Revolución Francesa: por qué estalló en 1789

De la crisis del pan a la caída del absolutismo: las causas económicas, sociales e ideológicas que hicieron estallar Francia en 1789.

Así nomás | ¿Por qué ocurrió la Revolución Francesa?

La historia arranca en la Francia de finales del siglo XVIII. Mientras en Versalles el rey Luis XVI y María Antonieta vivían en un cumpleaños eterno de lujos, fiestas y pelucas extravagantes, el país real estaba al borde del colapso. La sociedad funcionaba bajo la estructura rígida del Antiguo Régimen, dividida en tres estamentos totalmente desparejos.

De un lado estaban los privilegiados de siempre: el Primer Estado, integrado por el clero, y el Segundo Estado, formado por la nobleza. Esta minoría acumulaba tierras, casi no pagaba impuestos y monopolizaba los principales cargos. En la otra esquina jugaba el Tercer Estado, cerca del 97 % de la población: burgueses, artesanos, jornaleros y una enorme masa campesina empobrecida.

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El Tercer Estado sostenía las cuentas públicas a pura carga impositiva. También pagaba diezmos a la Iglesia y obligaciones señoriales a los nobles, pero no tenía participación real en las decisiones políticas.

Para colmo de males, la Corona estaba quebrada. La monarquía había gastado fortunas en guerras y en el carísimo funcionamiento de Versalles. La naturaleza también metió la cola: las malas cosechas de fines de la década de 1780 provocaron escasez de trigo. El precio del pan, alimento básico de las clases populares, se fue a las nubes.

Mientras las familias pobres padecían hambre, algunos sectores acomodados especulaban con el grano. Además, las leyes y los impuestos cambiaban entre provincias, dificultando el comercio.

En ese caldo de cultivo avanzaron las ideas de la Ilustración. Voltaire, Montesquieu y Rousseau cuestionaban el derecho divino de los reyes y defendían la división de poderes, la igualdad jurídica y la soberanía popular. Esas ideas fueron el combustible de una burguesía con dinero y educación, pero sin poder político.

Se pica en Versalles y estalla la Bastilla

Con el Estado en bancarrota, Luis XVI recurrió al ministro de Finanzas Jacques Necker. La solución parecía lógica: si faltaba plata, nobles y clero también debían pagar impuestos. La aristocracia pegó el grito en el cielo y obligó al rey a convocar a los Estados Generales para mayo de 1789, una institución que no se reunía desde hacía 175 años.

Los representantes llegaron con sus Cuadernos de Quejas. Pero enseguida surgió el problema: nobleza y clero querían votar por estamento, lo que les aseguraba ganar dos a uno. El Tercer Estado exigía un voto por delegado.

Ante la negativa, sus diputados cortaron por lo sano. El 17 de junio de 1789 se proclamaron Asamblea Nacional. Cuando el rey cerró la sala de sesiones, se trasladaron a una cancha de juego de pelota y juraron no separarse hasta darle a Francia una Constitución.

Luis XVI aparentó ceder, pero rodeó París con tropas y destituyó a Necker. La noticia encendió las calles. El 14 de julio, una multitud asaltó la Bastilla en busca de armas y pólvora. La prisión tenía pocos detenidos, pero simbolizaba el absolutismo. Su caída mostró que el poder real ya no era intocable.

La rebelión llegó al campo durante el llamado Gran Miedo. Campesinos atacaron castillos y quemaron registros de deudas feudales. Presionada por el levantamiento, la Asamblea abolió los privilegios feudales el 4 de agosto y aprobó, el 26, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

En octubre, miles de mujeres marcharon a Versalles para reclamar pan. La familia real fue trasladada a París y quedó bajo vigilancia popular.

Fuga, guillotina a dos manos y el reinado del Terror

Entre 1789 y 1791, la Asamblea intentó construir una monarquía constitucional. Se confiscaron bienes de la Iglesia y se eliminaron antiguas restricciones. Pero Luis XVI no aceptaba la pérdida de poder.

