La Real Academia Española define el procomún como la «utilidad pública» o el «bien común». Sin embargo, detrás de esa definición técnica late el corazón de la vida en comunidad.
El procomún habita en los tesoros que no figuran en balances bancarios ni en inventarios estatales: el aire que respiramos, el agua que nos hidrata, el conocimiento acumulado por siglos y las manifestaciones artísticas de nuestra cultura.

Es la gestión colectiva de bienes que nos vinculan, una red intangible que asegura que lo esencial se preserve como una herencia social. En este escenario, el arte y la cultura funcionan como los cimientos de nuestra identidad; son redes de significados compartidos que nos permiten reconocernos en el otro y entender que lo más valioso de un pueblo es lo que pertenece a todos.
1. El procomún es un niní: ni el mercado ni el estado
El procomún es un sistema de gobernanza basado en la tríada de:
- un recurso compartido (como, por ejemplo, el agua);
- una comunidad que lo habita;
- las normas generadas para protegerlo sin quitarle el acceso a nadie.
Este modelo prioriza el cuidado y la sostenibilidad a largo plazo, diferenciándose de la rentabilidad comercial o la administración burocrática tradicional.
Este concepto también abraza lo inmaterial. Defender el procomún cultural implica reconocer que toda creación pertenece a una conversación histórica. El artista funciona como un nodo en una red de saberes compartidos.
Reivindicar lo común asegura que el flujo del conocimiento permanezca abierto, permitiendo que la sociedad genere mundos con un profundo valor social.
2. La cultura como ecosistema: Elinor Ostrom, la mujer que abrió el camino
Elinor Ostrom, la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía en 2009, revolucionó la gestión de recursos al demostrar que las comunidades son capaces de administrar bienes compartidos sin necesidad de privatizaciones ni controles estatales asfixiantes.
Su legado enseña que el procomún florece cuando existe una gobernanza basada en la confianza y en reglas claras nacidas desde el propio colectivo. Al aplicar esta lógica a la cultura, entendemos que la creación artística no es un objeto aislado, sino un ecosistema interconectado.
La cultura funciona como un acuífero compartido: cuando se sobreexplota para el beneficio individual o se asfixia bajo cercamientos legales, el manantial creativo se seca y la sociedad termina por convertirse en un desierto simbólico.
Ostrom nos invita a ver la creatividad como un recurso que se expande cuanto más se comparte. La salud de este ecosistema depende de que los artistas y la sociedad civil actúen como guardianes de ese suelo fértil, asegurando que las futuras generaciones tengan acceso a las herramientas simbólicas necesarias para seguir construyendo sentido.
3. Agua y arte: el flujo vital de los bienes comunes
Existe un paralelismo biológico y social entre el agua y el arte. El agua es el recurso indispensable para la supervivencia del cuerpo; el arte es el flujo vital para la cohesión de una sociedad.
Ambos son bienes comunes que deben fluir libremente para evitar el estancamiento. Sin embargo, la historia de la civilización es también la historia de una disputa por el control de los recursos naturales y culturales.
Jean-Paul Sartre denunció cómo la burguesía «secuestró» el teatro, operando como quien privatiza un acuífero para venderlo en envases de lujo.
Este secuestro se dio mediante el robo de la universalidad: el teatro pasó de ser un rito colectivo —una asamblea sobre el destino humano— a convertirse en un salón privado donde se discuten «casos particulares» como si fueran verdades eternas.
La burguesía impuso el teatro de «caracteres» y la «falsa interioridad» para esconder la realidad social. Al presentar personajes con psicologías fijas e inmutables —el avaro, el celoso, el heredero—, se instaló la trampa de que la naturaleza humana es estática y, por lo tanto, el mundo es inmutable.
Este teatro psicológico sustituye la dimensión política del hombre por pasiones atormentadas que ignoran el contexto, reduciendo al espectador a un cómplice silencioso. Cómodamente instalado en su butaca, bajo el amparo de la cuarta pared, el burgués no va al teatro a descubrirse; es un voyeur autorreafirmando su propio estilo de vida.
Cuando el arte es instrumentalizado para mantener el statu quo, la comunidad sufre una deshidratación simbólica.
4. La murga uruguaya: un procomún de identidad y voz colectiva
La murga en Uruguay constituye una de las manifestaciones más potentes de procomún cultural en América Latina.
Este género sobrevive y se fortalece porque pertenece a la gente; es un saber que se transmite en los clubes de barrio, en las esquinas y en los tablados.
No existe un “dueño” del saber murguero, sino una comunidad que custodia su estética, su rítmica de bombo, platillo y redoblante y su función social de cronista popular.
La murga opera como una herramienta de soberanía comunicacional. Cada año, el colectivo administra su propia narrativa, procesa los conflictos sociales y ejerce una crítica política que ningún mercado podría comprar ni ningún estado podría diseñar por decreto.
Es un recurso compartido donde la voz del individuo se funde en un coro que representa el sentir de los humildes.
Al proteger la murga, Uruguay protege un cultivo de alegría que se autogestiona bajo la premisa de que una manifestación artístico-cultural es, ante todo, un patrimonio vivo: las artistas y los artistas.
5. El procomún como infraestructura: la gestión de lo que nos queda
El procomún es una solución técnica a la erosión de los vínculos sociales. El reto actual consiste en diseñar protocolos de convivencia que impidan que el conocimiento y la creación se vuelvan recursos estáticos o inutilizables.
En lugar de buscar culpables externos, el enfoque debe estar en la creación de estructuras donde la participación sea el motor de la permanencia.
El desafío real es la sostenibilidad de los espacios de encuentro. Proteger lo común hoy significa asegurar que el flujo de significados entre generaciones no se interrumpa por la falta de relevo o por el desinterés.
La cultura es una caja de herramientas compartida, disponible para que cada ciudadano la use y la transforme según su necesidad.
Solo así, garantizando que el acceso al arte sea una infraestructura básica de la vida, podremos asegurar que la identidad no sea un recuerdo del pasado, sino un material de construcción para el futuro.






