Palacio Gallino: historia, arte y legado en Salto

A cien años de su gran transformación, el Palacio Gallino revela su historia de arte, romance, patrimonio y el legado de María Irene Olarreaga.

Los secretos del Palacio Gallino: un siglo de arte, romance y el legado de María Irene Olarreaga

Hay edificios que custodian la identidad de un pueblo en el silencio de sus muros. En pleno centro de nuestra ciudad, el Palacio Gallino (actual Museo de Bellas Artes y Artes DecorativasMaría Irene Olarreaga Gallino”) se erige como el testimonio vivo de una época de esplendor, de cruces históricos fascinantes y del compromiso ético de una familia con la sociedad salteña. A cien años de la emblemática reestructuración que le dio su fisonomía actual, reconstruimos su historia de la mano de memorias vivas y documentos que desentierran el pasado de este monumento departamental.

Un romance de esgrima y alcurnia en el Salto de 1900

La historia del predio se remonta a fines del siglo XIX, hacia 1890, cuando una viuda de apellido Del Castillo de Díaz mandó construir una residencia de dos plantas en la calle Uruguay. Allí se instaló con sus hijos, pertenecientes a una familia de estancieros de excelente posición económica. Fue en 1903 cuando el destino de esa casa cambió para siempre a través del arte y el romance.

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Aquel año llegó al Teatro Larrañaga un espectáculo inédito: una demostración de esgrima a cargo de A. Greco, el «Marqués de Greco». Descendiente de una familia siciliana, Greco era considerado el mejor espadachín del mundo y había sido contratado por el entonces presidente argentino, el general Julio Argentino Roca, para instruir al ejército en la batalla de sable a caballo. Aprovechando la fluida conexión fluvial que Salto mantenía con Buenos Aires a través de la Compañía Salteña de Navegación a Vapor, el marqués cruzó el río y deslumbró al público local.

Entre los asistentes se encontraba la joven y bella hija de la viuda Del Castillo. El flechazo fue inmediato: se conocieron, se enamoraron y se casaron al año siguiente. El acontecimiento fue de tal magnitud que la célebre revista porteña Caras y Caretas le dedicó un espacio en su sección de noticias del interior de la región. La pareja, junto a la suegra y una tía viuda, partieron hacia Europa para radicarse definitivamente en Roma, donde Greco llegó a ser preceptor del hijo del rey de Italia. Al dejar el país, la propiedad fue vendida a Don Nicolás Solari.

El historicismo y las manos que tallaron el Palacio Legislativo

Don Nicolás Solari, socio junto a su hermano Benito de una de las casas comerciales y de suministro agrícola más importantes al norte del río Negro, mantuvo la propiedad hasta que la familia se trasladó a Montevideo cerca de 1917. Fue entonces cuando la adquirió su hermana, doña Teresa Solari de Gallino.

Su hijo, el ingeniero Luis Gallino, acababa de regresar de un extenso viaje por Europa en plena Primera Guerra Mundial. Llegó profundamente influenciado por el historicismo y el eclecticismo, corrientes arquitectónicas basadas en el retorno a los grandes monumentos de la historia y la mezcla de estilos. Su madre le entregó la casa de la calle Uruguay para que la renovara por completo.

Entre 1919 y 1925, Gallino transformó la típica planta italiana de la casa en una joya neorrenacentista florentina. Para lograrlo, aprovechó la próspera situación económica de un Salto que gozaba de temporadas permanentes de ópera, zarzuela y un floreciente comercio. Gallino convocó a los mejores artesanos del Río de la Plata. El artesonado y la carpintería fina en madera fueron diseñados por Gross, un ebanista franco-argentino afincado en Salto, y ejecutados por el talentoso ebanista salteño Antonio de Feo. Juntos decoraron los salones con «grotescos», un estilo de relieve inspirado en los murales de la Domus Aurea de Nerón descubiertos en el Renacimiento.

