En abril pasado despedimos a un amigo entrañable y un referente imprescindible: Néstor Ganduglia. Su ausencia física se siente, pero su voz, sus relatos y su manera única de entender el patrimonio siguen latiendo.
Conocí a Néstor en distintas instancias vinculadas al turismo y la cultura, y tuve el honor de contar con sus palabras en el prólogo de mi primer libro Un gran tour. Pero hay un recuerdo que siempre me vuelve: aquella actividad que compartimos en 2020, en plena pandemia, cuando desde Uruguay Alternativo realizamos un ciclo de charlas en vivo. En esa oportunidad, Néstor habló con la claridad que lo caracterizaba sobre algo que hoy resuena con más fuerza que nunca: “Hay un patrimonio del interior del alma humana y de la memoria colectiva que debe ser profundizado como atractivo turístico”.
El sentido profundo de lo humano
Para él, el turismo no podía reducirse a descanso o entretenimiento. Sostenía que las personas buscaban experiencias que despertaran sensibilidad, emociones, descubrimiento e inspiración. Lo llamaba “recuperar el sentido de la vida cotidiana”, escapando de la rutina y del consumo vacío.
Ese era el corazón de su propuesta: un turismo humano y cultural, donde la tradición oral, los relatos mágicos, las leyendas de aparecidos, las brujas o los lobisones, dejaran de ser simples cuentos para convertirse en puentes hacia la memoria y la identidad.
Néstor entendía que esos relatos, transmitidos de generación en generación, no eran una anécdota secundaria, sino un patrimonio vivo, cargado de la fuerza que solo tiene lo colectivo.
Magia, humildad y vigencia
Siempre admiré esa capacidad suya para transformar un fogón, una caminata o una esquina cualquiera de la ciudad en algo único y mágico. Su voz convertía una historia popular en una experiencia inolvidable. Y detrás de esa magia había una convicción: que las comunidades deben reconocerse en sus relatos y que el turismo puede dignificarlos y proyectarlos al mundo.
Pero si algo lo hacía aún más grande, era su humildad y espíritu solidario. Nunca buscaba protagonismo personal: ponía siempre en primer plano a las comunidades, a los jóvenes, a quienes tenían algo para contar. Su misión era tender puentes, acompañar procesos y dar valor a lo que otros solían pasar por alto.
Recuerdo que nos contaba cómo había nacido “Montevideo Secreto”, casi como una prueba, y cómo terminó convocando multitudes. O los recorridos por el Prado, por el Barrio Sur, por Colonia y Piriápolis… experiencias que lograban que la gente dijera: “Nunca volveré a pasar por este lugar sin recordar lo que escuché aquí”.
Ese era Néstor. Un hombre que supo demostrar que las historias invisibles, esas que parecían guardadas bajo la alfombra, podían brillar y emocionar a miles.
Un legado que continúa
Hoy, al recordarlo, siento que su obra es más que un aporte a la investigación o al turismo: es una invitación a no perder la sensibilidad, a mantener vivas las leyendas y a reconocer que el patrimonio más valioso no siempre está en los monumentos, sino en el alma humana.
Néstor Ganduglia nos enseñó a escuchar. A escuchar a los pueblos, a los abuelos, a los fogones, a las memorias que resisten. Y nos dejó la responsabilidad de seguir contando esas historias, porque en ellas se juega la continuidad de nuestra identidad.
Su partida nos duele, pero su legado nos compromete. Y cada vez que escuche una leyenda bajo las estrellas o un relato popular en un pequeño pueblo, recordaré que, gracias a Néstor, aprendimos que en lo más simple también habita lo sagrado.




