Patricia Vaz Tourem reflexiona sobre la maternidad desde el amor, la fe y el compromiso social, con una mirada sensible sobre las madres que enfrentan contextos difíciles.

Madre de cinco hijos —tres “del corazón” y dos biológicos—, Patricia combina su vocación familiar con una exigente tarea en el sistema judicial. Desde su experiencia, reivindica una maternidad atravesada por el amor, la fe y el compromiso, incluso en contextos sociales complejos.
Para Patricia, la maternidad no es un concepto abstracto ni una construcción idealizada: es una vivencia profunda, concreta y cotidiana, marcada por decisiones, aprendizajes y, sobre todo, por el amor en sus múltiples formas. “Tengo tres hijos de corazón y dos hijos de la panza”, resume, dejando ver una historia familiar construida desde el vínculo, más allá de lo biológico, donde cada proceso tuvo su propio tiempo y su propia forma de consolidarse.
Licenciada en Comunicación por la Universidad de Montevideo, con una trayectoria laboral diversa que incluye medios de prensa, educación inicial y el ámbito empresarial, además de un posgrado en Economía y Gestión de Turismo Sustentable, su camino profesional desembocó finalmente en el Poder Judicial. Actualmente se desempeña en un juzgado letrado especializado en violencia doméstica, género y sexual, una función que, reconoce, impacta profundamente en su forma de mirar la maternidad y la realidad social.
“La maternidad para mí es algo maravilloso. Soy creyente, y siento que es la manifestación más grande de lo divino”, expresa. Desde esa convicción, sostiene una mirada que no desconoce las dificultades, pero que pone el acento en el valor esencial del vínculo. “Hoy se habla mucho de desromantizar la maternidad, pero yo le doy otra vuelta. Es el amor más puro, un amor que duele, sí, que implica sacrificio, cansancio, entrega constante, pero que también es la alegría más inmensa que se puede experimentar”.
Su historia como madre comenzó mucho antes del parto. Así lo siente al hablar de sus hijos “del corazón”, con quienes construyó un lazo desde la elección mutua. “Fui mamá antes del parto, con todo el alma. No es un proceso biológico, es un proceso del corazón, de elegirnos y de construir familia día a día. Aprendiendo siempre”, señala, destacando que cada forma de maternidad tiene su propia riqueza y profundidad.
A sus 43 años, también transitó la maternidad biológica en una etapa más avanzada. “Somos mamás más grandes, y eso también nos marca. Vamos con otros temores, otras preguntas, pero también con más información y acompañamiento. Hoy la medicina ha avanzado muchísimo y los embarazos son muy cuidados, eso da tranquilidad”, explica, valorando los cambios sociales y científicos que permiten vivir esta etapa de otra manera.
Sin embargo, su trabajo diario le enfrenta a una realidad muy distinta. En el ámbito judicial, las situaciones de violencia de género y las historias que involucran a madres e hijos en contextos de vulnerabilidad son frecuentes y muchas veces estremecedoras. “Ver niños en un juzgado, esperando durante horas, atravesando entrevistas o pericias, no es natural. Tendrían que estar en la escuela, jugando, viviendo su infancia. Son situaciones muy duras, que nos interpelan todo el tiempo”, afirma.
Desde esa experiencia, entiende que la maternidad no puede pensarse solo desde una mirada ideal. “Hay madres que están atravesando situaciones muy difíciles, que viven violencia, que tienen que recomponerse y salir adelante con sus hijos, sanar heridas muy profundas. Y muchas veces no pueden solas”, reflexiona, subrayando la necesidad de visibilizar estas realidades.
En ese sentido, considera que el Día de la Madre también debe ser un espacio para reconocer a esas mujeres. “Ellas también merecen el homenaje. No solo las historias felices o ideales, sino también las maternidades atravesadas por la lucha, por el dolor y por el esfuerzo enorme de sostener a una familia en condiciones adversas”, sostiene.
Lejos de quedarse en una mirada pesimista, Patricia apuesta a la empatía y al compromiso social. “Como sociedad, tendríamos que tratar de multiplicar ese ‘ser mamá’. A veces no se trata solo de nuestros hijos, sino de poder tener gestos, de acompañar, de estar atentos al otro, de ser un poco madres en el sentido más amplio”, propone.
También invita a revisar prácticas cotidianas. “Muchas veces opinamos o juzgamos sin saber lo que hay detrás. El desafío es mirar con más comprensión, reconocer el esfuerzo de cada madre, entender que está haciendo lo mejor que puede, muchas veces en circunstancias muy complejas”.
Con la figura de su propia madre como referencia fundamental y la fe como guía constante —“siempre le recé a la Virgen por mis hijos”, comparte—, Patricia vive su maternidad como un camino en permanente construcción. “Uno siente que nunca llega del todo, que siempre está aprendiendo, que hay momentos de duda. Pero también hay momentos de luz, donde el amor brota, donde todo cobra sentido”, expresa.
En su testimonio, la maternidad aparece como un territorio profundamente humano, donde conviven el cansancio y la plenitud, la incertidumbre y la certeza, el dolor y la esperanza. Un camino imperfecto, pero lleno de significado. “Es ese amor que duele, pero que vale todo”, concluye, sintetizando una experiencia que, lejos de las fórmulas, se construye día a día






