Oscar “Boca” Amaral: “El periodista defiende el derecho de la gente a estar informada”

El comunicador salteño Oscar “Boca” Amaral reflexiona sobre periodismo, redes, libertad de expresión y el derecho de la gente a informarse.

Oscar “Boca” Amaral volvió a EL PUEBLO, pero esta vez no para contar la historia de otros, sino para mirar hacia adentro del oficio. Periodista de larga trayectoria en Salto, testigo de varias generaciones de prensa local y protagonista de una época en la que la noticia se buscaba en la calle, habló de libertad de expresión, poder político, redes sociales, tecnología, fake news y del lugar incómodo, pero necesario, que debe ocupar el periodismo.

“Generalmente nosotros no contamos nuestras historias, contamos las historias de los demás”, dice al comienzo. La frase marca el tono de una conversación sobre el presente del periodismo y sobre una pregunta que atraviesa a todos los medios: ¿cómo contar la verdad en una sociedad que cada vez tiene menos tiempo para escucharla?

Una escuela hecha de calle

Amaral recuerda a Francisco “Aceré” Echeverry como uno de sus maestros periodísticos. No lo presenta solamente como un colega, sino como una forma de entender el oficio: ir “con uñas y dientes detrás de la noticia”, incluso cuando la autoridad intentaba ordenar el relato desde arriba.

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La anécdota que elige parece salida de otro tiempo. Durante una visita del entonces presidente Julio María Sanguinetti a Salto, los periodistas locales eran ubicados en un ómnibus que siempre quedaba relegado detrás de la comitiva oficial y de los medios capitalinos. Cuando llegaban al lugar, el presidente ya había hablado, saludado y se había retirado. “Si no, no hay nada para escribir mañana”, recuerda Amaral que dijo Echeverry.

En una parada en el frigorífico, Echeverry desordenó los zapatos de los custodios presidenciales y generó el caos suficiente para que los periodistas locales pudieran salir antes y ubicarse detrás del auto presidencial. “A partir de ese momento toda la gira pudo ser registrada por los medios locales”, cuenta Amaral.

No lo reivindica como simple travesura. Lo lee como símbolo de una época en la que la noticia no se esperaba en una bandeja institucional. Se peleaba. Se buscaba. Se incomodaba. “Las autoridades terminaron aceptándole esa desfachatez y respetándola porque era garantía de que la sociedad estaba bien informada”, sostiene.

El poder y la pregunta incómoda

Uno de los puntos centrales aparece cuando Amaral reflexiona sobre las restricciones a preguntas, las conferencias sin verdadera conferencia y la tentación de los gobiernos de comunicar sin ser interpelados.

Para él, no se trata de un problema de un partido. “Todos aquellos que aspiran a ser autoridades en el Uruguay no quieren una mala imagen mientras se va haciendo su campaña y una vez que llegan no quieren ninguna mala imagen porque pretenden perpetuarse en el poder”, afirma.

Amaral recuerda declaraciones sin preguntas, hojas escritas para ser reproducidas sin cuestionamientos y áreas de comunicación oficial que sustituyen la conferencia de prensa por materiales ya elaborados. Su conclusión es directa: “Eso es malo para el periodismo”.

Y va más lejos: “El poder político no debe pasar por encima de la libertad de expresión. El poder sindical no debe pasar por encima de la libertad de expresión. El dinero no puede pasar por encima de la libertad de expresión”.

La advertencia no es corporativa. “No es un derecho propio; es un derecho que tiene la gente y nosotros, como somos los intermediarios, estamos en el medio obligados a defenderlo”.

Periodista no es lo mismo que comunicador

En tiempos de redes sociales, teléfonos en vivo y contenidos que circulan antes de ser verificados, Amaral marca una diferencia fundamental. Comunicador puede ser quien lee, filma, sube un video, diseña una pieza publicitaria o transmite un mensaje. Pero el periodista tiene otra obligación.

“Periodista es el que específicamente se dedica a desentrañar la realidad y presentarla de la manera más cercana a la verdad”, define.

El ejemplo que utiliza es simple: un choque entre un auto y una moto. Una cámara puede mostrar una parte de la escena, un testigo puede aportar otra y una autoridad puede confirmar un dato. Pero una publicación inmediata, basada solo en una imagen, puede terminar siendo injusta o incompleta. “La inmediatez conspira contra la verdad”, advierte.

