Patricia Amaro: “Acompañar a los hijos es apostar a su felicidad, aunque implique sacrificio”

Patricia Amaro comparte una historia de trabajo, superación y maternidad, marcada por el acompañamiento a sus hijas y el valor de la familia ante la adversidad.

Patricia Amaro: una maternidad marcada por el esfuerzo

Madre de dos hijas profesionales, trabajadora incansable y hoy transitando una etapa de salud compleja, Patricia Amaro mira hacia atrás con orgullo. Su historia está marcada por el esfuerzo, la superación y una maternidad basada en el acompañamiento constante.

A punto de cumplir 60 años, Patricia Amaro repasa su vida con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino. Hoy se encuentra con licencia médica, atravesando un proceso de salud que la llevó a detenerse, algo poco habitual en una trayectoria marcada por el trabajo continuo desde muy joven.

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“Salí de la escuela y no tuve la posibilidad de ir al liceo. Mi mamá me mandó a estudiar corte y confección con las hermanas misioneras. En esa época era así, no había muchas opciones”, recuerda. Sin embargo, su deseo de superarse la llevó, a los 18 años, a retomar los estudios en el liceo nocturno mientras comenzaba a buscar trabajo.

Su primera experiencia laboral fue en un taller de costura, donde permaneció durante ocho años. Un oficio que nunca abandonó y que más adelante se transformaría también en una herramienta clave para acompañar a sus hijas en sus actividades. Luego, en 1993, ingresó a EMI, institución vinculada a su familia desde sus inicios, donde desarrolló gran parte de su vida laboral.

La maternidad llegó a los 27 años, con el nacimiento de su primera hija, Camila. Cuatro años después nació Paulina. “Siempre trabajamos mucho, mi marido y yo. Dormíamos poco, pero lo hacíamos por ellas”, señala. La crianza estuvo atravesada por el esfuerzo diario, combinando jornadas laborales con múltiples actividades.

En paralelo a su trabajo y a la crianza, Patricia encontró en la costura un espacio de desarrollo que trascendió lo cotidiano y se transformó en una verdadera pasión vinculada al arte. “Yo trabajo mucho para el grupo de teatro La Galera, hace años que hago los trajes. Siempre estuve ahí, con Ricardo, preparando todo lo que es vestuario. Es algo que me encanta, que nunca dejé y que hoy también me ayuda mucho, porque es como una terapia para mí”, expresa.

Sus hijas crecieron en un ambiente de disciplina y estímulo constante. La danza, el teatro y el estudio formaron parte de su rutina desde pequeñas. “Se iban a las seis y media de la mañana y volvían a las diez de la noche. Hacían de todo”, cuenta. Patricia, lejos de limitarse a acompañar, se involucró activamente, confeccionando vestuarios, organizando viajes y participando en cada instancia.

“Siempre las acompañé. Me iba sin dormir si era necesario, viajábamos, hacíamos beneficios para juntar dinero. Todo para que pudieran competir y seguir creciendo”, relata. Ese compromiso implicaba también una logística familiar intensa, donde el trabajo y la maternidad se entrelazaban sin pausa.

El momento de la partida a estudiar fuera del hogar marcó otro gran desafío. “Había que pagar alquiler, mandar comida, sostener todo. Fueron años de mucho sacrificio”, recuerda. A pesar de las dificultades, nunca dudaron en apoyar las decisiones de sus hijas.

Hoy, ambas son profesionales. Camila es licenciada en Ingeniería Biológica, con una destacada trayectoria académica que la llevó incluso a Alemania, mientras que Paulina es médica y se encuentra especializándose en cuidados intensivos. “Sentimos un orgullo enorme”, expresa.

Para Patricia, el éxito de sus hijas tiene como explicación el ejemplo y el acompañamiento. “Ellas vieron el esfuerzo que hacíamos. Yo siempre digo que capaz a mí no me dieron la oportunidad de estudiar, pero hice todo para que ellas sí la tuvieran”, afirma.

En su relato, la maternidad aparece como una construcción basada en la presencia. No necesariamente en el tiempo absoluto, sino en la calidad del vínculo. “Capaz no estaba todo el día, pero ellas sabían que estaba. Que había un respaldo”, reflexiona.

Ese acompañamiento se tradujo en gestos concretos de viajes, organización, cuidado y también en pequeñas acciones cotidianas que facilitaron el camino de sus hijas. “Les mandábamos comida, les organizábamos todo para que pudieran enfocarse en estudiar. Eso también es estar”, sostiene.

En el último tiempo, la vida le presentó un desafío inesperado con un diagnóstico de cáncer que implicó tratamientos intensos y un proceso de recuperación que aún transita. En ese contexto, volvió a experimentar el valor del acompañamiento, pero desde el otro lugar.

“Mis hijas estaban siempre. Se turnaban para venir, para acompañarme. También mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Nunca estuve sola”, cuenta con emoción, destacando la red de afectos que la sostuvo en uno de los momentos más difíciles.

Lejos de detenerse en la adversidad, Patricia rescata lo aprendido. “Uno entiende muchas cosas. El valor de la salud, de la familia, de la gente que está”, señala. Hoy, mientras proyecta su jubilación, mira su historia con gratitud.

En el marco del Día de la Madre, su mensaje es que “acompañar a los hijos es fundamental. Estar, apoyar, apostar a lo que ellos quieren ser. Eso les da seguridad y los ayuda a crecer”.

Su testimonio refleja una maternidad de entrega, de esfuerzo silencioso y de amor sostenido en acciones concretas. Una historia donde el sacrificio no se vive como carga, sino como elección. Porque, como ella misma resume, “todo vale cuando es para que tus hijos sean felices”.

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