Una mirada crítica sobre tarifas, impuestos, inseguridad y gestión pública plantea qué rumbo necesita Uruguay para recuperar el sentido común.

La lógica del desencanto y el sentido común pendiente.
Hay momentos en la vida de un país donde uno se sienta, se rasca la cabeza y se pregunta qué carajo pasó. Uruguay está transitando uno de esos momentos con una mezcla de perplejidad, humor negro y la resignación de quien ya lleva muchos años viendo la misma película con distintos actores.
Arranquemos por lo fresco. Esta semana se supo que el presidente Yamandú Orsi compró una camioneta Hyundai Santa Fe híbrida de casi 79.000 dólares, pero la pagó 54.000, gracias a un generoso descuento de 25.000 dólares que le hizo amablemente la automotora ocho días antes de asumir. Cuando el asunto salió a la luz, Orsi explicó que «si ve un descuento se tira de cabeza», frase que, hay que reconocer, tiene una honestidad brutal. El problema es que esta es la misma semana en que el ciudadano de a pie descubrió que cargar su auto eléctrico en la red pública le cuesta un 56% más que el año pasado, porque UTE eliminó la bonificación del 30% y encima subió las tarifas, junto con otro aumento de los combustibles fósiles. O sea el presidente se tira de cabeza sobre el descuento, y el ciudadano le tiran a la cabeza un aumento. La revolución de las cosas simples, en su máxima expresión.
Pero sigamos, que hay más. El gobierno que llegó prometiendo cuidar al trabajador, bajar la presión fiscal y corregir los errores de sus antecesores lleva casi un año aplicando ajustes en impuestos como en IRPF e IASS, recortando la devolución de Fonasa, subiendo tarifas, bajando el IMESI diferencial de los combustibles en zonas de frontera, y ahora evalúa quitarle el beneficio de IMESI 0% a los vehículos eléctricos, justo cuando las ventas crecían un 133% y el mercado empezaba a madurar. La lógica es impecable, esperar a que algo funcione bien para después cobrarle.
El propio Orsi reconoció que «algo no está saliendo bien» tras ver las encuestas, y vaya si tienen razón los números. La desaprobación trepó al 46% mientras la aprobación cayó al 29% en el segundo bimestre de 2026, en lo que la consultora Factum describe sin anestesia como «un proceso de caída sistemático». Lo más revelador es que la erosión ya alcanza a los propios votantes del Frente Amplio, donde la aprobación se desplomó de 72% a 59% en apenas dos meses. Cuando tus propios hinchas empiezan a silbarte, algo está pasando más allá del relato oficial.
Y mientras el gobierno batalla con su comunicación, el país real sigue con sus problemas de siempre, esos que ningún gobierno parece capaz de resolver. La pobreza infantil sigue rondando el 32% en menores de seis años, uno de cada tres niños nace pobre en un país que se jactaba de ser la Suiza de América Latina.
La inseguridad sigue siendo el tema central de cualquier conversación, los ataques violentos se suceden en todo el pais con una regularidad que ya deja de sorprender, y las respuestas del gobierno oscilan entre el anuncio de más efectivos y el silencio cómplice, mientras tanto algunos barrios de la capital se parece mas a un lugar de mexico, todo tomado por el narco.
Las exportaciones cayeron un 3% en mayo respecto al año anterior, traccionadas por menores colocaciones de carne y celulosa, dos pilares del país productivo. Y el costo de vida sigue siendo de los más altos de la región, con salarios que corren detrás de una inflación que siempre llega primero.
Acá está el nudo del asunto, la pregunta que vale la pena hacerse con seriedad aunque nos duela ¿qué Uruguay queremos de acá a diez años? Porque si seguimos con la lógica del más Estado, más gasto, más impuestos y más promesas incumplidas, la respuesta ya la conocemos. La vemos todos los días, en los que emigran, en las empresas que se van a instalar a Paraguay o a Argentina, en los jubilados que hacen malabares con la plata, en los trabajadores que pagan cada vez más para recibir cada vez menos en todo sentido.
Uruguay tiene condiciones extraordinarias. Tiene instituciones fuertes, una tradición democrática envidiable, recursos naturales, logística, educación, talento. Tiene todo para ser un país próspero de verdad, no solo en el discurso. Pero parece atrapado en un ciclo donde el Estado crece, engorda, sin volverse más eficiente, donde los problemas estructurales se heredan de gobierno en gobierno sin resolverse, y donde cada nueva administración descubre, sorprendida, que gobernar es más difícil que criticar desde la oposición.
La «Revolución de las cosas simples» que prometía transformar Uruguay mejorando lo cotidiano. Por ahora, lo cotidiano que más cambió son los montos de las facturas. La luz subió, el gas subió, el agua subió, la nafta subio, cargar el auto eléctrico subió un 56%, y el presidente se llevó un descuento de 25.000 dólares en su camioneta. Todo muy simple, sí, pero no exactamente lo que la gente tenía en mente cuando fue a votar.
Tal vez la gran transformación que aún nos debemos no responda a ideologías de izquierda o derecha, sino simplemente al sentido común. Se trata de gestionar con eficiencia priorizar la inversión en áreas críticas, eliminar gastos superfluos como las recepciones y fiestas ostentosas o viajes internacionales con viáticos excesivos, y abandonar la retórica de soluciones superficiales con etiquetas marquetineras. La prioridad debería ser, de una vez por todas, enfrentar y solucionar las problemáticas estructurales que afectan la realidad cotidiana del país.
Mientras tanto, nosotros los contribuyentes seguimos siendo los héroes anónimos que financiamos todo y esperamos, con una paciencia que ya empieza a tener límites, que algún día alguien le devuelva en resultados concretos aunque sea una parte de lo que pone.
Lee más columnas de Cristian Mengui





