental uruguayo con el mismo nombre y que realizó Gonzalo Arijón en 2008 y que a decir verdad, muchos conocimos su existencia, después del éxito de la película de Juan Antonio Bayona.
Sobre el tornado destructor que asoló Dolores en 2016, el cineasta doloreño Pablo Martínez Pesci, se animó a contar el suceso en un documental llamado “El viento nos dejará” (2021). Otro caso aunque con particularidades, fue la catástrofe del crucero Greg Mortimer que quedó varado durante la Pandemia en el Puerto de Montevideo con más del 70% de sus viajeros infectados de COVID-19. Su historia la contó el director y productor uruguayo Federico Lemos en el documental “La increíble Historia del Greg Mortimer” (2022).

En un caso reciente y valioso, los estudiantes del bachillerato audiovisual de Artigas coordinados por el profesor Leonardo Olivera, se arriesgaron a producir un cortometraje que narra el accidente de aviación más grave que ha ocurrido en Uruguay, en donde fallecieron 44 pasajeros. El corto se llama “La caída” y recién comenzó su recorrido por festivales.
Los casos que resalto son esfuerzos uruguayos por registrar y convertir en narrativa audiovisual los peligros y las desgracias que han puesto a prueba el valor, la solidaridad y el heroísmo uruguayo frente al descontrol del clima o frente a gravísimos accidentes.
Cuando la gente piensa en ideas para filmar, en variadas ocasiones, les recuerdo que hay temas interesantes a la vista de todos. Si alguien quisiera hacer carrera cinematográfica, no tendría más que echar mano de las catástrofes para obtener indiscutibles disparadores. Pareciera una contradicción moral, filmara sucesos tan dolorosos pero de eso trata también el cine, de saber contar con altura, los sufrimientos sociales y crear piezas que se encarguen de recordarlos porque una desgracia, puede comenzar con el vuelo de una babeta.