Esa tensión atraviesa al oficio actual. La noticia debe llegar rápido, pero no puede llegar rota. Para Amaral, el periodismo necesita tiempo, contraste y responsabilidad.

Veraz antes que neutral

Otra definición fuerte aparece cuando se le pregunta si el periodista debe ser veraz o neutral. Amaral reconoce el riesgo de perder objetividad cuando se abandona la distancia, pero advierte que la neutralidad mal entendida puede terminar protegiendo la mentira.

“Al día de hoy me afilio más a intentar ser veraz que neutral”, afirma.

La frase tiene peso porque no propone militancia disfrazada de periodismo. Al contrario, rechaza esa confusión. “Periodista militante, para mí, es un término que no existe o no debería existir: o sos periodista o sos militante”, sostiene.

Su planteo apunta a otra cosa: cuando una fuente miente y otra aporta elementos verificables, el periodista no debería limitarse a colocar ambas versiones en igualdad de condiciones y retirarse. Debe investigar, sopesar y encontrar una forma responsable de decir lo que está más cerca de la verdad.

Fake news y atención fugaz

Amaral coincide con la idea de que las fake news se han convertido en moneda corriente de un periodismo irresponsable y de una sociedad que premia el impacto antes que la verificación.

“Las nuevas tecnologías han hecho que el período de atención que tiene la gente sobre cualquier hecho en particular sea fugaz, muy fugaz”, señala. En ese mundo, hay que decir algo en pocos segundos o la audiencia cambia de contenido. El análisis pierde terreno frente al recorte. La profundidad queda desplazada por el fragmento.

“Tenemos enormes dificultades para comunicar en profundidad en un tiempo absolutamente limitado”, reflexiona. No es solo un problema del periodismo. Es una señal de época: la velocidad no solo cambió la forma de producir noticias; cambió la forma de pensar.

La tecnología también piensa por nosotros

La mirada de Amaral sobre la tecnología es crítica. “Estamos dejando que la tecnología y la gente que está detrás de ella piense por nosotros”, afirma.

En ese punto introduce una reflexión incómoda sobre los creadores de contenido y las grandes plataformas. Para Amaral, quienes producen contenidos para redes muchas veces creen estar trabajando para sí mismos, cuando en realidad alimentan la facturación de corporaciones que monetizan cada publicación, cada video y cada segundo de atención.

No lo plantea como verdad cerrada, sino como un escenario que debería ser analizado. “Puede haber otra forma de verlo, sí, claro, lo discutimos”, concede. Pero pide pensar. Y esa es quizá una de las constantes de toda la entrevista: detenerse a pensar en una época que empuja a reaccionar.

El periodista como bicho necesario

Hacia el final, la conversación vuelve al oficio. ¿Queda el periodista? Amaral responde que sí, porque la sociedad todavía necesita intermediarios confiables entre los hechos y la opinión pública. “El periodista es un bicho absolutamente necesario”, afirma.

La permanencia, sin embargo, no está garantizada. A los periodistas no los echa solamente una empresa. También los echa la gente cuando deja de creerles. “Si te dejó de creer, si no sos bueno haciendo lo que hacés, el mercado te saca”, sostiene.

Pero también hay periodistas que permanecen porque construyeron credibilidad a lo largo de generaciones. Cambiaron las máquinas de escribir por computadoras, los grabadores de casete por estudios digitales, el papel por las pantallas. Pero el pacto de confianza sigue siendo el mismo: alguien busca, pregunta, verifica y cuenta.

El fondo

La entrevista con Oscar “Boca” Amaral deja una conclusión clara: el periodismo no está amenazado solo por la censura directa. También lo amenazan la comodidad del comunicado, la conferencia sin preguntas, la primicia sin chequeo, la neutralidad que iguala verdad y mentira, la tecnología que captura la atención y una sociedad que a veces prefiere no saber.

En ese escenario, el desafío no es volver al pasado. Es recuperar del pasado aquello que sigue siendo indispensable: el coraje de preguntar, la paciencia para verificar y la convicción de que la información pública no pertenece al poder, ni a las empresas, ni siquiera a los periodistas.

Pertenece a la gente. Y tal vez ese sea, todavía, el fondo de la cuestión.

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