En junio de 1791, la familia real intentó escapar en la famosa Fuga de Varennes. Fue reconocida, detenida y devuelta a París. El episodio destruyó la poca confianza que quedaba en el monarca y fortaleció a quienes reclamaban una república.

En abril de 1792, Francia declaró la guerra a Austria. Prusia se sumó después y creció la sospecha de que el rey conspiraba con las monarquías extranjeras. El 10 de agosto, los sectores populares y los sans-culottes asaltaron el Palacio de las Tullerías y derribaron la monarquía. El 21 de septiembre nació la Primera República Francesa.

Luis XVI fue juzgado por traición y ejecutado en enero de 1793. María Antonieta corrió la misma suerte meses después. La muerte del rey amplió la guerra: Gran Bretaña, España y otras potencias se incorporaron a la coalición contra Francia.

Amenazada desde afuera y sacudida por rebeliones internas, la República se radicalizó. Los jacobinos, liderados por Maximilien Robespierre, controlaron el gobierno mediante el Comité de Salvación Pública e inauguraron la etapa conocida como el Terror.

El Tribunal Revolucionario persiguió a los considerados enemigos. Miles fueron ejecutados, incluidos dirigentes girondinos y Georges Danton. El gobierno también fijó precios, organizó reclutamientos e impulsó un nuevo calendario.

La Revolución, iniciada en nombre de los derechos, terminó aplicando una violencia extrema para defenderse. La guillotina se volvió símbolo del miedo y la paranoia política.

Termidor, el Directorio y la llegada de Napoleón

El uso desmedido de la violencia agotó incluso a la Convención. En julio de 1794, durante el mes de Termidor, una coalición de diputados derribó a Robespierre. Fue arrestado y ejecutado al día siguiente. Con su caída terminó el Terror.

El poder pasó a una burguesía más conservadora. Primero llegó la Convención Termidoriana y luego, en 1795, el Directorio, un gobierno de cinco miembros. Se eliminaron los controles de precios, se restringió el voto a los propietarios y se reprimió tanto a los movimientos populares como a las conspiraciones monárquicas.

El nuevo régimen prometía orden, pero no logró solucionar la crisis económica ni alcanzar estabilidad política. Dependía cada vez más del Ejército para mantenerse en el poder.

En ese escenario apareció un joven general que ganaba prestigio con sus campañas en Italia y Egipto: Napoleón Bonaparte. El 9 de noviembre de 1799, el 18 de Brumario, encabezó un golpe de Estado, disolvió el Directorio e instaló el Consulado. La década revolucionaria llegaba a su fin y comenzaba la era napoleónica.

Las consecuencias de semejante quilombo

¿Por qué ocurrió la Revolución Francesa? Porque la estructura absolutista y estamental del Antiguo Régimen ya no encajaba con la realidad social y económica del siglo XVIII. Una minoría conservaba privilegios enormes, mientras la mayoría pagaba impuestos, soportaba el hambre y carecía de poder político.

La bancarrota del Estado, las malas cosechas y el aumento del precio del pan actuaron como detonantes. La burguesía aportó organización e ideas; las masas urbanas y campesinas pusieron la presión decisiva en las calles y en el campo.

Las consecuencias cambiaron la historia occidental. El habitante dejó de ser únicamente un súbdito sometido a la Corona y pasó a ser pensado como un ciudadano con derechos. La igualdad ante la ley, la soberanía popular y la Constitución se convirtieron en principios centrales de la política moderna, aunque la Revolución los aplicara con enormes contradicciones.

También desaparecieron muchas trabas feudales, se fortaleció la propiedad privada y se abrió camino a una sociedad dominada por la burguesía. Sus ideas inspiraron movimientos liberales y procesos de independencia en Europa y América.

En apenas diez años, Francia pasó de una monarquía absoluta a una república, ejecutó a sus reyes, vivió el Terror y terminó bajo el poder de un general. Cerró la época del absolutismo, inauguró la Edad Contemporánea y demostró que, cuando un sistema acumula desigualdad, hambre, deuda y falta de representación, hasta el edificio político más sólido puede venirse abajo.

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