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martes, febrero 3, 2026

Orquestas de un solo hombre

Los animas-fiestas, los interpretes artesanales, los cantantes de pistas, esos que cada fin de semana hacen verdaderos show con un instrumento y una computadora, hoy nos disponemos hablar de ellos…

Cantante de pistas, la maestría de habitar todas las épocas en una canción

Un viernes de enero, del presente año, andando por el Balneario La Concordia, sobre el río Uruguay, joyita litoraleña a pocos kilómetros de Dolores, en Soriano, recalamos en Puerto Aldao, y como había música, pasamos y entramos…

Allí junto a la cancha de bochas, está el restaurante de los Ostolaza, familiares del Vasco, y pegado un camping, lleno, de un grupo motorizado Kombifans, de todo el país, que se habían convocado al lugar, completando eso, una feria artesanal.

- espacio publicitario -SOL - Calidez en compañía

Todos convergieron en el restaurante, al aire libre, en una noche espléndida que con tanta gente, conocidos entre ellos, y otros grupos de amigos y familias, conformando, además de disfrutar del servicio gastronómico, de una tertulia con un show de dos cantantes, dos verdaderos showman, cada uno con su estilo.

Los menciono, Cristian Ottonelli y Daniel Linares, doloreños, dos artistas de gran nivel, Cristian se acompañaba con pistas, y Daniel, con guitarra y pistas.

En medio de esa disfrutable noche, me acordé de cantantes de Salto, como el Chino Pool, Marcelo Vives, Marcelo Bidart, Leandro Sosa (riverense), Valentín Silveira, Chavo Soria, Alejando Santos, Stella Moreira, Luciano Campos, y tantos más. Tantas veces los hemos encontrado a algunos de ellos en restaurantes, fiestas familiares, fiestas empresariales, acontecimientos culturales, deportivos, sociales, brindando su arte, la mayoría acompañándose con pistas.

Hoy quiero destacar la labor artística de esos cantantes, que tienen su propio mercado y que animan distintas reuniones, y lo hacen dejando lo mejor de si ante un publico tan dispar, de todas las edades y gustos musicales.

EL ARTE DETRÁS DE LA PISTA

Vuelvo a la experiencia de Puerto Aldao. En la intimidad de un restaurante, donde los cubiertos chocan y las conversaciones fluyen, surgen figuras que tienen la difícil misión de detener el tiempo. No traen una orquesta sinfónica ni una banda de diez músicos; les basta una guitarra, una selección de pistas cuidadosamente curadas y, sobre todo, un coraje artístico inmenso. Hablamos de esos cantantes que, en un despliegue de versatilidad admirable, logran lo que pocos, unir a tres generaciones en una misma mesa.

EL EQUILIBRIO ENTRE LO ORGÁNICO Y LO DIGITAL

El uso de pistas suele ser, erróneamente, subestimado. Sin embargo, ver a estos artistas es entender que la pista no es un refugio, sino una plataforma. Mientras la guitarra aporta la calidez del «aquí y ahora» —ese rasgueo humano que vibra en directo—, la pista permite recrear arquitecturas sonoras complejas. Es un ejercicio de ubicuidad musical, el cantante debe ser, a la vez, el intérprete emocional y el director de una banda invisible que no admite errores de tiempo ni de matiz, de un melódico a una plena, de una balada a una salsa, y que pasa de un bolero a un tango, versionados a su gusto, y luego coloca temas que hicieron historia y que la gente sigue queriendo

EL PUENTE GENERACIONAL

Lo que realmente define la excelencia de estos intérpretes es su capacidad de «lectura». En un mismo set, son capaces de rescatar un viejo hit —desempolvando recuerdos en los rostros de los mayores— para, acto seguido, atacar un tema de moda con la fidelidad y la energía que el oído joven exige. Este salto mortal entre décadas no es solo técnica vocal; es empatía pura. Es saber que la música es el único lenguaje donde un abuelo y un nieto pueden coincidir sin necesidad de explicaciones.

LA SOLEDAD DEL ESCENARIO

Hay que destacar el despliegue físico y carismático. Sin otros músicos en quienes apoyarse visualmente, estos cantantes se multiplican. Su mirada recorre el salón, detectan el pie que se mueve bajo la mesa, el brindis que se detiene para escuchar una nota alta y la sonrisa que despierta la nostalgia. Se convierten en anfitriones de nuestras emociones, manejando los hilos de la noche con una precisión quirúrgica.

Elogiar a estos artistas es reconocer el valor del esfuerzo artesanal en la era digital. Al alternarse, al dejar el alma en cada versión y al respetar tanto el clásico eterno como el éxito efímero, estos cantantes demuestran que no se necesita un gran escenario para dar un gran espectáculo. Solo se necesita voz, una guitarra y el deseo inquebrantable de atrapar al público en el vuelo de una canción.

A VECES AFLORAN LOS PREJUICIOS

Existe un prejuicio silencioso, casi imperceptible, que suele sobrevolar las mesas de los restaurantes, de salones o de patios, cuando vemos a un cantante subir al escenario solo con su guitarra y una computadora. «Lleva pistas», susurran algunos, como si el uso de la tecnología restara mérito a la entrega. Sin embargo, tras observar el despliegue de dos intérpretes alternándose en una velada reciente, queda claro que estamos ante una de las formas más exigentes y admirables de la artesanía musical moderna.

PARECE FÁCIL, PERO NO LO ES

Cantar sobre una pista no es, como muchos piensan, un ejercicio de comodidad. Es, en realidad, un acto de equilibrismo. El artista debe mimetizarse con una banda invisible, entrar a tiempo, mientras su guitarra aporta esa cuota de «verdad» orgánica que solo el roce de las cuerdas puede dar. Es la unión de la precisión digital con el pulso humano.

En esta alternancia de voces y estilos, asistimos a un despliegue de versatilidad que ya quisieran para sí muchas bandas de estadio. No se trata solo de cantar bien; se trata de ser un curador emocional.

Repito: «El cantante con pistas no solo interpreta canciones; gestiona recuerdos y fabrica presentes, todo mientras sostiene el peso de la noche sobre sus propios hombros».

VALORAR EL OFICIO

Debemos empezar a valorar el despliegue que estos artistas realizan. Sin una banda que los respalde visualmente, su carisma debe llenar cada rincón del salón. Son sus propios ingenieros de sonido, sus propios relacionistas públicos y, por supuesto, sus propios directores musicales.

Volviendo a Puerto Aldao: Cuando estos dos cantantes (Cristian y Daniel) se alternaron en el escenario, no solo nos dieron música; nos ofrecieron un catálogo de respeto por el público. Respeto por el que busca el sonido original de la radio y respeto por el que busca la calidez de la madera de una guitarra.

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