Presos y universidad: el desafío de estudiar tras las rejas en Uruguay


El acceso a la educación universitaria en el sistema penitenciario uruguayo enfrenta serias fallas estructurales. Un reciente relevamiento del Prorrectorado de Enseñanza de la Universidad de la República (Udelar), presentado ante el Consejo Directivo Central (CDC), encendió las alarmas: actualmente existe una sola carrera de grado que un recluso puede comenzar y culminar de forma íntegra estando en prisión.

​La falta de trayectos educativos claramente definidos y las limitaciones materiales dentro de los centros de reclusión restringen severamente el derecho a la educación superior de los Estudiantes Privados de Libertad (EPL), un universo que, aunque minoritario, ve en las aulas la única vía de escape a la violencia y la reincidencia.

​El informe de la Udelar detalla que las posibilidades de cursado son profundamente heterogéneas y se diluyen rápidamente después de los primeros semestres. La única excepción absoluta es la Tecnicatura en Administración, dictada por la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA), que cuenta con una duración de cinco semestres y garantiza un trayecto completo tras las rejas.

​Existen otras opciones, pero con severas limitantes. Por un lado, aunque es viable cursar el Tecnólogo en Gestión Universitaria, las propias autoridades desalientan su elección, ya que las normativas del sector público impiden por completo la contratación de personas con antecedentes penales. Por otra parte, facultades como Ciencias Sociales, Psicología, Derecho y la de Información y Comunicación (FIC) —así como sedes del Cenur Litoral Norte— permiten iniciar ciclos iniciales o materias virtuales. Sin embargo, la falta de acceso a internet fuera de horarios específicos y la imposibilidad de asistir a los centros universitarios nocturnos en la mayoría de las unidades hacen inviable terminar estas licenciaturas.

- espacio publicitario -SOL - Calidez en compañía

​Para intentar revertir esta situación, el CDC resolvió exigir a cada facultad una actualización e integración de su oferta adaptada a contextos de encierro antes de fines de septiembre, buscando ofrecer un panorama más claro de cara a las inscripciones de febrero.

​De acuerdo con los datos de la Rendición de Cuentas de la Udelar, existen 268 estudiantes universitarios en el sistema penitenciario. La mayor concentración de alumnos se registra en la Unidad 6 de Punta de Rieles con 89 estudiantes, seguida muy de cerca por la Unidad 4 (antiguo Comcar) con 77. Más atrás se ubican la Unidad 5 (cárcel de mujeres en Colón) con 48 inscritos, la Unidad 3 del Penal de Libertad con 41, la Unidad 20 en Salto con 11, y finalmente la Unidad 9 (mujeres con hijos) con apenas 2 estudiantes.

​Si bien la cifra de 268 universitarios parece menor dentro de una población carcelaria total que ronda los 16.000 reclusos, el mérito radica en las enormes brechas educativas previas. Un estudio oficial indica que el 53,5% de los presos en Uruguay padece analfabetismo funcional o total. Además, el 77% de quienes logran ingresar a la Udelar debió terminar el bachillerato (sexto año de liceo) estando ya en reclusión.

​Para quienes transitan el sistema penal, la universidad representa un cambio de paradigma vital. M. Z., un exrecluso de 38 años que estuvo en el Penal de Libertad, logró terminar el liceo y cursar materias de Administración y Educación Física. Su testimonio refleja la crudeza y la oportunidad de la educación en el encierro:

​»O agarrás un cuchillo, o un lápiz, es una de dos. Tener la posibilidad de estudiar te hace crecer y alejarte, porque lo que se vive a diario en una cárcel es adicción y violencia. Te ocupa la mente y te genera nuevas conexiones.»

​En una línea similar, M. B., de 53 años, inició la Tecnicatura en Administración en Punta de Rieles para reducir su pena, pero terminó encontrando una vocación. Se egresó en 2024, poco antes de recuperar la libertad, y hoy trabaja en el ámbito rural mientras planifica retomar los libros para convertirse en licenciado.

​Los testimonios coinciden en un diagnóstico que la academia y las políticas públicas aún intentan resolver: sin herramientas reales para transitar un camino diferente, el destino del individuo tras salir de la celda terminará siendo, irremediablemente, el mismo.

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/s334