Para los estucados interiores, Gallino contrató a las mismas empresas de artesanos italianos (entre ellos el especialista Sarini) que en ese preciso momento estaban terminando las obras del Palacio Legislativo en Montevideo. Por ello, la decoración de la sala y la antesala del palacio salteño espeja la opulencia del parlamento nacional. Las obras culminaron en 1925 —mismo año de la inauguración del Palacio Legislativo— coronando la reforma con la instalación del primer ascensor residencial de la ciudad de Salto.

María Irene Olarreaga: la herencia de la galera y el bastón

Con los años, la casa pasó a manos de María Irene Olarreaga Gallino. Su personalidad y su profunda vocación filantrópica se forjaron en la infancia. Cada domingo de mañana, su abuelo, el doctor Narciso Olarreaga, cruzaba la calle Uruguay de galera y bastón para visitarla. En esas charlas dominicales, el abuelo le inculcó un mandato ético: la fortuna y el gran patrimonio que iba a recibir conllevaban la estricta responsabilidad de devolverle algo a la sociedad en la que vivía.

María Irene contrajo matrimonio en esa misma residencia con el empresario Carlos Armstrong (único ramal descendiente del pionero vitivinícola Pascual Harriague). El cariño de la sociedad salteña hacia ella era tal que el día de su boda el pueblo se agolpó frente a la casa, obligándola a salir al balcón a saludar, en una escena verdaderamente histórica.

Al no tener descendencia, el gran temor de María Irene era que aquella obra maestra de la arquitectura familiar terminara convertida en una pensión. Fiel a las enseñanzas de su abuelo, en la década de 1960 donó el palacio al gobierno departamental con dos condiciones: que allí se instalara el Museo de Bellas Artes y que albergara las artes decorativas. Aunque tras su fallecimiento en Montevideo el mobiliario original sufrió modificaciones y las imponentes arañas de cristal debieron ser adaptadas, su deseo principal se cumplió. Años más tarde, impulsó junto a un grupo de vecinas la Comisión de Amigos del Museo para financiar la restauración científica de los yesos y estucados de las salas principales.

Un tesoro escondido que reclama nuevas generaciones

Hoy, el museo cuenta con un acervo pictórico de relevancia nacional, consolidado durante las décadas de prosperidad de mediados del siglo XX a través de premios adquisición y generosas donaciones de familias locales. Entre sus muros descansan nada menos que seis vistas del puerto de Salto pintadas por José Cúneo; el valioso óleo El gaucho de la sierra de Juan Manuel Blanes (modelo de la primera estampilla de correo uruguaya); el cartón Las quitanderas de Pedro Figari (personajes de la esquila inmortalizados gracias a su amistad con Enrique Amorín); así como piezas fundamentales de Petrona Viera (La payanita), Rafael Barradas y la insigne Lacy Duarte, quien llegó desde Mataojo a los 15 años para iniciar su camino en el arte salteño.

Sin embargo, el patrimonio no se sostiene solo con paredes. La Comisión de Amigos del Museo, cuyos miembros hoy superan los 80 años de edad, advierte sobre la necesidad urgente de un recambio generacional. En una ciudad enriquecida por miles de estudiantes universitarios gracias al Centro Regional Norte de la Universidad de la República, se vuelve imperioso tender puentes entre la juventud y los centros culturales.

Es allí donde el rol de la educación se vuelve clave. Así como históricamente las maestras de escuelas públicas —un ejemplo icónico es la Escuela N° 81 Enrique Amorín— han asumido la hermosa tarea de sacar a los niños de las aulas para que conozcan de cerca el Chalet Las Nubes o el Palacio Gallino, el sistema educativo actual debe profundizar ese estímulo.

Como recordaba recientemente una máxima de Juan Pablo II ante la UNESCO, «el hombre solo vive una vida humana a través de la cultura». Despertar la curiosidad de los jóvenes, sacarlos de las cuatro paredes del aula y motivarlos a abrazar su patrimonio es el único camino para asegurar que los tesoros que guardan nuestros museos sigan vivos por otros cien años más.

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